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sábado, 22 de noviembre de 2014

Sevilla

Triana

Francisco Javier Gómez Izquierdo

 Se acusa a los sevillanos de exagerar en la admiración de sí mismos y de creerse, en todo, los mejores del mundo, pero un servidor, que se tiene por neutral entre las tribus de España, hace años que cree que no hay mejor escenario para representar la vida de los españoles que Sevilla.
       
La duquesa de Alba ha muerto en Sevilla, a la que hizo su patria, a los 88 años, y en su último medio siglo de vida ha ido coleccionando todo tipo de envidiosos: de su dinero, de sus conocimientos, de su nobleza y sobre todo de su libertad.

     El español, menos el sevillano, pedía con blasfemias el patrimonio de la duquesa por ver si le tocaba algo en el reparto mientras los ganamariscos de la política andaluza -nacidos mayormente en la parte de Jaén-  gastaban los doblones de los administrados intentando inventar un nuevo Renacimiento en el palacio de San Telmo. En el fondo, el subconsciente de don Manuel Chaves, don José Antonio Griñán, doña Mar Moreno y el señor Gaspar Zarrías les delataba. Lo que en verdad pretendían era ser duques de Alba. Creían que con lámparas de a 8. 000 euros pieza y mármol de Carrara de a cientoypico el metro cuadrado no cabría esplendor como el suyo, pero la poderosa presencia de doña Cayetana les convenció de que con vivir en un palacio no basta. Estos próceres de las Andalucías nunca entenderán, por incapacidad evidente, que el buen gusto no tiene precio y siempre es patrimonio aristocrático. Es decir, de los mejores.
     
La duquesa de Alba alcanzó el más alto grado de sevillanía  que se pueda llegar y es señorío del que más orgullosa parecía. La duquesa calzaba tacones flamencos, se disfrazaba de torera y salía de procesión con los gitanos, sin el más mínimo miedo al ridículo, virtud ésta, también, patrimonio de elegidos.Todo  varón sevillano tiene una chaqueta azul en casa, una camisa blanca siempre limpia y una corbata rompedora, para vestir como un marqués. Aunque no haya “pa pan”. Sevilla despidió decentemente a su duquesa. Los gitanos, los flamencos y los toreros se vistieron de marqueses y el entierro se convirtió en espectáculo de mucho  sentimiento y respeto.

       También en Sevilla, el mismo día, doña Isabel Pantoja, que sucumbió a los horterísimos oropeles de Marbella por creer que el dinero da nobleza, entraba en la cárcel con deshonor a pagar penas por quedarse con  dinero ajeno. Doña Isabel Pantoja, como muchos españoles, cree que el señorío lo da el dinero y por eso buscan amistades que lo tienen o se lo pueden procurar. A doña Isabel la esperaban a la puerta de Alcalá de Guadaira una gavilla de periodistas del chismorreo. Los sevillanos tenían mejores cosas que hacer y la dejaron a solas con su amargura porque Isabel Pantoja, a pesar de nacer en Sevilla, nunca ha sido tan sevillana como la duquesa de Alba, que curiosamente nació en Madrid.