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lunes, 20 de octubre de 2014

Jazz y Rocanrol



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Desde Múnich, esa Barcelona sin complejos de bajitos, Xabi Alonso ha centrado un balón “con rosquita”, como dicen los cronistas que carecen de comprensión lectora para entender a Hughes, y no hay más remedio que subir a rematarlo:

    –El Bayern de Múnich es jazz, y el Real Madrid, rocanrol.
    
A Xabi se lo ha llevado Pep a una cervecería, que en Alemania sería como llevárselo al huerto, y le ha vuelto loco dándole la chapa sobre sus experiencias con el piano de Tete Montoliu en Barcelona y el clarinete de Woody Allen en el Café Carlyle (Woody Allen & The Eddy Davis New Orleans Jazz Band) de Nueva York, donde seguramente se hiciera en la mesa la misma pregunta (¡tan española!) de Elvira Lindo ante un cocinero que se presentaba como artista:

    –¿Artista? Lo primero que pensamos tanto mi marido, Antonio, como yo ante su imprudente discurso fue, ¿usted sabe la cantidad de talento real que emana de las cabezas de esta mesa?
    
La compañía de esa Elvira Lindo del fútbol que es Pep Guardiola en el extranjero lleva a Xabi Alonso a forzar una imagen que no acabamos de ver.
    
¿Jazz, el Bayern? La verdad es que cuesta ver en Bastian Schweinsteiger a Diana Krall. ¿Rocanrol, el Madrid? Si te lees el “Manifiesto del Rocanrol” de Auserón, a lo mejor llegas a la conclusión de que el pequeño Modric, con barbita “hipster” y tarareando el Nuevo Himno, es Pepe Conejo, el Leiva de “Pereza” (¡qué pereza!).

    A Steiner, que no estaba en la mesa de talentos de Elvira Lindo en Nueva York, pero que es un sabio muy amable, el rock le cuesta más que el jazz, y no veo yo a Steiner gozando más con el Bayern que con el Madrid.

    –El jazz parece muy próximo a la música clásica. Yo estaba en la Universidad de Chicago en los años en que Dizzy Gillespie hacía su debut en Beehive, en los que Charlie Parker se convertía en leyenda. Pero el rock me parece estar del otro lado de la humanidad: está hecho para ensordecer, para humillar. Es totalmente sádico.
    
Para Steiner, que lo asocia con el final de nuestro sentimiento de la armonía de la vida, el rock va del brazo del odio al silencio, y uno no conoce un estadio más silencioso (¡el silencio blanco y heideggeriano de la nieve!) que el Bernabéu, cuyas Sirenas (esta delantera madridista, donde sólo se echa de menos a Nico, es la “Escuela de sirenas” de la atlética Esther Williams, que sería Cristiano, claro) poseen un arma aún más poderosa que su canto, y es su silencio.
  
Es quizá concebible, aunque tal cosa no haya ocurrido, que alguien haya podido escapar a su canto, pero no, desde luego, a su silencio.

        Y ahora, el Barcelona de Luis Enrique, que tampoco es el de Pep Guardiola, pero que puede servir para dejar sentadas un par de cosas: la primera, tapar el 2-6 con un 6-2, pues pocas veces va a presentarse otra ocasión semejante; y la segunda, desprenderse de la antipática condición (tan italiana) de mostrarse fuerte con los débiles y débil con los fuertes en una Liga donde el único adversario fuerte (fuerte, pero menos) es este Barcelona.


George Steiner

CRISTIANO vs BRAVO

    Cristiano Ronaldo, el máximo goleador, contra Claudio Bravo, el “mínimo” goleado (y con Piqué y otro tío que fuma de centrales). Si Casillas fuera Bravo, el Madrid tendría números de Liga albanesa, pero Casillas es el Félix Venerando (¡venerando a Félix!) de este equipo, concebido con arreglo a los recuerdos que Florentino Pérez guarda del Brasil del 70, aunque aquí de aquel Brasil sólo parezca James. Aprovechémoslo, porque hasta el partido de vuelta en Barcelona ya podemos despedirnos de otro desafío igual. Estaba el Atlético, pero a Simeone le han desmochado a Diego Costa, que era su Cristiano, y a Courtois, que era su Bravo.