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viernes, 16 de mayo de 2014

Entrenadores de fútbol, política y filosofía



Liga de los records

Más goles, más puntos



Pepe Campos
 Profesor de Cultura Española 
en la Universidad de Wenzao, Kaohsiung, Taiwán

Ante la ausencia de Álvaro Arbeloa en la lista de los 30 de Del Bosque para el Mundial de Brasil he mirado lo publicado en la prensa, y he oteado los comentarios -increíbles, pero ciertos- de los ‘aficionados’ que opinan sobre fútbol, a pie de noticia en las páginas webs, en cuyo contenido podemos detectar el verdadero nivel intelectual y humano que a día de hoy tiene España. Odio, mal gusto, revancha, etc. Viene a ser uno de los aspectos de igualación social que aporta internet a la globalización. La libre opinión de los que no merecen ser escuchados. Ni leídos, claro. Bueno, tal vez en los bares, pero tomando precauciones.

Pues bien, parece ser que Arbeloa no irá al Mundial de Brasil por aquello de que se lleva mal con Casillas y con Xavi. Además de que es defensor de Mourinho. Y un jugador mediocre. Todo eso ha llevado a que Del Bosque le saque de la lista. Y, por el contrario, contradictoriamente, mantiene a jugadores que han realizado una pésima temporada, caso de Cesc, Piqué y Villa. La verdad, es que, mirado así, el fútbol lo mejor sería abandonarlo para siempre y no volver a saber nada de este maravilloso deporte. Pero no sería una buena decisión, porque nunca deberíamos entender el fútbol sólo en clave política. Creo que sería un error. De toda la vida la gente ha opinado a la pata la llana y suscribiendo la opinión dominante. Más en fútbol, un verdadero termómetro, por lo que se dice y se escribe, para medir a la sociedad.

De siempre España tuvo excelentes jugadores y nunca pudo dar la talla en las competiciones internacionales. Una de las causas fue el poco respeto de la prensa hacia los seleccionadores. Fue indecible lo que en su día tuvieron que sufrir, por el acoso de la prensa, Ladislao Kubala, José Santamaría -el que más-, Luis Suárez o Javier Clemente. Cada periodista y cada medio disponían de su once titular y de su lista de seleccionados, y si el entrenador no los ponía se convertía en un personaje inepto e inútil, al que había que atacar e insultar. Para la selección española todo cambió con Luis Aragonés, aunque recordemos que dimitió y luego volvió, y tras esa vuelta pudo dominar a la prensa. Y esto ayudó mucho. Después Vicente Del Bosque se encontró con el camino despejado. Y hasta ahora.

Aparte ideologías, el éxito de un entrenador suele residir en un sinfín de factores que es muy difícil llegar a determinar. Puede que el valor principal sea que tenga un carácter que no le afecten las cosas, las críticas, al menos aparentemente. Que esté por encima del bien y del mal. Que sus declaraciones no enciendan las pasiones, que más bien las apacigüen. Pero no todos los entrenadores siguen esta línea y muchos se deciden por lo que aporta picante y diatriba. Las dos componentes han dado buenos entrenadores: Miguel Muñoz o José Mourinho. Y aquí entra otra variante, la del tipo de fútbol que se defiende, sin que sea conveniente olvidar que a todos les gusta ganar. O al menos eso debería ser.

En este sentido, a muchos entrenadores les gusta poner a los mejores jugadores y que sean ellos los que establezcan el nivel (caso de Miguel Muñoz). A otros les va aquello de poner los más adecuados a sus propias ideas de cómo ganar los partidos, la estrategia, el momento y la motivación (José Mourinho).

 Pensemos que todo es eficiente. Muy cierta parece la frase de Alfredo Di Stefano de que “ningún entrenador tira piedras contra su tejado”. Esto era válido hace años, cuando todavía el entrenador no tenía demasiado poder institucional ni se dedicaba a filosofar. Poco a poco ha ido creciendo esa figura -si le dejan- hasta querer controlar todo, vida y obra. Antaño no era así. Miguel Muñoz llamaba a casa de sus jugadores el sábado a las diez de la noche, estos respondían a la llamada, y ya quedaban libres para salir a tomar algo. Tiempos románticos. Luego vinieron las concentraciones. Y los entrenadores filósofos.

Que el fútbol y la política han podido estar unidos, en muchas épocas futbolísticas, no cabe duda. Allá por los años treinta Italia birló a España el Mundial de 1934. Muchos más ejemplos podríamos poner, como el de Argentina en 1978. El partido Argentina-Perú, lo fue. De ahí surgió un entrenador filósofo, César Luis Menotti, un decidor, que después ha tenido muchos seguidores como Jorge Valdano. Un entrenador filósofo éste que ha interpretado el fútbol en clave política. Si juegas bonito y te dejas ganar por un equipo grande eres de izquierdas. Si juegas duro y correoso y no te dejas ganar por los poderosos eres de derechas. Siempre y cuando ese equipo grande represente lo políticamente correcto. Una teoría que se patentó con las dos ligas que el Tenerife facilitó al Barcelona. Y eso que aquel Real Madrid jugaba realmente bonito. Una máxima, lo lindo, para Valdano.
Luego Valdano entrenó al Real Madrid para dotarle primero de mucho músculo y ganar una liga. Más tarde, cuando quiso aplicar su juego bonito, sin orden ni concierto, tuvo que irse, dejando al equipo como un solar, que se encargó de apuntalar Fabio Capello, y que más tarde levantó Jupp Heynckes. Entrenadores pedestres para él. En tanto, la senda de los entrenadores filósofos se amplió, fue tomando forma -mucha dirección de orquesta física desde la banda-, y ha llegado a tener un representante máximo en Pep Guardiola, que ha filosofado de lo lindo, sin llegar nunca a reconocer el trabajo que había realizado anteriormente, en su mismo puesto, Frank Rijkaard. El verdadero artífice del Barcelona de la primera década del siglo XXI.

Guardiola se encontró un equipo de dulce, y se dio cuenta de que tenía que defender la teoría del juego de las izquierdas y de las derechas, porque beneficiaba al barcelonismo/catalanismo, y de paso daba aureola a su gran estrella, Leo Messi. De ahí, surgió el pasillo Messi, un paradigma psicológico, una teoría futbolística, una política que asumían los rivales a los que se enfrentaba, y que ha consistido en dejarle pasar -la diagonal Messi- para que lo haga bonito, y se considere a la defensa rival, en su conjunto, representante de un mundo moderno avanzado y progresista. Ya que propicia estética. A su vez, como una implicación, la filosofía de Guardiola, posibilitó que se extendiera la idea de que perder con el Barcelona era bueno porque se perdía ante el mejor equipo de la historia. Una creencia que ha funcionado por arte de magia durante un largo tiempo. En ese tiempo se introdujo una china en el zapato de tal filosofía, la de José Mourinho. Ahora parece que comenzamos a recuperarnos de tanta teoría y espejismo. No será sin réplicas ni secuelas.