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jueves, 29 de mayo de 2014

Decimonovena de Feria. Bastonito sí tiene quien le escriba, y se llama Tomillero

Veinte años de Bastonito
(Anunciado, Emilio Temple Muñoz,
 hoy portavoz del antitaurinismo molesiano. 
¡Qué manera, la suya, de rabiar ayer contra los ibanes!)

José Ramón Márquez

Camarito, Tomillero y Costurito II, tres toros al fin en Las Ventas, que hemos necesitado dieciocho tardes para que salga, al fin, el toro, el que da sentido a todo este circo. El susodicho toro, uno y trino, pertenecía a la ganadería de Baltasar Ibán, divisa rosa y verde, y no hubo que ir a buscarlo a las Chimbambas, que estaba ahí al lado, en El Escorial, y desde ahí se vinieron a Las Ventas a alegrar la vida de unos pobres sufridores con los argumentos más queridos: esos rabos enhiestos al atacar al caballo, ese fijarse en medio de la embestida en un trozo de banderilla que caía a la arena, esa forma de querer arrebatar una, dos, tres veces el capote de un torero, esa disposición a ir al caballo, esa presentación... La corrida de los ibanes fue un oasis en el páramo en el que nos hallamos, porque donde todos los días es igual hoy había variedad de comportamientos, miradas inteligentes, embestidas violentas o de las otras, cosas que ya apenas se ven y que son las que hacen interesante la corrida, corrida de toros en la que cada uno de los matadores tuvo su oportunidad con, al menos, un toro.

Los dos primeros de la tarde, Camarito, número 23, y Tomillero, número 26, pusieron el listón muy alto. Camarito se quedó aquerenciado en el burladero del 6, no porque le citasen los peones sino porque él decidió que ese era el sitio donde le apetecía estar, luego acudió al caballo con presteza, se dolió en banderillas y galopó hacia la muleta de Robleño con velocidad y son. Tomillero era el toro con menos peso del encierro, cuarenta y cuatro arrobas, y sin embargo tenía una presencia, una plaza, un trapío que ya lo quisieran las camadas enteras de Victoriano del Río (¿río o  arroyuelo?), lo que es un saber estar sin aparentamientos, con la verdad por delante. Había que verlos ir al caballo, había que verlos embestir, cada uno en su registro, había que estar en Las Ventas y emocionarse con la alegría de los animales acudiendo al cite del picador, con la cara fija en la presa y los ojos de listos, y aunque Leiro le pegase trasero a Tomillero, acaso temiendo que la vara en su sitio no pudiese evitar que el toro tumbase a la cabalgadura, eso no hizo que la verdad del toro se resintiese de ese quebranto alevoso.

Para matar esta corrida de toros tan a contraestilo de lo que gusta a los llamados profesionales, se ajustaron Robleño, Luis Bolívar y Rubén Pinar.

Como es bien sabido, Robleño es uno de esos que los revistosos llaman “especialistas en corridas duras”. Sin ir más lejos, el año pasado, él solito se merendó la camada de José Escolar, o sea que un respeto. Si quisiéramos echar la vista atrás para comparar a Robleño con un Ruiz Miguel o con un Dámaso Gómez -y sin entrar en la estética- hallaríamos una gran diferencia entre ellos, que es la que se deriva de que Robleño y, en general los toreros actuales, no torean con el mando, con el poder de los antiguos, que el muletazo de los del presente tiene en general mucha menos fuerza que el de aquellos titanes. Hecha esa salvedad señalemos que el trasteo de Robleño estuvo bien por debajo de las posibilidades que le brindaba el encastado toro y que remató su faena sin acabar de conseguir que llegase hasta el tendido la sensación de que tenía una clara idea de qué hacer. Digamos que en este primer toro toda la emoción la puso por completo el cornúpeta y que su victoria a los puntos es indiscutible.

Luis Bolívar se encontró con el toro de la tarde, Tomillero. Digamos que la diferencia entre ambos contendientes era muy notable, tremendamente sesgada la ventaja del lado del toro. Digamos también que ese toro imponía un respeto y una seriedad que debe hacer más valorable el esfuerzo que con él ha hecho Bolívar. Tomillero, el toro de lo que llevamos de Feria y posiblemente de la Feria toda, tenía una embestida vibrante, nada tonta, de gran emoción, y cuando se le llevaba toreado, los muletazos salían netos y largos. Pero Tomillero era exigente y demandaba verdad por parte de su matador, demandaba verdad en el cite y demandaba mando en el muletazo. Cuando Bolívar, incomprensiblemente, remataba los muletazos por alto, el toro le daba el cante y le protestaba, cuando tiró de él y le bajó la mano se vieron los momentos de más autenticidad de la tarde, aumentada la emoción por la condición fiera del toro. No creo que nadie en la Plaza se hubiese cambiado por Bolívar, que aunque fue derrotado por su oponente no se arredró y tragó lo que no está en los escritos.

El toro de Pinar fue el sexto, Costurito II, número 53, toro muy serio que se arrancó a los montados con tranco alegre y que acudió con presteza a banderillas.  Lo que recetó Pinar a ese toro fue el toreo casposo de todos los días, el toreo de las afueras, de la banlieu, toreo de suburbio, de oscuridad al borde de la ciudad. Pinar no se plantea en ningún momento atacar al toro: él viene imbuido de la Buena Nueva Julianera, la de que no hay que cruzarse, no hay que atender al toro, y entonces lo que ocurre es que es el toro el que se desentiende y pasa de él. Lo que no le entra en la cabeza es que el Ibán no es como lo de todos los días, que necesita otra receta muy distinta basada en el toreo de más compromiso, que atienda a las exigencias del toro, que triunfe sobre su aspereza y que acabe mandándole y sometiéndole. Ése es el fin del toreo cuando se tiene enfrente un toro, que en esos momentos no se puede uno poner a pensar en canciones, ni en Pasarela Cibeles, ni en el famoso Arte, que el toro te demanda toda la atención de los sentidos y cualquier despiste se puede pagar caro.

Si dijésemos que la corrida ha sido un corridón, mentiríamos. Los toros tercero, cuarto y quinto han tenido las mismas virtudes que sus hermanos en cuanto a ir al caballo -el cuarto derribó con peligro para Daniel López- y a banderillas, pero han llegado más bien apagados al tercio de muerte.

Ángel Otero repitió hoy, a las órdenes de Robleño, y volvió a dejar dos pares de buena ejecución, aunque un poco atléticos. Pasará mucho tiempo hasta otro par como el de ayer.

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Mientras escribo estas líneas dice la TV que hoy le han dado el PPPP (Prestigioso y Pingüe Premio Paquiro), premio creado a mayor gloria de José Tomás y que este año, por circunstancias, ha ido a las manos del Sabio de Chiva, y eso pese a que no ha tanto que el crítico del diario que otorga tan sustancioso galardón estaba enviando muy imperativamente a Ponce al paro.