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lunes, 19 de mayo de 2014

Décima de Feria. Coutos de mucha cautela (y dos juampedros de recuelo)



José Ramón Márquez

Hoy, en Las Ventas, la peor entrada de lo que llevamos de Feria, incluida la novillada. Media entrada ramplona que, al estar diseminada, no nos ofrece  una nueva visión de lo que mi querido amigo Juan Palette denomina “los inmensos horizontes sahelianos del yerto hormigón venteño”. En el cartel toros portugueses de Couto de Fornilhos y toreros de Zaragoza, Baranda (sic) de Duero y Medellín-Antioquía, según el programa oficial.

Claro que lo de “Baranda” no es la única del dicho programa, que en los Antecedentes Históricos de la ganadería dice que la fundó en 1902 don Santiago Neches (sic), cuando todo el orbe taurino –creo que hasta Manuel Caballero y Miguel Ángel Moncholi– saben que el apellido de aquel viejo ganadero zamorano es Necher, su divisa amarilla y blanca, su encaste veragua y su hierro una ene mayúscula, y que de esa ganadería, el toro Cazuco, número 10, corneó gravísimamente en Astorga al sevillano Serranito en la que fue su cuarta y última corrida como matador de toros.

Pelillos a la mar con las erratas, que a fin de cuentas lo de la tal Baranda sólo les debe importar a los paisanos de los Hermanos Pascual y lo del Neches no les importa ni a los de la Unión de Criadores de Toros de Lidia, que es de donde procede el error.

Hoy, como tantas otras veces, la ciencia veterinaria o, mejor dicho, la nigromancia veterinaria que se practica en los corrales de Las Ventas, decidió que de los seis toros que vinieron del Alentejo portugués, aunque pasten en Sevilla, dos no eran aptos para corretear por la Monumental. Jamás ha habido una explicación, de por qué razón expulsaron del enchiqueramiento a esos dos toros, y no es cosa sólo de hoy porque ni hoy ni nunca explican al público qué pasa y por qué. Oscurantismo a tope en este espectáculo de yo me lo guiso, yo me lo como, concebido completamente de espaldas al público.

En resumen la estricta mirada de los veterinarios lo que propició fue la entrada por la puerta de atrás de... dos juampedros de Gerardo Ortega. Es que no nos libramos de esa maldición. La juampedritis nos persigue, nos acosa, nos busca las vueltas y, al final, siempre nos atropella, que podían cambiar el nombre de la feria por el de Feria de San Juampedro.

Para centrar el tema diremos que hoy hemos visto en Las Ventas por primera vez en lo que va de feria algo que más o menos se asemeja de alguna manera a lo que, por el lado ganadero, nos lleva a las plazas. Los tres primeros de Couto, Pastoso, número 24, Indolente, número 42, y Embaixador, número 32, trajeron lo que debe traer el toro como mínimo: en primer lugar el trapío –palabra en total desuso frente a los descuelgues y reposiciones– y en ese sentido debemos reseñar de manera especial  la impecable cabeza en tipo del Conde de la Corte del tal Embaixador, y en segundo lugar la casta, que yo nunca he entendido de ese distingo entre buena y mala, porque para mó siempre es buena, sea cual sea su manifestación. Además, para hacer la cosa más variada, trajeron su ración de mansedumbre, su listeza, esa forma de embestir con todo el cuerpo, de enterarse de lo que había por allí, esa manera de arrancarse de súbito a un peón que no tenía nada que ver en el asunto, esas miradas de hito en hito entre la muleta y el cuerpo del que la maneja... todas aquellas cosas que traen a la Plaza la emoción que no ponen los toreros y que nos alegran porque en esta decadencia en que vivimos actualmente ya estamos dispuestos a aplaudir a cualquier toro que no demuestre de manera palmaria que es un tonto de capirote.

Las dificultades de los Couto de Fornilhos, que hasta no hace tantos años se solucionaban con lidias eficaces, con tablas y oficio por parte de los matadores, parecieron acrecentarse con los matadores que tenían en frente.

Paulita, con quien simpatizo por ser aragonés y por llamarse como una de mis sobrinitas, sólo mató uno, el Embaixador de cabeza condesa. El hombre desplegó un desmesurado manto de vulgaridad, sin los recursos lidiadores que el toro demandaba, por ello es que en su faena no hay nada realmente reseñable, salvo los redaños del matador para provocar la embestida del serio toro que tenía enfrente y andar por allí, cosa que el que firma estas líneas no habría hecho ni por todo el oro de Moscú y el de Moctezuma juntos. Salvo eso, no hay nada que justifique la inesperada ovación que partió del 7 y que contagió a la Plaza entera, desnortada y en fase terminal.

El único que mató dos Couto fue Morenito de Aranda, y puede decirse que le ofrecieron dos posibilidades de signo bien distinto para demostrar sus dotes. Para la cosa del poder y del sometimiento tuvo al Pastoso, toro a la antigua que demandaba el cite cruzado, el poder de una muleta poderosa, la firmeza, la claridad de ideas y el mando. Era un toro de una lámina impecable ante el que imagino que no debía ser nada fácil estar. Con ese toro Morenito estuvo, como antes se decía, aseado. Todo el mundo se daba cuenta de las carencias de la tauromaquia del de Aranda, y todo el mundo se daba cuenta de la entrega del torero por intentar salir de aquello con dignidad. Después se las vio con el toro Manhoso, número 45, toro grande y de cambiante comportamiento. Durante los dos primeros tercios proclamó su mansedumbre, con un fortísimo arreón en la primera vara en el que estuvo a punto de echar al suelo al penco y a Héctor Piña, que agarró el puyazo estupendamente. Luego en banderillas propició un inteligente par de Luis Carlos Aranda, que había salido acosado y clavando sólo una banderilla en su primer cuarteo, y que en el segundo le ofrece al toro la querencia de chiqueros, toda la ventaja para el manso, para cuartear saliendo por los adentros y dejando los dos palos arriba. Ese toro, compendio de mansedumbre, cambia al llegar el último tercio y, hasta que se aburre y empieza a querer irse a su querencia cerca de los tableros, regala las mejores embestidas de la tarde al Moreno, que, como viene siendo habitual, no las aprovecha. Digamos que el toro tenía quince o veinte muletazos, que el arandino no le dio, y luego se puso muy pesado, que casi le pegan los tres avisos.

Ritter era el tercero en discordia de la famosa tarde del pasado otoño en que El Cid volvió a demostrar en Madrid lo que es el toreo clásico. Pensábamos que a lo mejor  esa influencia le habría torturado y le habría servido para modificar su concepto, tras haber visto algo tan excelso. No sabemos si se enteró de lo que vio, pero lo que se puede asegurar es que no le sirve como modelo. En el único Couto que mató se encontró con más dificultades de las que en su vida se ha encontrado frente a un toro y, lo que es más dramático, sin herramienta alguna con la que hacerlas frente. Él venía a montar en los caballitos y le han metido en la montaña rusa. Gracias hay que dar de que haya salido entero y por su propio pie de la Plaza, pues su desconocimiento de la lidia, de la de lidiar, es tal que toda la faena la pasamos en un susto viéndole constantemente cogido.

De la labor de los dos toreros frente a los dos de la juampedritis no me da la gana hablar. Tómese cualquier reseña de los días precedentes y aplíquense los cambios de nombre pertinentes, pues ahí si que todo fue como todos los días: los toros y los toreros.

¡Cómo nos acordamos hoy del Faraón de San Blas! ¡Cómo nos hubiese gustado verle desplegar en esta tarde su tauromaquia de tantísimo poder frente a los tres primeros Couto para ensalzarle como se debe!