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lunes, 14 de abril de 2014

La risa de Breitner

Preparando el Monte Calvario


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Dos misiones tiene hoy el madridismo: hacerse con una jaula para Messi y borrarle la risa a Breitner, mesonero risón, que se partió de risa cuando Figo sacó la bola del Bayern para el Madrid, y no me olvido de su celebración gamberra, junto con Hoeness, cuando el penalti de Ramos en la semifinal del Bernabéu, entre cuyo piperío Breitner pasa por intelectual porque tiene leído el libro rojo de Mao, lo que en todo caso haría de él un melón con camisa solapón.
    
La risa de Breitner es la risa de la supremacía teutónica, una risa que viene de Simplicíssimus, pasa por Hegel y desemboca en la boca oferente de Claudia Schiffer razonándole al pipero que su coche no se puede estropear:

    –¡Es alemán!

    Si la Uefa fuera, en vez de una agencia tributaria, una fábrica de sueños, habría emparejado al Madrid con el Chelsea, que hubiera sido una historia tan ingeniosa como la del segundo Supermán.
    
El primer Supermán lo rodó Richard Donner en 1978: una nave que aterriza en la Tierra y un niño que es adoptado por unos granjeros que le inculcan los mejores valores humanos (¡canterano!) hasta que crece, se pone la capa y se dedica a luchar contra el Mal. O sea, Casillas contra el Xátiva.

    Cuando Richard Lester, en el 80, recibe el encargo de otro Supermán, tiene dos opciones: rodar el Supermán de Donner marcha atrás (alguien que vuela por ahí en leotardos y que después de poner a gente en situaciones difíciles va y se esconde) o enfrentar a Supermán con Malos dotados de sus mismos poderes, que es lo que hizo, con Terence Stamp dándole la réplica a Christopher Reeve.
    
¡Los milagros de Íker contra los milagros de Eto’o en unas semifinales de la Copa de Europa, y todos con ánimo de venganza!

    Y como aperitivo de esa guerra mundial de las supersticiones, la final de Valencia, con Messi como único obstáculo entre el Madrid y la Copa del Rey (“¡Españolitos, ahora os vamos a ganar la Copa de vuestro Rey!”, que, ahora hace tres años, decía Piqué en el túnel del Bernabéu).
    
Para desactivar a Messi se necesita una jaula como la que inventó Mourinho y ha copiado Simeone. Una jaula como la de la plaza de Santa Cruz, en Sevilla, Cruz de la Cerrajería, jaula de sierpes y faroles donde exponer a la curiosidad pública al endriago, o cruce de hombre, hidra y dragón.
    
Este Barcelona es una copia tacaña (quiero decir sin gracia) del pelotón suicida que visita a los crucificados en “La vida de Brian”, pero, en este año, los piperos de labio belfo (el labio belfo es el mal del pipero, nos tiene dicho Hughes) han acabado silbando dos veces el “Always Look on the Bright Side of Life”, y eso ha sido porque Ancelotti no es hombre de jaulas, lo que aprovecha Messi para sus cosas, que es hacer goles (aunque yo también lo imagino tirándole, intrigado, de la coleta de chino a Pinto, que no es chino).

    Ancelotti está obligado a finiquitar en Valencia a este Barça: primero por el Madrid, y luego por él mismo, que en este momento va por detrás de… ¡Lucas Alcaraz! ¿Será capaz de meter a (este) Messi en una jaula?

 La Plaza Mayor

AQUILES Y LA TORTUGA
    Lo más llamativo de la semifinal Atlético-Barça en el Manzanares fueron los seis kilómetros de Messi por los cinco de Pinto, acontecimiento con que se quiere explicar la catástrofe culé y que parece la versión futbolera del paralogismo con que Zenón de Elea mostró la imposibilidad de que Aquiles diera alcance a la tortuga. ¿Qué clase de equipo es ése en que el portero recorre durante un partido casi los mismos metros que el delantero? Ésta es la cuestión que para la final de Copa han de resolver Ancelotti y Zidane, que ante el Barcelona nunca parecen saber si la realidad es continua o discontinua. Si el portero corre más que el delantero, Zenón aconseja encomendar a tu jugador más veloz, que es Bale, el marcaje de Pinto, pues Messi es inalcanzable. Para alcanzarlo, Mourinho y Simeone recurrieron al cálculo infinitesimal.



 El Sepulcro