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domingo, 20 de abril de 2014

La media tostada


Don Pedro Muñoz Seca


David Gistau
Abc

NO sé si es por haber empezado a publicar aquí, pero últimamente me están sucediendo cosas muy ABC. Preciso. Muy de la escuela costumbrista de los antiguos escritores del periódico que en la actualidad se prolongan en los apuntes al natural de Ignacio Ruiz Quintano y su fauna humana de Madrid, de la cual La Rebe es su última captura. De hecho, me ocurren cosas tan ABC que empiezo a pensar que se trata de una idea de la empresa: contratar figuración pintoresca para arrastrarnos a los articulistas a situaciones que, una vez contadas, mantengan vivo un estilo reconocible como parte de la tradición del periódico. Cualquier día me colocarán delante de casa una castañera, o un sablista de café, o un monárquico con sombrero tirolés, o una serpiente de mar, o una taberna de banderilleros, o una vedette de corzas mellizas.

El último episodio es una adaptación a los tiempos contemporáneos de la anécdota de la tostada de Muñoz Seca. Después de desayunar en el café Levante, el dramaturgo siempre cedía a una anciana que pedía limosna entre las mesas media tostada y el ejemplar de ABC recién leído, para que le sacara unos céntimos en la reventa. La anciana de repente se ausentó durante varios días, lo cual llenó de inquietud a Muñoz Seca, que la añoraba. Cuando ya casi la tenía olvidada, Muñoz Seca vio que otras dos ancianas se acercaron una mañana hasta su mesa. Le comunicaron que la pedigüeña habitual estaba muerta, y que les había dejado a ellas su herencia: «Para ella, el ABC, y para mí, la media tostada».

Hace tiempo que, después de desayunar en una barra, convido a café y bollo a Willy, un nigeriano que suele estar delante de la puerta. No le regalo el periódico porque lo leo en el iPad, y la pérdida de una tableta diaria excedería el presupuesto de cualquier artículo costumbrista. Willy es un tipo encantador que diserta sobre la descolonización fallida como origen de todos los problemas de los pueblos africanos. Ayer estaba afectado por el atentado que causó 71 muertes en su país. Va siempre con un gorro de agua. Necesitó cogerme confianza para decirme, una vez, que él detesta el café, y que si en lo sucesivo no me importaría sacarle té. Cuando termina su horario, se reúne con varios compatriotas dispersos por el barrio y juntos se van al centro, donde tienen habitaciones alquiladas. Uno de ellos es conocido en el vecindario porque pide cantando rap o imitando a Bob Marley delante del mercado de Torrijos o en el esquinazo de la cervecería de la Cruz Blanca. A mí este me agota un poco, porque a veces pretende que le haga los coros. Y en fin.

Ayer, Willy me dijo que terminará el mes en su puesto y luego se marchará. A Alemania. En España no prospera, no sale de la calle, donde lleva cuatro años, y está harto de llevar ropa que obtiene en la beneficencia o que le dan otros vecinos de su clientela estable, con la que también mantiene charlas sobre la descolonización en África. Hasta aquí, la historia de Willy no tendría nada de inusual. El matiz ABC ocurrió cuando me presentó oficialmente al también nigeriano que lo sucederá en su puesto a la puerta de la cafetería, que ya está con él como para hacer la transición durante dos semanas, y que, por supuesto, hereda mi café (o mi té, tengo que consultarle) y el bollo. No me pareció que tuviera la intención de ponerse a cantar por Bob Marley. Pero no sé. Aún no lo conozco. Ignoro si nos llevaremos bien. Willy va a dejarle una buena cartera de clientes. Y, además, lo hereda todo, el ABC y la media tostada.