miércoles, 6 de agosto de 2014

Pies para qué os quiero

 Pies para qué os quiero

American Pie

 Pie egipcio

 Pie griego

 Pie romano

 Pie de pato

 Pie a medida

 Pie de foto

Epígrafe

La huelgona (madrileña) de basuras. Otra paloma de Alberti

 Madrid-Muladar
Calle de Villanueva
La paloma de Alberti
J. R. M.

Politólogos




Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Decíamos ayer que el general Jacques Massu tuvo el valor en Argelia de dejarse torturar por ver qué sentían sus torturados, pero que Jordi Pujol no ha tenido en Cataluña el detalle de dejarse cobrar una cena (¡ni un café!) por ver qué sienten sus esquilmados.
    
¡Cómo una familia ha podido amasar tantos millones! –bracea el portavoz de los peperos catalanes.

    Pues ahorrando, buen hombre. Ahorrando.

    Todo lo cual indica que aquí la corrupción no es ocasional, sino constitutiva, o sea, de sistema, resumido en sus memorias por Barras, el jefazo del Directorio: “La pobreza es una idiotez; la virtud, una torpeza; y todo principio, un simple expediente”.
    
El mundo, en el mismo borde de la catástrofe, era muy brillante –escribe Churchill de la víspera de la gran guerra del 14–.Todos formaban parte, de un forma segura, de un inmenso puente colgante. El viejo mundo en su ocaso era muy hermoso de ver.
    
La corrupción española tiene mucho parecido con aquella inflación alemana de después de la catástrofe: la dimensión de sus disparates, dice Canetti, preparó las tragaderas que harían posible la catástrofe definitiva.

    Al rescate vienen los politólogos de Podemos, esos socialdemócratas de Estado salidos de los recreos de la Complutense, que figura como Universidad, aunque no se encuentre en ningún ranking.
    
De los recreos del Ramiro de Maeztu salen roqueros y de los recreos de la Complutense salen politólogos como el joven Errejón, creador del “leninismo emocional” (¡ay, si le coge la momia!), y el viejo Monedero, creador del “leninismo amable”, versión progre (Monedero va de Valentín González, El Campesino, pero es un pipero de “El Avión” en Hermosilla) del cuento del lobo y los siete cabritos.

    Monedero propone, sin saberlo, la solución para la corrupción: una moneda nueva para el Sur. Ni euro, por merkelón, ni peseta, por franquista. Otra. ¿Qué tal la rupia toledana? Coger los euros de Pujol y convertirlos a rupias toledanas.

Por Norma

 Beatriz Manjón
Abc

Hable con ellas», de lo poco de la parrilla generalista que anima el verano, ha caído hasta el 10,7% sin Montañez y con la entrevista a Norma Duval. Decía Jules Renard que los ausentes siempre se equivocan al regresar –qué pronto aplica una citas a los demás y qué tarde a una misma–, salvo que se sea Belén Esteban o Rosa Benito. «¿Te está afectando la crisis?» «A todo el mundo». «¿Cómo?» «Pues sí». Para una vez que pregunta –¡y repregunta!– la americana... Lo suyo habría sido que hubiera improvisado gráfico comparativo, en pizarra tertulianesca, de los botes de laca que gasta hoy y los que consumía en aquellos tiempos de «Bellezas al agua» o «Desde Palma con amor», donde presentaba con cadencia saritísima, como si se le pegaran las palabras. Lomana supo expresar mucho mejor lo de la falta de «cash». Umbral describió a Norma como la «buenez en estado puro. Ni un concepto, ni una idea, ni un rasgo, ni una gracia, ni un problema, ni una duda, ni nada. El Pollock de la macicez».
 
La artista, que todavía no puede decir lo que Anne Sexton, «una vez fui bella, ahora soy yo misma», aseguró que no se arrepentía de haber apoyado a Aznar en mitin político, aunque no lo volvería a hacer, y confesó estar alucinada y decepcionada con Pujol. Que la Generalitat tire de Rosita Amores, que es revista Amarcord, y no de ella, es, en efecto, un golpe bajo, pues si algo florece con Duval es el capujol. Trató de compensarse la nadería de la charla con una clase magistral de vedette, que, en un país envejecido como el nuestro, donde el asilo es la segunda residencia más factible, se me antoja la mejor salida profesional. Yo ya estoy ensayando desde la escalerilla de la piscina. Hizo cada una lo que pudo –Rociíto elevó los brazos, conato de Norma Desmond, y alguna parecía más bien del «Fósil Bergère»–, pero sin la originalidad y la gracia de Rosa María Sardá en «Ahí te quiero ver», descendiendo por las escaleras cada vez de un modo distinto, incluso atada y amordazada. Duval aprovechó también para reclamar los derechos de propiedad pélvica del meneo de Shakira, aunque reconociendo que «es bonito que la sangre se regenere». E importante que llegue al cerebro.

«El bar, el bar. ¡Sólo el bar!»

 Emilia Landaluce
Abc

El mar, la mar. / El mar. ¡Sólo la mar!». No quería empezar a escribir sobre El Puerto de Santa María citando a Alberti, pero no he podido evitarlo. He de decir, sin embargo, que no se trata sólo de admiración, sino de una chanza que repetíamos cuando enfilábamos la primera parada de nuestra ruta de tapas mañanera. «El bar, el bar. ¡Sólo el bar!». La excusa esgrimida para evadir las cuatro horas de playa que mi padre y yo detestábamos era ir a tirar al plato. ¡En dos semanas, empieza la media veda! 

Comenzábamos oteando el río Guadalete en el extinto Échate p´alla: copita de fino Pavón y carne mechada. Seguíamos con una ensaladilla en Casa Flores y terminábamos en la barra de El Faro con unas tortillitas que son como encaje de oro y camarón. Sobre las dos, recogíamos a mi madre y nos íbamos al Buzo a contemplar cómo los playeros profesionales sufrían la levantera.

El Puerto de Santa María domina la bahía de Cádiz. De un lado, la cúpula de la catedral gaditana; al otro, el relieve de los barcos de la base de Rota. No sabría de qué Puerto hablarles: está el de Alberti y el de Muñoz Seca, que, pese a las divergencias ideológicas, es el mismo. Esto es, el pueblo, con su arquitectura desmadejada de salitre, los palacetes de viejas, sus bodegas y los miles de rincones en donde brota ese arte –el ángel– que sólo se da en Cádiz.

Hay quien comete el error de estancarse en las urbanizaciones. En ese caso, Vistahermosa es la de siempre. Recuerdo que tras la siesta bajaba a la playa con el resto de los jóvenes. En la adolescencia nos prestábamos al ligoteo encaramadas a altísimas cuñas de esparto que en la arena, como los pies vendados de las chinas, producían un efecto similar al bamboleo de un junco. En mi generación, destacaba la anatomía perfecta de Casilda Arizón, fibrosa como un masai. Algo mayor, Maise Martí, que tiene un hijo que ya trabaja en un banco y sigue siendo la Claudia Schiffer de la bahía. Esta carne trabajada se mezcla con las omaítas del lugar. ¿Quién está más gorda, ésa o yo?, solía preguntarme con sorna mi esbelta progenitora cuando nos cruzábamos con algún cachalote trikineado.

En ese Puerto en el que todos se conocen, los nombres no han variado con el paso del tiempo y siempre hay algún Domecq, Díez, Ybarra, Soto... Por eso todos acabamos llamando tíos a la gente más insospechada. Mi favorito siempre fue Jaime Domecq: hábil cazador y dueño de un sentido del humor insuperable. Y aún está don Fermín Bohórquez, el último caballero y artista de Jerez. Por las tardes, entre copas de sobremesas interminables, viejos y jóvenes se pierden en los vericuetos de las almas de campo: el corzo con reclamo, la cosecha de remolacha, cómo están criando las perdices y... los toros. Ya lo dijo Joselito: «Quien no ha visto toros en el Puerto no sabe qué es una tarde de toros». Verdad. Cuando embisten y la banda toca Nerva, los tendidos tocan palmas por bulerías. Recuerdo una faena de Ortega Cano a un toro de Bohórquez y...

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Bonito a la plancha

Bonito a la plancha de El Descanso
Lastres, Asturias

Adiós a la Demanda


 Eva

 Edelmiro

Covacha de los moros


Francisco Javier Gómez Izquierdo

    La Sierra de la Demanda es mi fresquera por julio y al llegar agosto siempre me ataca cierta melancolía cuando tengo que cambiarla por las calores cordobesas, tan puntuales y duraderas. En mi pueblo cada año falta más personal y a los hijos de mis quintos no les tira nada el monte, por lo que cada verano mi pueblo parece más un extenso monasterio del que salimos monjes de paisano a recorrer veredas a las que la maleza cualquier día devora definitivamente. Mi pueblo es ya un continuo bosque de robles. Un monte de venados, jabalíes y sobre todo corzos a los que vigilan colonias de buitres desde atalayas majestuosas.

    He pasado tres semanas entre riscos y sendas. En lo alto de peñas misteriosas y buscando cangrejos en arroyuelos que ya me cuesta encontrar. Del cordero de Aranda a la morcilla del pueblo del Cid y del lechazo de mi pueblo -con el que no puede el de Aranda ni sus mesoneros- al chuletón de los vascos.  Comer y andar. Andar y comer. Una manera de ser feliz.
   
El viernes dí el último  paseo. Catorce kilómetros. Siete de ida y otros tantos de vuelta. De Castrillo de la Reina a Moncalvillo de la Sierra. Por camino estrecho entre robles y bajo la atenta mirada de varias docenas de buitres leonados ante los que mi doña se incomoda.

En Moncalvillo nos paramos ante el monumento a Edelmiro Elvira, un valiente que pasó agosto del 2001 en su pueblo y al que a los pocos días asesinaron en las Torres Gemelas de Nueva York. En Castrillo, ante el de Eva Belén Abad, levantado con el cariño de un buen hombre que recuerda emocionado a la primera de la lista de los asesinados hace diez años en Atocha. El padre y los abuelos de Eva son de Castrillo y su tío José es quinto mío.

Mi quinto vive en Madrid, pero ni a él ni a su hermano, el padre de Eva, los he visto nunca en el tele. A mitad de camino entre Castrillo y Moncalvillo hay una pequeña cueva que cubre   enterramientos paleocristianos a la que llamamos Covacha los moros.
  -¿En que pensarían los antiguos para poner ese nombre a la covacha entre los dos pueblos?

No sé si nos conviene este carácter tan nuestro, pero les aseguro que cada vez estoy más orgulloso de haber nacido en mi pueblo.

Miércoles, 6 de agosto

La siesta

Baden-Baden en agosto

Madrid en agosto y con dinero, Baden-Baden
(Marqués de la Valdavia)
Terraza de La Moraga, calle de Jorge Juan
J.R.M.

martes, 5 de agosto de 2014

El triángulo de la Cerdaña

 Hughes
Abc

¿Y dónde está Pujol? Esta frase se repetía el periodismo horas después de la confesión (sin reparar en que, dentro de Cataluña, Pujol está en todas partes). Alguien propuso la casa de su hijo Josep en Latour- de- Carol. Yo más bien lo hago en Urús, donde Oriol, respondía un redicho. Y el veraneante experto sostenía que en Bolvir, en la almenada casa de Jordi Jr.
 
De modo que cuando el austero Pujol, señor de su pisito, dijo que tenía a todos los hijos colocados no se equivocaba. Colocados y con casoplón. Estas cosas se sabían en Cataluña, pero de esa forma amortiguada en la que se saben las cosas en los ámbitos periodísticos. Se saben tras los postres.
 
Este agosto Pujol parece moverse por un sistema de pasadizos entre las tres casas familiares en la Cerdaña, comarca gerundense de un aire tan delicado que cuando uno baja del coche a echar gasolina siente que ya ha olvidado su vida anterior. Es como un episodio de Heidi, pero conduciendo los coches de Tony Soprano.

La casa de Josep Pujol Ferrusola está en Latour-de-Carol, suelo francés. Es la propiedad más espectacular de la localidad. Tiene un aire a la mansión de Rebeca. Cuentan que durante la guerra fue un lugar de reclutamiento y se dice que hay fantasmas, de los de Iker Jiménez y de los fiscales.
 
Cuando la prensa llega a un sitio así los vecinos empiezan a limpiar las ventanas, locos por no contar nada. Pero todo era un secreto a voces y los cicloturistas paraban a hacerse fotos. La casa, cerrada a cal y canto, sólo enseña una bandera estelada (independentista) donde la barbacoa. La fotógrafa mandó soplar al cronista a ver si la podía hacerla ondear para la foto. Los lugareños hablan con respeto y comedimiento del dueño, «alguien educado y sencillo». Cuando uno entra y sale de Francia por allí se da cuenta de que los estados cuentan. Para empezar, la telefonía ha impuesto la barrera tecnológica del roaming, peor que cualquier aduana, pero es digno de estudio cómo en cuestión de metros Francia se nos impone más allá de una realidad administrativa. Allí las caras son distintas, los periódicos más gratos de leer, los mostachos parecen alsacianos y el hojaldre es quebradizo y exacto como una pasión.

Las casas de los Pujol en la Cerdaña tienen un rasgo en común: en cualquiera de ellas caben todos los Pujol. Son casas unifamiliares en sentido amplio. Quizás la menor sea la de Oriol en Urús, una pequeña localidad, ya en España, que se ha desarrollado casi a ritmo convergente. Hace unas décadas era el último pueblo de la Cerdaña. Al principio había pocas familias (asentamiento patricio), lo que se llamó el Clan de Urús (Anna Birulés y el ministro Piqué entre otros) y con los años fueron llegando burgueses sobrevenidos, una nueva capa de adinerados convergentes. Obviamente, los Pujol tenían que dejar su nombre en el Catastro.

Urús es una urbanización perfecta con tejados de pizarra en la que sólo se oye lo que ponen en los casetes de los locales de masaje. Una mezcla divina de rumor de agua, silencio y pajarillos armoniosos. Señores con aspecto de poder hablar varias horas sobre cláusulas del Estatut giran su rotonda en bici y una señora anciana con pinta de haber besado a Tarradellas pasea apoyada en su bastón.

Oriol tiene una casa junto a la de Sergi Alsina, implicado en el caso de las ITV. Hasta comparten garaje. Bueno, oye, cosas de chicos. Lo peor de lo paredaño es lo del anuncio: «Cómo se les ocurre ponerse a hacer obras a estas horas». Unos matrimonios paredaños ya pueden hacerse facturas.

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El suelto


Jordi Pujol

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Ahora que otro amigo (autónomo, también en el sentido kantiano) se va al fondo con la piedra de la presión fiscal atada al cuello, me acuerdo del suelto periodístico que tanto impresionó aquel íntimo amigo de Steiner, el eximio Donald McKinnon, que en las reuniones de profesores, en cuanto le venía el aburrimiento, se metía debajo de la mesa y mordía en las canillas a los más pesados.

    En el suelto de “Le Monde” se decía que el general Jacques Massu, jefe de los paracaidistas en Argel, donde autorizó la tortura, se había desnudado y se había hecho atar un cable eléctrico en el sexo, y por espacio de tres horas hizo que sus hombres lo torturaran, y cuando concluyó la sesión declaró:

    –Las quejas de las víctimas son exageradas. Fue muy desagradable, pero soportable.
    
Steiner cuenta que McKinnon leyó el suelto y entró con toga a una sala abarrotada: explicó a los alumnos que, ante eso, no podía seguir enseñando a Kant y su ética, y que iban a dedicar el resto del curso a examinar las implicaciones del mal absoluto en Massu.
    
En la España de Jordi Pujol, por nombrar al personaje de la partidocracia que acapara todos los sueltos del momento, muchos autónomos (también en el sentido kantiano) acaban en la ruina asfixiados por el fisco, que no da abasto para el sostenimiento de diecisiete Estados con hambre federal, es decir, cada uno con su “razón de Estado”, aquel invento del renacimiento florentino para legitimar en los salones la política como máquina de hacer dinero.

    Pero aquí al arruinado no le queda ni el consuelo de saber que los políticos peritos en extracciones saben (por haberlo probado en sus carnes) lo que duele (“exposo tot això amb molt de dolor”) una extracción.

    Jordi Pujol no es Jacques Massu, que voluntariamente se hubiera prestado (¡por probar!) a pagar las tasas (“desagradables, pero soportables”) de una herencia.

    –Lamentablement no es va trobar mai el moment adient per a regularitzar aquesta herència.

    Desde 1980.

Jacques Massu

El tritono del agua


 "Era mucho pedir -escribió Thomas Mann- que se tuviera que llamar música al tritono mi bemol mayor del preludio del Oro del Rin. Porque música no era: era un pensamiento acústico". Mann, gran lector de Nietzsche, sabe que éste alaba repetidas veces este preludio, que representaría el manar de la primera agua del mundo. "¡Así viven las olas -escribe-, así vivimos nosotros, los que ejercemos el querer".

Wagner cuenta de esta manera en sus Anales el surgimiento del surgimiento del Oro del Rin: "Despierto con la idea de la introducción orquestal al Oro del Rhin (tritono en Mi bemol mayor): Me abstraigo en el murmullo del agua. Regreso inmediatamente con la resolución de ponerme inmediatamente al trabajo”. Era la Spezia, el 5 de septiembre de 1853.

Martes, 5 de agosto

Cuidados intensivos

lunes, 4 de agosto de 2014

Pujolandia: montañas nevadas, banderas al viento, el alma tranquila




Hughes
Abc
Pujol y las montañas

Jordi Pujol ha sido un extraño y tortuoso germanizador de lo mediterráneo con una muy alemana atracción por las montañas. Sus escritos de prisión «Des dels turons a l’altra banda del riu» («Desde los cerros al otro lado del río») ya hacían referencia al cerro (turó). Estrictamente hablando, en Jordi Pujol hubo siempre una obsesión cerril.

En el año 2004 volvió al Tagamanent. Detrás ya no iba su tío sino un séquito de cuatrocientas personas. Estas subidas rituales no son raras en el nacionalismo. En el País Vasco suben al monte Bizkargi o al Gorbea. «Hemos bajado ya de la montaña», dijo en el año 2003. Más como Moisés que como Zaratustra.
 
Para comprender a Pujol había que ir allí. Al bellísimo paraje en el Montseny. Unos kilómetros por una pista asfaltada, luego una senda más estrecha.

Yo iba como con un Pujol en la mochila. La ascensión infantil de Jordi Pujol recuerda a una obra del escritor Thomas Bernhard, que hizo el camino inverso, de lo germánico a lo mediterráneo. El protagonista, un niño, era obligado a subir una y otra vez a la montaña en busca de la tranquilidad y la pureza.

Una vez allí, los padres, maniáticos, tocaban la cítara o pintaban. El niño abrió el armario un día y encontró sólo una cosa como resumen del horror: centenares de gorros de lana para las ascensiones.

 Pero el niño Bernhard era lo opuesto al niño Pujol.

Al llegar a la cima (o cerca), el paseante no sufre el éxtasis pujolístico. Más bien («pujoltísico») recuerda lo del austriaco: «Nunca vi el mundo más amenazador e hiriente que sobre una montaña».
 
En el Tagamanent el otro día no había nadie. El paisaje parecía estar esperando a su dueño.


Última subida al Tagamanent

Ahora que comienza el fin de Pujol apetece acudir al inicio de todo. «Mi programa como hombre, el programa de mi vida, es éste que se inicia al pie del Tagamanent». En 1940, con nueve años, a Pujol le llevaron de excursión a la montaña. Desde la cima divisó la Cataluña de postguerra y allí en lo alto, como en el cuadro de Caspar David Friedrich, tuvo el fogonazo de la vocación. «Ei, apunta, tiet, esto lo reconstruiremos» (Pujol tiene un ei parecido al hey de Julio iglesias). Le acompañaba su tío, que seguro adoptó ante el niño-prócer maneras de secretario, porque a Pujol siempre le ha acompañado la familia. Todo lo ha hecho rodeado de parientes, no sólo desde la familia, hacia la familia y por la familia, sino rodeado de ella. Esto, sin duda, confiere mucha seguridad.

Este episodio fundacional del Tagamanent no resulta tan extravagante como su recuerdo orgulloso a lo largo del tiempo. Pujol no se avergonzaba de este parraque visionario. Pero era difícil que Pujol saliera de otra manera. Entre el catalanismo, la educación alemana, el candor religioso y una fuerte conciencia de clase, o mejor, de estamento, de pertenencia a una pequeñísima burguesía que incorporaba todo el genio local del payés, su pensamiento estuvo plagado siempre de terruño e ideal elevación, de patria e inflamación retórica.

Estos días, algún comentarista catalán recordaba el Tagamanent melancólicamente. Se lamentaban: «Què hi farem, ara? ¿Ir allí de excursión?» El nacionalismo ya no se contenta con estas ensoñadas visiones románticas que además exigen una sensibilidad declinante. Se ha vaciado de dulzura sardanística, ya no es una sentimentalidad de clase, es un movimiento transversal (palabro).
 
El Tagamanent era la política de lo que alcanza la mirada y del territorio. Ahora la obsesión ya no e s la tierra, sino el tiempo mesiánico de la Independencia.

Ante la confesión de Pujol ha habido en el nacionalismo alguna acritud aspaventosa e impostada. La de Rull y Trias, por ejemplo. Pero también un intento psicoanalítico de comprensión del drama familiar de quien todo lo sacrificó a la Patria. Hasta la familia. Se recuerda estos días que en sus escritos de prisión Pujol ya pedía perdón a los suyos. «Perdón, insistió en pedirnos perdón», recordó su cuñado con motivo de la confesión. Esta insistencia tiene mucho de voluntad expiatoria. De coquetería expiatoria, incluso.

Pujol, que como vemos siempre asumió encantado su perfil mesiánico, no admite demasiado mal una explicación que lo convierte en símbolo, aunque negativo, en mártir o chivo expiatorio de familia y partido, incluso del nacionalismo (¡cordero catalanista!), sacrificado para que todo siga igual.
 
Este final con la confesión dolorida de un padre negligente prolongaría su simbolismo de «milhome».
Es más, en el nacionalismo ya se observa una propensión a utilizar este asunto como un acelerador del, así llamado, Proceso: Pujol se inmola antes del 9-N y en CDC ya hablan de un Tiempo Nuevo (como en el PSOE, en la Izquierda más allá o como en la Monarquía... concurrencia de urgencias en otoño). Vincular pujolismo con autonomismo (el «peix al cove», la política de negociación paulatina con Madrid) y autonomismo con corrupción, como algo inherente al sistema. Entre las bondades de la Independencia estaría la regeneración, de la misma forma inexplicada que en Madrid se vincula regeneración y cambio constitucional. Para mantener este relato es necesaria la idea de un Pujol que sube otra vez al monte para sacrificarse. Así no se habla de sus relaciones con Mas, ni de corrupción estructural, ni de financiación de partido. Con su vergüenza solitaria acaba la historia. Un hombre que mandó tanto fuera que olvidó hacerlo en casa. Por tanto, hay incentivos para mantener la perspectiva simbólica del personaje en este trance penoso. Nunca un hombre, tan sólo un hombre, en un entramado (o un homenot). Lo antinacionalista pasa por desacralizar y normalizar realidad y lenguaje hasta en la corrupción. Se habla de error y perdón, no de delito. Subsiste incluso un negacionismo cómico. «¡Los hijos le salieron rana!». O se ferrusoliza lo sucedido. Hay quien dice que los vástagos serían, en realidad, más Ferrusola que Pujol. Esto trataría de preservar desesperadamente al Patriota.


«Chapa la cámara, prima, chápala»

Tras la declaración de Pujol padre, esta foto de Jordi hijo también tiene lo suyo de confesión. La forma de taparse el rostro a la salida de un restaurante parece una forma de autoinculpación. Por eso para salir de los sitios los políticos franceses usan el casco. Si esto pasara en Madrid, los Pujol serían escracheados. En Cataluña gozan de una tranquilidad casi pirenaica y pueden irse a comer un domingo. Ágape familiar, tocado de vieja prepotencia convergente en el retiro de la Cerdaña donde la familia tiene sus residencias de descanso. La reportera gráfica de ABC soportó el equivalente pujolístico del «que te comes la cámara». A la orden de D. Jordi Jr. la progenie espetaba: «¡Chapa la cámara, prima!, ¡Chapa la cámara!». La falta de costumbre, claro, pero también cierta justicia poética (¡y social!) en las formas. Un maravilloso ramalazo quinqui (rumbero, gitano, pijoaparte) en el corazón más assenyat (ay) de Pujolandia.

La trama porteril





Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    En el Real, como en las antiguas casas madrileñas con blasones, los extraños no pasamos, para hablar, de la portería.

    De la portería de los goles, en este caso, que siempre fue la del Fondo Sur, y ahora, por lo que da a entender Ancelotti (el entrenador que ganó la Décima como Leclerc liberó París), es aquélla que ocupe Diego López, a quien los medios vienen tejiéndole una fama de lúser:

    –Pierde todo lo que juega.
    
Y quítate esa bosta de encima.
    
Visto desde afuera, entre la titularidad y la suplencia de López sólo ha mediado, aparte supersticiones, el Mundial de Casillas, que recupera su cargo en el Madrid, una cosa técnicamente tan de locos que, para explicarlo, los medios han mandado a llamar a los psicólogos, que han dictaminado que los ojos de Casillas son tónicos, lo que psicológicamente lo convierte en el Mejor Portero del Mundo.

    Sabíamos de los ojos negros y hechiceros de Medina Zahara y de los ojos traidores y mentireiros de María Ostiz (“N’a veiriña do mar”), por no irnos al “óyeme con los ojos” de la grande monja mexicana, pero nunca habíamos oído hablar de unos “ojos tónicos” como los de Casillas, descubiertos por un psicólogo de Barcelona que ve una cara y se hace un poema de García Montero con ella.

    –Casillas es un sentimental –resume el psicólogo.
    
Mas para sentimental uno prefiere a Garzón, que dice en la prensa que a él le gustaría odiar, pero que no sabe hacerlo.

    También en la prensa Casillas tiene dicho que de su carácter él sólo cambiaría lo rencoroso que es.

No sé si es una virtud o un defecto, pero soy bastante rencoroso.
    
Autoinculpación que viene en auxilio del psicólogo barcelonés, para quien Casillas tiene “un grado de honestidad por encima de los demás mortales”, con la humildad que esa declaración de “mortalidad” supone, ateniéndonos a la lógica de aquel entimema escolar de la infancia: Premisa mayor: Todos los hombres son mortales; Premisa menor: Sócrates es hombre; Conclusión: Sócrates es mortal.
    
Mortal al modo de Sócrates, Casillas es, además, honesto, pero rencoroso, y en este sindiós psicológico en que nos tiene la prensa deportiva adquiere toda su importancia la figura de Hierro, señalado por los historiadores como el artífice de la suplencia de Casillas cuando Del Bosque puso de titular a César.

    La trama porteril adquiere así rasgos shakesperianos y sirve para amenizarnos la espera de James, con quien yo pienso incurrir en una chifladura de jotafilia que me arrastre hasta la consulta del psicólogo barcelonés, que seguramente me mande a chupar limones como si fuera Iggy Pop, que es lo que hacía aquel psicólogo de Benito Floro con los futbolistas del Madrid, a los que dejó encaminados hacia la logorrea “hestética” del valdanismo, de modo que cuando Arsenio (un brujo, al fin y al cabo) llegó al Bernabéu lo único que le suplicaron, y de rodillas, los jugadores fue que les diera órdenes, pero no charlas, temerosos de que el vestuario acabara como un nido del cuco, con Hierro de Jefe (Chief Bromden) y con Raúl de Jack Nicholson.
    
Me han dado una descarga de diez mil voltios. La próxima mujer con la que me acueste se iluminará como una tragaperras y empezará a soltar dólares.


PSICOLOGÍA Y ÉTICA

    El fútbol se ha vuelto tan complejo que un jugador, además de hacer o de evitar goles, ha de estar al tanto de todas las novedades psicológicas y éticas. ¿Por qué? Muy sencillo: al Garzón de Jaén (hay otro de Logroño) no lo enfada que los españoles jueguen mal en Brasil, sino que jueguen bien en Guinea Ecuatorial… “¡para un dictador, sin una ética que sé que Del Bosque sí tiene!”. Luego de Guinea y Brasil, Del Bosque sigue al frente del Combinado Autonómico (como lo haría al frente del Combinado Federal) en signo de humildad (psicología) y para educar al país… en la derrota (ética): “En la derrota también se puede educar al país, educando en ella.”


La pitonisa

Pujol tras pasar por las manos de Adelina
 
Emilia Landaluce

La piel es lo profundo. Lo medito pensando en Valèry mientras siento la hendidura de los rayos del sol en el abismo. La piel –tan frágil– es la frontera de los cuerpos y de las mentes. A Fraga le cabía el Estado en la cabeza. No se puede decir lo mismo de Jordi Pujol. Al ex molt honorable le cabe el Estado (por lo menos, un 3%) en el bolsillo. «Pillado me han», diría en el lenguaje de Yoda [el personaje de «La Guerra de las Galaxias» al que tanto se parece].
 
Imagino a Pujol derramando lagrimitas de cocodrilo mientras en vano trata de localizar a Adelina, la pitonisa –como sus cuentas, residente en Andorra– a la que solía consultar para que le predijera el futuro «frotándole un huevo» por el pescuezo. Después lo rompía sobre un plato: si aparecía negro –y no eran trufas del Périgord– significaba que Pujol había logrado «conjurar la energía negativa».
 
Ahora que Adelina se ha debido de ir con otro, fantaseo con la idea de Marta Ferrusola cascando huevos de yemas zainas con un golpe seco de muñeca. Si los dejase plantados como Colón ante Isabel la Católica, Víctor Cucurull lo podría considerar otra prueba irrefutable de la catalanidad del navegante genovés.
 
El método de la hechicera de referencia del soberanismo catalán no difiere del de otros chamanes. En México, un cuentista me pasó unas hojas de lechuga y un huevo por todo el cuerpo. No saqué nada en claro, salvo un flagrante intento de sobamiento de muslamen. Luego, me dijo que pidiera un deseo. Se me pasó por la mente la paz mundial, pero al final opté por que me tocara el Euromillón. Y de momento, nada. Quizá Carlos Fabra, ganador de siete premios de la lotería, se las ingenió para birlarme la buena vibra del pitoniso. Adelina prediría ahora al expresidente de la diputación de Castellón un sino tan oscuro como los huevos que cascaba en el morrillo de don Jordi.
 
Lo profundo, en el caso de los Pujol, no es la piel. Ni siquiera la cáscara del huevo «predictor». En la dermis de cemento no traspasa la vergüenza. Y acabaría como mandaba Trillo en el Parlamento. 
 
Adelina exigiría un huevo.

Vaca pinta

Chuleta de vaca pinta
La Iglesia, Cantabria

Lunes, 4 de agosto

La crecida de Borges

domingo, 3 de agosto de 2014

Tarde de bolos

 Juego de manos

 Juego de piernas

Juego de ojos

Mesón Ocho

La Iglesia, Cantabria
Oti, Márquez et altri en Santander

Márquez, Oti et altri en Burgos,
 unos años antes

Repartir la culpa

Beso español

Vicente Llorca

Había una vez en el pueblo un carbonero de los de antaño, antiguo militante republicano y anticlerical, que lo tenía claro.

-La culpa es del cura.
 
-Pero, Aniceto, si el cura no estaba
 
-Eso es lo que os han dicho a vosotros.

Y así, ese verano, el incendio de la panera, que se había llevado la paja del año, era obra también de la Iglesia, que defendía de manera oscura –pero cristalina para Aniceto– los privilegios del clero.

Dios escribe con renglones torcidos.

La teoría castrista del reparto de culpas siempre me ha fascinado. (La causa nunca está al lado. Siempre más allá del mar; en Miami, como muy cerca).

Remedios, maestra local, algo leída y jacobina de pro –los del pueblo decían que no sólo compartía ideas con el carbonero– me explicaba un día el fracaso atroz de la NEP leninista, en una URSS incipiente donde los paisanos se comieron –literalmente– los unos a los otros.

-La culpa la tuvo el bloqueo internacional, que no podía consentir el éxito de la socialización.

Y se quedaba tan ancha.

Otro día surgió el tema de los fusilamientos en el seminario comarcal –de donde seminaristas, párrocos y hasta monaguillos fueron paseados por las milicias locales– y la explicación estaba clara.

-Puede que hubiera algún exceso. Pero la culpa la tenía la propia Iglesia.
 
-¿Y por qué se cargaron después a los del palacio, Remedios?
 
-Por culpa del Comité de No Intervención. Así podían acusar luego a la República de desmandada. Estaba todo organizado en Londres.

Etcétera. ( Ni que decir tiene que durante otra época todo autor que elaborara con cierto orden narrativo sus relatos “estaba a sueldo de la CIA”). De los atracos de un sujeto local, energúmeno notable que había majado a palos, entre otros, a una rica del pueblo, aquél no era responsable, argüía, sino “la sociedad”. Menos mal que la Guardia Civil, en lugar de detener a “la sociedad”, se llevó al sujeto en cuestión al penal de Chinchilla.

Fascinante teoría atributiva. Que tiene sus continuadores.

Así, esta mañana me encuentro con que, después de las últimas cantadas notables del portero Casillas, que a punto estuvieron de costarle la Copa a su equipo; del temblor permanente que provoca alrededor –y fuera– de la portería, y de su no menos dubitativa actuación en el Mundial del Marqués… al que echan es ¡a Diego López!

Me lo tiene que explicar Aniceto.

Pero ya sé lo que va a decir: la culpa era del obispo. O de una oscura conspiración realista. Con un par.

Sampedros y salmonetes

Sampedro de Lastres

 ...y er sarmonete!
Salmonetes de Lastres en su penúltima morada

Adiós a todos

 
DE UN MUNDO RARO
Manuel M. Cascante

Adiós de La Negra al son, cielito lindo, malagueña salerosa, María bonita cuando te hablen de amor y de ilusiones; adiós a la marimba y a los organilleros, a las mañanitas que cantaba el Rey David y a los tamales oaxaqueños, al huitlacoche, el chipotle, el peyote, las chelas, el mezcal, el mamey, la guanábana o algo de fierro viejo que venda, adiós a la precontingencia ambiental y la temporada de huracanes, al “Hoy no circula” y los sismos, al H1N1 y el segundo piso, a las banderas en septiembre y las jacarandas en marzo, a Maruata y Tulum, a Coyoacán, Teotihuacán y el cerro del Tepeyac, a “Dorito”, los xoloitzcuintles, el “perro” Bermúdez y las ardillas de Chapultepec, al cempasúchil y la nochebuena, a los totopos, los topotes y los popotes, a las limpias con copal y la maldición del Cruz Azul, al tinaco “Rotoplas” y las telenovelas, a los bochitos y a mi New Yorker del 93, a los darketos, a los globalifóbicos y a la Sección 22, a Rey Misterio y el “año de Hidalgo“, a Paz, al grito de guerra y al sonoro rugir del cañón, al presidente Masaryk y a los héroes que nos dieron patria, al bolero de la esquina (que es del Barça), a la Ecobici y a su chingada madre, al patrullero y su mordida “p’al chesco”; adiós, pinches ratas del Gobierno; adiós, “Sufragio efectivo, no reelección”, “Este programa es público, ajeno a cualquier partido político. Queda prohibido el uso para fines distintos a los establecidos en el programa”, “Evita el exceso”, “Todo con medida”, “Come frutas y verduras”, “Si toma, no maneje”, “No deje piedras sobre el pavimento”, “Ciudad de la esperanza”, “¡Puto!”, “¡Viva México, cabrones!”; adiós, güey, cuate, güero, patrón, compadre; adiós al pendejo y al mero mero, adiós a Frida, Rivera, Orozco y Siqueiros, adiós a Catón y a la Aristegui, a López Dóriga y a los franeleros, adiós a AMLO, adiós al Popo, adiós al “Chapo”, adiós al “Temo”, adiós al OXXO, adiós a todos.

Domingo, 3 de agosto

El Capote
Calle de don Ramón de la Cruz
Madrid

sábado, 2 de agosto de 2014

Cascante




Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    A lo tonto y a lo bobo se nos ha despedido Manuel Martínez Cascante, con veintiséis años de periódico a cuestas.

    Llegó al ABC de Serrano en el último resuello de los 80, cuando las reinas de la barra que pintaba Javier de Juan empezaban a dejar la absenta para pasarse a la birra con formol de los 90: los casados se separaron y los solteros (como Cascante) no se casaron.

    Del cinismo al escepticismo y del parrandón al botellón. Una frivolidad trajo la siguiente. En aquel dadaísmo estético del felipismo pimpante Rodríguez Marchante y Martínez Cascante hicieron para ABC la mejor sección de Espectáculos del periodismo español, pues tenía el humor, el ritmo y la música del cine de Scorsese.
    
Cascante era el Norte (alubias de Tolosa, vino de Rioja, rocanrol, toros y fútbol del Athletic, Logroñés y Éibar) en Madrid, pero un día marchó a Marruecos, y fue el Norte en Rabat. Nada más llegar, en el país donde nunca pasaba nada, murió Hasán, y con esa movida quedó inaugurada su corresponsalía en el país donde Patton había sido capaz de ver una mezcla de Hollywood y la Biblia.

    Estaba en Rabat, pero, bajando la cortina, comía (caparrones con tocino) como en Logroño. En la carretera, camino de un morabito, dimos con un árbol con la copa cuajada de cabras, y sólo él supo ver en ello una metáfora del futuro del periodismo.

    Para no perder el hilo que pierden los exiliados (los exiliados, decía Umbral, no perdonan a su vuelta que el país haya seguido sin ellos), Cascante hacía todos los meses un Rabat-Ceuta y Ceuta-Rabat con el coche cargado de papel de cocina. En cuanto pudo, tomó un avión y se plantó en México, donde ha estado doce años, con escalas en Haití, y antes, en el zulo-escondrijo de Sadam Husein en una granja de Tikrit.

    –Soy Sadam Husein y quiero negociar –dijo el iraquí a los marines de la operación “Amanecer rojo”.

    Ahora que a la gente ya no le interesa nada, Manuel Martínez Cascante, que es un tipo que lo sabe todo, se va.

Casa Egües
Logroño