domingo, 21 de julio de 2024

Guerra e inmigración


Platón


Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica


Migrar es cambiar de residencia, como hacen los pájaros u otros animales o infraanimales, como los virus. Los hombres, que nacen en naciones o tribus, no migran, sino que emigran o inmigran. Platón, en uno de los libros del Diálogo de La República le dice a Glaucón que con el desarrollo económico, social y político de una ciudad, ésta llega a necesitar más territorio para mantener a la creciente población, y por eso a veces roba a otra ciudad un pedazo de su territorio para dedicarlo a la agricultura y el pastoreo. La otra ciudad, si tiene dignidad, se defenderá y así estallará la guerra. Y ése es precisamente el crudo origen de la guerra. Los que no ven hoy que la inmigración ilegal es una invasión bélica, un acto de guerra, que pretende lo mismo que todas las guerras, apropiarse de los recursos de la nación-huésped y enseñorearse de ella, acabarán eliminados por los invasores parasitarios. La mujer hace su patria de la tierra propicia y no de la consagrada por un mito fundador o por otros artificios políticos. Pero el hombre sin mujer tiene siempre la nostalgia vernácula, la llamada de la patria, por eso el inmigrante masculino que sale de su país sin su mujer retorna a sus lares. La mujer, por el contrario, siente con mucha menor intensidad la llamada de la antigua patria, y la condiciona a que la vida material o espiritual sea o no propicia en la tierra nueva. Si el nido es más confortable en la tierra nueva en la que críe sus polluelos, esa tierra será su verdadera patria. Por ello, la repatriación depende casi siempre de que la mujer esté o no contenta. (Ojo, que también se puede viajar por sentimiento de superioridad, con han hecho los ingleses). Cada civilización se compone de elementos circunstanciales y de elementos eternos. La inmigración ilegal hace más daño a esos elementos eternos que a la armazón circunstancial, que es la organización social, la política o el equilibrio económico. Los elementos eternos se labran a lo largo de los siglos, confieren el carácter y la dignidad de un pueblo. Esos elementos eternos en Occidente vienen de Grecia, de Roma y del cristianismo, principalmente, y conforman la manera del ser occidental, que nos constituye a nosotros mismos y nos hace una forma de actuar con los demás. Las inmigraciones ilegales pueden acabar con esos elementos eternos en pocos años; los hay que les preocupa más el deterioro social, económico y política que tales inmigraciones pueden ocasionar. Pero están engañados. Hay cosas peores que el derroche del Presupuesto para mantener en buenas condiciones a los parásitos. Nuestra civilización ha sido el triunfo de cosas nobles, que no se necesitan para vivir en la condición de animales, pero que las necesitamos para vivir como personas humanas. No se comen, pero confieren dignidad a nuestra vida. Si los inmigrantes ilegales no entrasen con la mundivisión propia de su tribu, etnia, nación o religión, no se constituirían en enemigos nuestros. Pero desgraciadamente no hay personas que no estén programadas por la cultura o etnia a la que pertenecen, todos venimos de alguna cultura y religión, no existen personas no tribales, no nacionales, y por eso los inmigrantes ilegales son invasores de nuestra casa. Si un día no hubiera religiones ni cosmovisiones étnicas y nacionales, si un día todos los hombres fueran fabricados iguales por una máquina en cualquier parte del mundo, sin ningún sello local –la máquina de Soros, entonces los hombres podríamos migrar de un sitio a otros como las aves o los virus sin causar problemas sociales. La inmigración ilegal es una declaración de guerra de la etnia de la que forman parte los inmigrantes. No hace falta que penetren en la nación asaltada con los tanques de Guderian; es suficiente con reproducirse y parasitar. Son una nación enemiga que vive a expensas de la nación receptora. Y los políticos que dicen que son los que nos van a pagar nuestras pensiones en futuro mienten y son unos cínicos. No sólo no van a colaborar en nuestro bienestar social, sino que son un peso muerto y una fuente de crímenes. Por el contrario, vemos con los mejores ojos y la mayor simpatía a la inmigración legal que viene a nosotros a colaborar mediante el trabajo en el engrandecimiento de nuestra sociedad, y que debe engrandecerse también para ellos. Son nuestros vecinos, nuestros amigos y nuestros conciudadanos. Debemos tener como sagrados los derechos que sólo nuestra civilización otorga a las minorías culturales –si no lo hiciéramos no seríamos occidentales, sin descuidar los deberes de estas minorías para con la comunidad política que los acoge. Pero el retorno a la patria debería ser el principal objetivo de los inmigrantes, como lo fue el de los españoles que marcharon a Centroeuropa en los años 60, y que volvieron con sus ahorros a colaborar en el engrandecimiento de España. Europa no puede sobrevivir si se convierte en una encrucijada de etnias, razas y religiones hostiles. Contra este problema San Juan Pablo II pedía la construcción de una civilización del amor inspirada en el Evangelio y en su mensaje de amor. Eso es lo que debe decir un Papa santo, y ojalá sus palabras tocasen nuestros duros corazones. Pero santos en el mundo hay pocos y para muchos de los que entran en Europa los evangelios no tienen ningún significado. Al menos ese problema no se resuelve con el amor en un día. Me temo. Respecto al multiculturalismo en una sociedad democrática se plantean problemas graves de ética pública universal, porque no todas las culturas son éticamente iguales, porque no todas son democráticamente dignas. Así, por ejemplo, nuestra Constitución consagra en su artículo 14 un principio ético fundamental de nuestra cultura occidental, el de que exigimos la igualdad de todos ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra circunstancia personal o social. Y hoy mismo, como caballos de Troya, tenemos en nuestra sociedad culturas en donde el hombre y la mujer son tratados de modo radicalmente desigual. Y lo son porque el multiculturalismo se ha convertido en compartimentos estancos, en islas, en pequeños reinos de impunidad en donde los ideales de nuestra democracia no llegan nunca porque están proscritos y se violan abiertamente y con total desfachatez principios constitucionales. Horribles teselas salvajes en el mapa de Europa donde no entra la ley ni los principios occidentales. Ante determinada infrahumanidad que vemos en nuestras calles cobra fuerza, en fin, el refrán castizo que dice “Cada uno en su casa y Dios en la de todos”.


[El Imparcial]