lunes, 2 de enero de 2023

La mano argentina



 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    Los dos Mundiales que he visto ganar a Argentina, México’86, en los estadios, y Catar’22, en las televisoras (primero sólo había una, de pago, y cuando pescaron a los incautos liberaron unas cuantas más), Argentina los ha ganado por la mano: la mano de Dios de Maradona en el gol a Inglaterra, imagen más poderosa que todas las de la Final con Alemania, y la mano, que fue pierna, de Emiliano Martínez desviando el gol de Francia en el último instante de la prórroga.


    En el balompié, pues, la mano argentina no es una mano cualquiera. Una mano cualquiera es la nuestra, tan tonta como la de Asensio en los penaltis que le pitan al Madrid en la Liga de El Tebas.


    En conversación con el filósofo Karl Popper, el neurólogo Franz Seitelberger considera el momento clave de la evolución humana aquél en el que se produce la erección del cuerpo, que supone la liberación de la mano, encargada hasta entonces de la locomoción, la alimentación y tareas predadoras en general. Para quienes creen que el único juego inteligente es el ajedrez, el neurólogo sitúa la significación decisiva de la mano para el conocimiento en la palabra “comprender”, derivada de “prender”, relacionada con “prensil”, “presa”, “presión”, “preso”, etcétera, términos propios… del fútbol, como sabemos por el manual de instrucciones del balompié de Álvaro Benito.


    –Con razón Kant llamó a la mano con suma perspicacia el “pensamiento externo” –remata Seitelberger.


    España no tiene para el fútbol una mano pensante como la mano argentina. Cervantes era manco, y además no conoció el fútbol. La mano más bizarra que nos queda es la mano carbonizada de Felipe Trigo, el novelista de Villanueva de la Serena, que con su mano negra intentó suicidarse en Buenos Aires, sin éxito, lográndolo unos años más tarde en Madrid, en cuyos cafés ponía sobre la mesa una mano negra y misteriosa, acerca de la cual no permitía preguntas ni bromas, y que escondía bajo un guante de cabritilla negro. La mano se la había desgraciado, macheteada, en Filipinas, y el guante se hacía más abrumador cuando llegaba el verano y accionaba en medio del café con su luto.


    Hasta un señor tan serio y alemán como Ihering, que dedicó su vida a pasear por Europa el espíritu del Derecho Romano, defiende que la mano es la parte más importante del cuerpo, “porque acompaña a la palabra”: apenas existen movimientos del alma que la mano no pueda expresar y no hay acto solemne en la infancia de los pueblos en que la mano no juegue un gran papel. Tender la mano al enemigo es perdonarle, estrecharse las manos es prenda de fidelidad, se implora a los dioses tendiéndolas hacia el cielo, y meter un gol con la mano como Maradona en México (¡bendita mano!) vale un Mundial.


    La mano de Emiliano Martínez en Catar ya hemos dicho que en realidad fue una pierna, pero el Mundial, en lugar de premiarlo con unos Leggings de Oro, lo premió con el Guante de Oro, el Guante Varadé de Emiliano, que al recibirlo forzó la imagen que nos quedó para siempre de la Final, la de Emiliano Martínez ajustándose el Guante de Oro al pubis en presencia de un príncipe catarí que lo mira con una condescendencia borgiana:


    –Recordemos la reverencia que el Islam tributa a los idiotas, porque se entiende que sus almas han sido arrebatadas al cielo –escribe Borges en su “Vindicacion de Bouvard y Pecuchet
, personajes de una epopeya de la idiotez humana que llevó a Flaubert seis años escribirla.


    Sobrecoge el abismo estético y moral, cultural, que en esa imagen separa al futbolista argentino del príncipe musulmán. “La mano, el lenguaje: he aquí la humanidad”. Es la imagen que uno hubiera escogido para refutar a G. E. Moore, apóstol del sentido común, cuando decía no hallar buenas razones para creer en la existencia de Dios, y en una conferencia en la Academia Británica se aprestó a hacer la prueba del mundo exterior: “Puedo probar que existen dos manos humanas. ¿Cómo? Levantando mis manos”… Etcétera.


    No ignoramos la importancia que el psicoanálisis tiene en la cultura argentina, pero en la hora de la fiesta ha sorprendido el falocratismo de los futbolistas campeones del Mundo. El Guante de Oro en el pubis de Emiliano Martínez, el tuit de Rodrigo de Paul (a quien los locutores llaman Depol cuando a Raúl no le dicen Rol) invitando a los incrédulos a comerle la “pinga”, término de origen africano que el Kun Agüero empleó para hacer rimas verduscas con Camavinga. Y así.


    Civilización es otra cosa. A los antiguos los impresionaban detalles como el de Julio César cuando, al verse apuñalado en el Senado, y que no podía evitar la muerte, se dejó caer en el suelo, y con la vestidura imperial se compuso de tal manera que, después de muerto, lo hallaron tendido “con mucha honestidad”, cubiertas las piernas y demás partes que podían ofender a la vista.





EL GOAT


    Después de darle en Catar a Messi el Mundial que necesitaba para reparar “la injusticia que supone que Messi no tenga uno”, Infantino redondea su negocio tuiteando, en nombre de la Fifa y con una foto de Messi: “El debate del GOAT (Mejor Jugador de la Historia) está zanjado. El último premio es ahora parte de la colección. El legado está completo”. Infantino es un “calbo” que antes de ser calvo fue pelirrojo, como Messi, circunstancia por la cual recibió persecución escolar en Suiza. Como aficionado español, el mejor futbolista que he visto en un terreno de juego (y el más inteligente fuera de él) fue Johan Cruyff, y en esto coincido con el mejicano Javier Aguirre.

[Lunes, 26 de Diciembre]