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domingo, 15 de julio de 2018

"Y la verdad se volvió verdadera". En la muerte de Claude Lanzmann

 Claude Lanzmann

Jean Juan Palette-Cazajus

Pusimos el listón demasiado alto: todos nacemos humanos en tanto que ejemplares de la especie. Pero sólo unos pocos llegan a ser realmente humanos en el sentido con que hemos tratado de etiquetarnos, es decir en tanto que soñados seres en cuya construcción jamás pasaremos de los cimientos. Claude Lanzmann, nacido en 1925 y fallecido el pasado 5 de julio, era uno de ellos. Su única debilidad -pero mis fobias no pretenden ser objetivas - fue tal vez la inquebrantable admiración y amistad, jamás rozadas por la duda, que le unió a Jean-Paul Sartre. Por ello tal vez su biografía bien parece la ilustración escolar de la más mediática tesis filosófica alumbrada por el autor de "El Ser y la Nada": La "existencia" precede a la "esencia". Pocas veces como en el caso de Claude Lanzmann una existencia humana se ha perfilado así como la construcción obstinada de un destino. Un destino excavado a ciegas, puro producto de la voluntad. Porque en el caso de Lanzmann no fue tanto el hombre el que se forjó un destino cuanto el destino el que terminó forjando al hombre.

Habrá quien no sepa quién era Claude Lanzmann. Los demás saben que fue el autor de una película mítica: “SHOAH”, estrenada en 1985. Muchos son los que conocen su existencia, pocos han tenido la oportunidad o el valor de enfrentarse a la realidad monumental y devastadora de sus nueve horas y media. Lanzmann no soportaba que calificaran su obra maestra de "documental". La película, montada sobre la base de 400 horas de testimonios y confesiones, le requirió 12 años de documentación, de localización de supervivientes y verdugos, de rodajes y montaje. Sólo se puede calificarla de mausoleo, de grandiosa conmemoración de "La destrucción de los judíos europeos" como reza el título de la monumental recopilación reunida por el historiador Raul Hilberg y publicada en 1961. Su lectura constituyó el tramo inicial del camino de Damasco para Lanzmann, convertido a partir de entonces en primer apóstol del genocidio hebreo. Hoy cualquiera que opine sobre el exterminio nazi de los judíos, aunque no haya visto la película, aunque ignore la existencia de su autor, lo hace, sin saberlo, en el marco reflexivo impuesto a la conciencia colectiva por el aura de esta suma esencial.
 
 Lanzmann resistente, hacia 1944

Pero Lanzmann, autor de una obra maestra sobre la peor pulsión de muerte que conocieran los siglos, fue además el artífice de su propia vida, intensa, libre e indómita. Tuvo una manera especial de ser "nada menos que todo un hombre" habría dicho Unamuno. Por parte de padre, su abuelo paterno llegó a Francia procedente del "shtetl", la judería, de Minsk en Bielorrusia. La abuela era judía letona. Sus abuelos maternos procedían de Kichinev, hoy llamada Chisináu y capital de Moldavia, entonces conocida como Besarabia. Pero su madre nació en el barco que llevaba la familia de Odesa a Marsella mientras huían de los frecuentes pogromos. Es decir que confluyeron en la sangre de Lanzmann todas las juderías de los confines orientales de Europa. Sus padres se casaron según la más rancia tradición hebrea, en un matrimonio apañado por la casamentera. El padre era hombre culto e inteligente, pero la madre pidió el divorcio cuando Lanzmann era muy niño. Mujer voluntariosa, independiente, "emancipada" como decían entonces, se consideraba atea y la repateaba todo lo que oliera a tradiciones y rituales hebraicos. De modo que Lanzmann no recibió la más mínima educación que lo vinculara a la comunidad de origen. Paradójicamente, esa madre, valiente hasta lo inconsciente, tenía -según su hijo- físico de "judía paradigmática", lo que no le impedía llevar imprudente vida social en el París de la "Ocupación". Hasta que un día, en la Ópera, su nuevo compañero, el poeta franco-serbio Monny de Boully, que entendía el alemán, oyó cómo un oficial nazi le decía a un compañero: -"Vaya pinta de judía que tiene esa mujer".  A lo que el otro contestó: -"¡Cómo va a haber judíos aquí!".

Refugiado con su padre y su hermano en Clermont-Ferrand, ciudad del centro de Francia perteneciente a la zona llamada entonces "no ocupada", por tanto considerada menos peligrosa para los judíos, Lanzmann, con 17 años organizó un pequeño núcleo de resistentes en su instituto, auspiciado por el Partido Comunista. Mientras tanto el padre militaba en la "Francia libre" fiel a De Gaulle. Ni el padre ni el hijo sabían de las actividades del otro. Enterado el padre e incapaz de que el hijo renunciara a su peligrosa opción, le pidió que él y su grupo se integrasen a su "maquis" con la promesa de recibir un cargamento de armas inglesas. Ya pertrechado el grupo, el Partido Comunista pidió a Lanzmann que él y sus chavales abandonaran el maquis gaullista y regresasen a la obediencia comunista. Incapaz de traicionar a su padre, Lanzmann se distanció del "Partido" lo que tal vez lo salvó de la consternante ceguera que caracterizara a su admirado Sartre.
 
 Lanzmann, Simone de Beauvoir y Sartre en 1967

Una de las consecuencias indirectas de "Shoah" fue que permitió revelar no solamente el desconocimiento casi total, por aquellos años, de la terrible realidad a la que habían sobrevivido los escasos retornados de 1945, sino sobre todo la indiferencia rastrera de la gente hacia ellos. Simone Veil (1927-2017), sin duda la mujer más admirada y querida en la Francia del último medio siglo, "panteonizada" por Emmanuel Macron hace dos semanas, contaba que tras su milagroso regreso de Auschwitz-Birkenau y Bergen-Belsen, la gente le decía: -" ¡Si nosotros también lo hemos pasado mal, faltaba la mantequilla, la harina...!". El propio Lanzmann, prototipo del judío "asimilado" desconocia las proporciones de la catástrofe y en 1947 se fue tan pancho a la universidad de Tubingen a estudiar filosofía alemana y dar clases de cultura francesa. Aprovechó para colarse en la RDA donde sobrevivió algún tiempo a duras penas logrando que no lo detuvieran. De su experiencia sacó unos artículos que se atrevió a mandar a "Le Monde", encantado de publicar aquellas primerísimas noticias sobre lo que ocurría detras del recién estrenado "telón de acero".

1952 será un año esencial en la vida de Lanzmann. Conoce a Sartre y Simone de Beauvoir y pronto se convierte en colaborador y miembro del comité de redacción de los famosos "Tiempos modernos". Asumirá la dirección de la prestigiosa revista a partir de 1986, tras la muerte de la ilustre pareja. 1952 supone también el inicio de una intensa relación amorosa con Simone de Beauvoir que durará 7 años. Contaba Lanzmann que, tras su primera noche con la Beauvoir, le preocupaba la reacción de Sartre. Pero ante la evidente felicidad de la escritora -dice- el filósofo le renovó su amistad, agradeciéndole, de alguna manera, los servicios prestados. Pero 1952 fue también el año en que Lanzmann inició su camino de Damasco con motivo de un viaje al recién parido Israel. La experiencia fue desestabilizadora y Lanzmann regresó  a París embargado por la incapacidad de escribir cosa alguna sobre ella. Sartre le sugirió esperar a que las cosas se decantasen, luego podría plasmarlas en un libro. Tampoco aquello fue posible y sólo en 1972 se decidió Lanzmann a rodar una película, inmediatamente polémica, "¿Pourquoi Israel?", un poco sobre las mismas bases que usaría más tarde para rodar "Shoah". ¿Por qué Israel?": Lanzmann nunca dejó de plantearse la pregunta y de preocuparse por la legitimidad del estado hebreo al mismo tiempo que no dudaba de su absoluta necesidad y nunca cejó en una defensa a ultranza y sin matices. Su pasión compleja y contradictoria por Israel lo colocó en una inestable ambigüedad.  Por un lado su dimensión atea y laica, sus absolutos parisianismo y francesidad, por otro la nostalgia de una educación religiosa que no recibió, la ignorancia de una lengua, el hebreo, que no aprendió, con la consiguiente sensación de vivir en los márgenes de su comunidad. Le agradaba tanto como le dolía su excesiva "asimilación". Judío en Paris, era un francés en Tel Aviv.
 
 Fotograma de Shoah

En 1958, Lanzmann reeditó a mayor escala su hazaña de la RDA. Consiguió colarse, desde China, en Corea del Norte  con un grupo de turistas americanos, discípulos entusiastas y estúpidos del inefable Noam Chomski. Allí cayó enfermo lo que no fue óbice para que iniciara un romance con Kim Kim-Sun, su agraciada enfermera en Pyongyang. Se la estuvo jugando pero se contentaron con expulsarlo. El año pasado, en 2017, presentó en Cannes "Napalm", una película  que vuelve sobre aquel romance. La enfermera tenía, debajo de un pecho delicioso, -Lanzmann dixit- una fea cicatriz negra. A su pregunta contestó: "napalm".

Lanzmann rodó diez películas, varias de ellas procedentes del ingente material acumulado durante la realización de "Shoah". La última de ellas "Cuatro hermanas" recién estrenada el día anterior a su muerte. Sobre "Shoah" me encantaría hilar unas puntadas originales y estupendas pero todo supo decirlo él, mejor y en su momento. Empezando por el episodio de la caída en el camino, que, en este caso, no fue de Damasco sino de Polonia:

- «De repente vi un letrero en la carretera que decía: "Treblinka". Fue un choque absoluto. Jamás  pensé que un pueblo llamado "Treblinka" pudiera seguir existiendo [...] a partir de entonces me puse a rodar como en estado de alucinación. [···] La verdad se había vuelto verdadera".

- «[La Shoah]» es un acontecimiento que no ha terminado, que sigue sin encontrar su fin. En este sentido tenemos derecho a decir que es una cesura y de cierta manera la vara con la que todo se mide hoy. Es el patrón de todo, de todas las reivindicaciones, de todas las comparaciones.»

- «En la raíz de "Shoah" no está la memoria, no está el recuerdo, está más bien lo que yo llamo lo inmemorial, es decir el presente».

- «Aquellos protagonistas [de la película], yo no los llamo supervivientes porque no debían haber sobrevivido. Vuelven luego de traspasar el umbral del crematorio, [...] son la voz de los muertos, son retornados del más allá.[...] Por esto no dicen "yo" siempre dicen "nosotros"; no es lo mismo».

- «"Shoah" es otra forma de sepultura. En este sentido podemos decir que es la construcción de una tumba».
 
 Con Sartre y Beauvoir

En "Shoah" no hay una sola imagen de archivo porque no existen. Las conocidísimas imágenes rodadas por los americanos no proceden de campos de exterminio por la sencilla razón de que no había ninguno en Alemania. Todos estaban en Polonia. Había tres millones de judíos en Polonia antes de la guerra por sólo medio millón en Alemania. Los muertos filmados tras la liberación de los campos de concentración alemanes, por John Ford y otros, son recientes muertos de tifus en las terribles condiciones del final de la guerra. No hay ningún judío entre ellos. Hoy la obra maestra de Lanzmann brilla en el firmamento. Pero su terrible austeridad, su implacable verdad ascética fueron borradas en su momento por el éxito planetario de "La lista de Schindler", de Spielberg, en 1993. Entonces Lanzmann hizo un comentario aristotélico que superó todo lo que hubiese podido decir el propio Estagirita porque demostró y demolió la pusilanimidad mentirosa de toda ficción, sobre todo cuando es cinematográfica:

- «Lloramos viendo "La lista de Schindler". De acuerdo. Pero aquellas lágrimas son una manera de disfrutar, son un alivio, son  una catarsis. Mucha gente me ha dicho: "Yo no puedo ver su película, porque viendo "Shoah" no hay forma de llorar».

Ciertamente, "Shoah" es un desierto pétreo para las emociones gratificantes, las que halagaban la buena conciencia de los espectadores de la película de Spielberg,  las mismas que animan el dolorismo de los antitaurinos. "Shoah" es la aridez del desconsuelo y de la desesperanza, es la seca y cegadora vigencia de la pulsión asesina, apenas adormilada en las conciencias. La película es el mayor homenaje jamás tributado a la dignidad de la palabra humana. Una palabra que vehicula la muerte y dice, como Simone Veil, que "nunca hemos salido de la Shoah".
 
 Lanzmann y Simone Veil en un memorial de la Shoah hacia 1985

Pero no quiero terminar sin confesar que lo que más me gustaba de Lanzmann, era el personaje. Le encantaban las mujeres y fue un incansable seductor. Parece que ellas se lo devolvieron con creces. Las encantaba su apabullante presencia física, las fascinaba su naturalidad, su descaro, también las seducía su inagotable mala fe, su ilimitado ego. El hombre fue erigiéndose en propietario exclusivo e irritante de la memoria del Holocausto. Era con frecuencia exasperante, insoportable. Pequeñeces miles, vilezas ninguna. Su amor de la vida era infinito. Siguió fabricándose un destino hasta el último momento. En 2009, le faltó calificativos a una crítica apabullada por su última jugada, una obra maestra literaria publicada bajo el surrealista título de "La liebre de Patagonia". Se trata de una voluminosa autobiografía donde se puede leer: "No me siento ni hastiado ni desengañado del mundo. Si tuviera que vivir cien vidas, sé que no me cansarían".

Poco antes de morir Lanzmann insistía: "Nunca me he curado de la muerte. Lo que más me escandaliza es la necesidad de morir. Ni me gusta la música, ni me gusta morir. Esto es lo que podréis decir de mí". Aquel judío fue un hombre niestzscheano.

Pd. A punto de terminar este intento de necrológica, descubro que una militante feminista radical enumera circunstancias en que Claude Lanzmann se habría comportado como un acosador sexual. Nada me une a las cabezas resentidas que usan la palabra "feminazis". Nada me une tampoco a las cabezas resentidas que tratan de que el camello de la realidad entre por el ojo de la aguja del fanatismo militante. Wait and see.
 
En Cannes el 19 de mayo
Le quedan 47 días