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martes, 27 de febrero de 2018

TOROS Y FILOSOFÍA HOY: DOS FORMAS DE JUGARSE LA CABEZA (1. Paseíllo; 2. ¿Cómo lidiar este toro?; 3. Entre metafísica e inventario)


Algunos contratiempos personales no me permiten seguir de momento con mi interminable periplo por el laberinto de los nacionalismos. Mientras tanto les propongo un folletín en 10 entregas, sin duda un poco tedioso, pero nadie tiene la obligación de leerlo¡off course! Se trata de la reflexión alrededor del estado actual del pensamiento sobre Los Toros, que me ocupó parte de la primavera pasada. Ojalá alguno le encuentre algún puntito de interés ¿Quién sabe? (JJPC) 



Bonifacio 1995 Tauromaquias

1. TOROS Y FILOSOFÍA HOY: DOS FORMAS DE JUGARSE LA CABEZA

«Antes creo, Sancho -dijo don Quijote- que te quieres
 encaramar y subir en andamio por ver sin peligro los
 toros». (Don Quijote de la Mancha. Segunda parte. Capítulo XIV).

                                                                   Jean Juan Palette-Cazajus   

(1. Paseíllo; 2. ¿Cómo lidiar este toro?; 3. Entre metafísica e inventario)



1. PASEÍLLO

El etnólogo Louis Dumont relataba las duras y básicas tareas de su profesión. La de indagar si existen, en las lejanas comunidades estudiadas, formas del saber comparables a las que nosotros practicamos y si existen, entre nosotros, formas del saber identificables con las que ellas practican. La de construir conceptos y valores susceptibles de dar cuenta de tan incierta totalidad de semejanzas y diferencias. Nosotros, occidentales, hemos construido un poliedro del saber cuyas caras múltiples trinchan de algún modo la realidad de nuestra percepción en rebanadas epistemológicas. Cada categoría tiene así su rebanada particular que corresponde, queremos pensar, a una porción del saber total. Solemos hablar así de ciencias duras o exactas, de ciencias humanas, sociales. Y cada una de las citadas ciencias se va ramificando a su vez en otros poliedros sucesivos que funcionan según el conocido modelo de las matrioshkas rusas y siguen rebanando la realidad en incontables e interminables lonchas subordinadas. Al final, no sabemos cómo sabemos, ni sabemos si sabemos.

Hubo una época no tan lejana en que se pensaba que esta función totalizadora, esclarecedora era la que le correspondía a la filosofía. Por más que a lo largo de la historia ésta quedase progresivamente amputada de todo aquello que se fue configurando históricamente como campo de las ciencias concretas. Tras una época de dudas e incertidumbres casi letales, así despojada, desnudada y violentada, la filosofía volvió a creer por un momento en un nuevo papel sintético capaz de devolverla a una casi platónica aurora. Desengañémonos. Ahora la filosofía sólo puede ser una actividad espeleológica. Porque sólo en los intersticios dejados por las ciencias soberanas, sólo en los socavones, profundos como simas, que se abren debajo de las autopistas del tecnouniverso encuentra hoy el alimento de su supervivencia. Filosofar ya no es una evidencia sino un reto.

Por Tauromaquia entenderemos el conjunto de las prácticas taurinas actualmente vigentes.  Es decir que hablaremos esencialmente de la llamada «corrida de muerte”,  pero sin descartar el variopinto conjunto de tradiciones y prácticas populares alrededor del toro bravo. ¿Puede ser la tauromaquia un objeto de la filosofía?  ¿Por qué no? ¿Puede ser la filosofía un instrumento para pensar la Tauromaquia? Aquí las cosas se complican. Nos bastará de paso recordar que si la filosofía encarnó siempre la pretensión universal de la cultura occidental, la tauromaquia tiene una dimensión profundamente local. Veremos que la Tauromaquia sólo es concebible para la mente en tanto que práctica excepcional, en tanto que fenómeno insólito. Es decir problemático. Si la filosofía internacional ignoró las corridas de toros, la filosofía española no le fue, en gran medida, a la zaga. El objeto aparecía particularmente incómodo. Como le pasó a Ortega y Gasset que tras afirmar en numerosas ocasiones la importancia de la tauromaquia en la historia española, tras proclamar su voluntad de dedicarle el texto fundamental que se merecía, dio finalmente lo que los aficionados llamamos familiarmente la «espantá».

Incontables fueron en la literatura taurina los títulos que recurrían a modo de salvoconducto o de traje de gala, a la palabra «filosofía». En la primera mitad del siglo XIX, Santos López Pelegrín, taurinamente apodado «Abenamar» publicó una Filosofía de lo toros; en los años 20 del pasado siglo, el ganadero Félix Moreno Ardanuy ofrecía su Filosofía taurina; diez años más tarde el escritor carlista Torralba de Damas añadía su Filosofía del toreo. Repetía título el crítico taurino  Giraldillo  en 1951. En 1961, el periodista radiofónico Rafael Campos de España se atrevía con una Historia crítica de la filosofía del toreo. Y los que nos dejamos en el tintero. Nada de lo que cuentan interesa nuestro objeto.

2. ¿CÓMO LIDIAR ESTE TORO?

La Tauromaquia podría ser un excelente objeto para la filosofía. Pero la filosofía no ha encontrado jamás ni la forma ni el lenguaje con que saber hablar significativamente de la tauromaquia. Los aficionados decimos de ciertos toros que son «inciertos», es decir que su comportamiento resulta impredecible, generalmente tirando a peligroso, con arreglo a los criterios generales de la etología comportamental del animal durante la lidia. Digamos que la Tauromaquia es un objeto fundamentalmente incierto. Una gema de particular brillo y dureza que ha roto sistemáticamente los dientes de quien intentara hincárselos. En realidad podríamos afirmar que sólo se empezó a reflexionar «seriamente» sobre toros a partir de la segunda mitad del siglo XX.  Salvado algún que otro francotirador, Leiris, Bergamín. Salvada la publicación, en 1943, del primer tomo de Los Toros. Tratado técnico e histórico bajo la dirección de José María de Cossío, el futuro y mítico «Cossío”.

 Veremos que intentar reflexionar seriamente sobre las Toros difícilmente se conseguirá, si no recurrimos en algún momento a las ciencias humanas. Entenderemos  que la filosofía es hoy tanto madre de las ciencias humanas como hija suya según los casos. Y entenderemos sobre todo que su actual carácter errático le sigue otorgando un estatuto libre e independiente. Por fin, no echaremos en saco roto la frase de Lévi Strauss: «Las “ciencias humanas” sólo son ciencias mediante una halagüeña impostura». Modernamente se ha intentado hablar de toros desde una perspectiva ética, estética, metafísica, ontológica, axiológica, simbólica, sociológica, etnológica, sicoanalítica, lúdica,...podríamos seguir. La primera tentativa en ese orden fue seguramente la de Michel Leiris con su insólito Espejo de tauromaquia publicado en 1938. Nada gratuito resultaba el hecho de que Leiris uniera en su persona el espíritu de los surrealistas y la voluntad etnológica. Desde entonces cabe contemplar seriamente la hipótesis de que las mejores reflexiones sobre la tauromaquia hayan ocupado siempre un espacio incierto entre el rigor y el delirio.

 Deberemos preguntarnos en algún momento  si puede hablarse en este caso de hecho social total según la definición que diera Marcel Mauss. Parece que el enfoque adquiere nitidez, que la tauromaquia se desvela con menor reticencia cuando el prisma es etnofilosófico. Lévi Strauss, de inicial formación filosófica, terminó concluyendo que ni la filosofía contestaba las preguntas que ella misma suscitaba, ni todas las preguntas necesarias cabían en la filosofía. En los mismos años en que Lévi Strauss lidiaba con las dudas que iban a determinar su itinerario intelectual, despuntaba en Alemania una corriente del conocimiento que, a su manera, reflejaba las mismas preocupaciones. Me refiero a la llamada «Antropología filosófica» alrededor de Arnold Gehlen y Helmut Plessner. Aquellos hombres trataban de integrar a la reflexión filosófica no solamente las aportaciones de la etnología sino también las de la biología, de la zoología, de la naciente etología, de la paleoantropología. Exponían un ser humano carencial y excentrado por definición. Le buscaban un suelo naturalista al peregrinaje óntico de Heidegger. Pero donde ellos privilegiaban un arquetipo humano etnocentrado en la propia cultura, llegando en algún caso, particularmente el de Gehlen, a coquetear con el nazismo, Lévi Strauss trató de intuirlo en la diversidad de las culturas: «Observar las diferencias para descubrir las propiedades». A esta filiación añadiremos el nombre de Philippe Descola, heredero directo y prestigioso de Lévi Strauss, cuya voluntad de pensar Más allá de naturaleza y cultura contribuye a arrancar la tauromaquia de las garras de retóricos y lacrimosos. 

 Hoy la tauromaquia atraviesa una situación de absoluta emergencia. Padece un acoso despiadado por parte de poderosos grupos de opinión . Si los activistas antitaurinos siguen siendo minoritarios, la mayoría de la sociedad oscila entre la indiferencia y la hostilidad. No nos hagamos ilusiones,  «es la lucha final» y los aficionados a los toros se encuentran minoritarios y solitarios frente a una configuración ideológica de alcance mundial definitivamente instalada en el corazón de las mentes posmodernas. Dicho de otra manera, cualquier reflexión sobre los Toros se ha convertido en una actividad bélica, en una experiencia de la trinchera. Cualquier aproximación distanciada a la tauromaquia aparece irrisoria, impracticable, por no decir aporética. El problema es que razonar en situación de emergencia no es bueno ni para la calidad del pensamiento ni para la lucidez del pensador.

La gran etnóloga británica Mary Douglas, escaldada por los hábitos mentales heredados del estructuralismo, desconfiaba profundamente de todo pensamiento binario y de «aquellos que declaran que existen dos clases de gente o dos clases de realidades o de procesos». Vemos hoy que los sistemas binarios son esenciales en las ciencias de la computación y muestran asimismo su importancia, en ramas esenciales del saber, desde la biología evolutiva hasta los avances de las neurociencias. La tauromaquia sólo constituye uno de los términos de un binomio. El otro es su antítesis negativa, la expresión de los constantes enemigos que la acompañaron con histórica fidelidad. Creo así que toda tentativa de aproximación filosófica a la tauromaquia exige hoy verse completada por un conocimiento mínimo de las fuentes y fundamentos del actual pensamiento filoanimalista. De lo contrario, sencillamente no nos enteraremos del objeto de nuestra reflexión. Al final nos encontraremos con que la reflexión sobre la tauromaquia y sus prácticas, de periférica en los reinos de la filosofía está en vías de convertirse en el envite de las preguntas más centrales y actuales sobre la identidad y la continuidad de la especificidad humana.

3. ENTRE METAFÍSICA E INVENTARIO

2009 veía la tardía publicación de Metafísica taurina, un sorprendente libro de Cecilio Muñoz Fillol. Iniciada en fecha muy anterior y concluida en 1950, la obra no se editaría. El autor era un curioso sabio enciclopédico, un humanista digno del Quattrocento, resurgido en el pueblo de Valdepeñas (Ciudad Real) donde naciera en 1909 y falleciera en 1979. Licenciado en veterinaria y luego en filosofía y letras simultaneó el ejercicio de su profesión inicial con la docencia, dejando aparentemente un hondo recuerdo entre su alumnado. Hombre activo e incansable, encontró tiempo para escribir 30 obras de teatro, 11 novelas y 30 ensayos. Abnegado y desinteresado, fue el primero en despreocuparse del destino editorial de muchas de sus obras.

La Metafísica taurina de Cecilio Muñoz Fillol es un objeto de literatura taurina altamente inusitado y significativo. Digamos que anticipa y de algún modo sintetiza, todo el repertorio temático que a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y hasta nuestros días irán abordando los posteriores estudiosos de la tauromaquia. Lo evoqué hace un rato: mitología, simbología, psicología, estética, ecología, etología y para liar la salsa una buena dosis de metafísica en el sentido más convencional y menos universitario de la peligrosa categoría. Los años de redacción, los de una dura y provinciana posguerra civil, marcan indudablemente el sino de la obra. Cecilio Muñóz Fillol tampoco era un especialista de las plurales ramas del saber con que se atrevía y las imprescindibles fuentes de documentación bibliográfica no abundarían en la Valdepeñas de los años cuarenta. La obra resulta hoy un extraño y fascinante objeto arqueológico. Bastantes páginas conservan cierto interés. Pero domina la sensación de obsolescencia y a veces se impone cierto desasosiego ideológico: «La crueldad, es innata en el hombre y no ha podido contra ella nada la civilización [...] en todo hombre palpita un coeficiente de crueldad de carácter atávico más o menos pujante, más o menos dormido, más o menos latente, porque es la herencia de Caín, el superviviente del primer crimen». O también: «Lo más turbio de las almas turbias y lo más turbio de las almas limpias, que en éstas duerme en la infraconsciencia sin emerger jamás, brota en la fiesta de los toros como descarga que exonera la infectada maraña de la humana maldad. Y queda el alma purgada, de momento, de malos instintos [...]». Estilo y construcción dan idea de la tonalidad general de la obra. Reciente la tragedia del caínismo nacional, tenía Don Cecilio sobradas razones para dar rienda suelta a una retórica pesimista. En cuanto al supuesto aspecto catártico de las fiestas de toros dio mucho juego en los años posteriores, con menos ingenuidad y más pedantería. Cecilio Muñoz fue realmente un pionero. 

Parece que conocía varias obras de Ortega y Gasset y se infiere que tenía un conocimiento más o menos rudimentario de Freud y de Nietszche. No sé si fueron tales fuentes las que le sugirieron atreverse a una muy peculiar teoría sobre la existencia en la humanidad de un universal «sentido taurino» predeterminado por un supuesto «instinto taurino», sobre cuyas modalidades y factores de transmisión glosa abundantemente frente a nuestra dubitativa perplejidad. «Excéntrico» en el sentido más etimológico, y ello por su carácter absolutamente etnocéntrico, es adjetivo que le  conviene como anillo al dedo al libro de Cecilio Muñoz Fillol aunque sólo fuese por la manera tardía y periférica en que ha llegado a nuestras manos. Cabe pensar que el erudito manchego tuviese en mente, cuando se lanzó a la redacción de Metafísica taurina, la reciente publicación, en 1943 y 1947 de los tomos uno y dos de la gran obra impulsada por José María de Cossío. Con Metafísica taurina Cecilio Muñoz Fillol asumió la misión de añadir al seco Tratado técnico e histórico su propio tratado dictado desde la desbordante subjetividad.

En el origen del enciclopédico proyecto pilotado por Cossío estuvo Ortega y Gasset. Por primera vez, los toros se convertían en objeto de reflexión, de totalización y de recapitulación. Tal proyecto habría sido impensable si no hubiese habitado el espíritu de sus iniciadores el sentimiento de una decadencia. Cuesta hablar de decadencia en un período inmediatamente posterior a la llamada «edad de oro» del toreo, la que viese el acmé de los legendarios José Gómez Ortega, «Joselito» (1895-1920) y Juan Belmonte (1892-1962) y las plazas llenas como en pocos momentos históricos. Pero el Ortega posterior a La rebelión de las masas, coherente con el propio pensamiento, «bajo la introspectiva posición de afrontar lo taurino, había creído reconocer tras un momento climático en el duelo entre Belmonte y Joselito, un momento de madurez que si no podía sostenerse llevaría a la Fiesta a un estadio de éxodo y putrefacción» [Nota 1].

Nota 1. GONZÁLEZ ALCÁZAR, Felipe: Paquiro o de las corridas de toros. Ortega y la tauromaquia. Revista de Estudios Orteguianos N.º 16/17 2008

Bonifacio Alfonso