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miércoles, 16 de septiembre de 2009

LOS ESPAÑOLES PINTADOS POR SÍ MISMOS

Pedro Castro, cabeza de la Federación Española de Municipios,
que llamó tontosloscojones a quienes no le votan



EL ALCALDE DE MONTERILLA

Por Fermín Caballero
Madrid, 1843



Allá en tiempo de antaños, cuando el señorón de más alcurnia se honraba con los títulos de regidor perpetuo y de alguacil mayor, cuando todo viviente en los dominios de España e Indias nombraba al monarca el Rey nuestro señor, y cuantos lo escuchaban decían, descubriéndose la cabeza: Dios le guarde, si comía o bebía; o en gloria está, si yacía en el panteón del Escorial: cuando la familia alcaldesca era tan numerosa que se conocían

Alcalde de Hijosdalgo,

Alcalde de Casa, Corte y Rastro,

Alcalde del Crimen,

Alcalde de Obras y Bosques,

Alcalde de Alzadas,

Alcalde de Sacas,

Alcalde entregador de la Mesta,

Alcalde Mayor,

Alcalde Ordinario,

Alcalde Pedánico,

Alcalde de la Hermandad,

Alcalde de Cofradía,

y hasta Alcalde de Tresillo, entonces sin duda les vino en voluntad a los chuzones literatos o a los rufianes palaciegos de aumentar el catálogo con la denominación de Alcalde de Monterilla [...]

Entiéndese en esta España de conejos y gazapos por Alcalde de Monterilla un Alcalde zote, sin carrera literaria, que necesita asesor para actuar en negocios graves, que obra a tontas y locas cuando le guía su instinto zopenco, o que cede a las inspiraciones de un Mentor petulante y enredador; un alcalde labriego más o menos burdo. Y como esta rudeza se ha creído propia de los Alcaldes campesinos de chupa y garrote, que ordinariamente usaban montera, se dio el apodo de Alcalde de Monterilla al que hace alcaldadas de patán, aunque tenga más sombreros que las fábricas de Leza, y más condecoraciones que un vía crucis. Y nota bien que no dijeron Alcalde Montera, sino diminutivando de Monterilla, modo despreciativo, usual de los cortesanos orgullosos, siempre que han de tratar de las cosas y de las personas, de los lugareños paganos, antes plebe, y ahora masa inerte de la sociedad[...]

Deducirás de aquí, lector benévolo, que hoy puede caer bajo el dictado de Alcalde de Monterilla todo mandarín simple o atestuzado, ora le cubra un pavero, un tres-candiles, o un copudo sombrero, ora vista el último figurín de París. Tan variados y multiformes son en nuestros días los Alcaldes de Monterilla como los rateros de corte y los esbirros de policía[...]

[...] concluiré dando por vía de epílogo algunas reglas para conocer las pertenencias de sus mercedes.

Si veis a una lugareña oronda de vanidad que grita a otra vecina: "¡Tú pagarás la desvergüenza!" Tened por seguro que es la alcaldesa la que habla.

El joven labriego a quien llaman de Vd. los ancianos de su misma clase, o es Alcalde en la actualidad, o lo ha sido en años precedentes.

Cuando entre los niños que juegan en la plaza oigáis a uno que exclama ofendido: "¡Mira que lo he de decir a mi padre!" Aquél es hijo del Alcalde.

La zagala, que apesar [sic] de su desgraciada figura sale la primera a bailar, y recive [sic] el primer mayo de los mozalbetes [sic] cuéntala por hija de su merced.

Ves aquel gañán, que con imperio exige de otro labrador que le haga lado para pasar con la yunta sin detenerse: criado del Alcalde sin falta.

Aquel forastero viajante, que cerca del pueblo y a la vista del guarda entra con desenfado a coger uvas de las viñas, es huésped del Alcalde y lobo de su camada.

Si ves un cerdo andar suelto por do quiere, que en todos los portales entra sin recelo, y que tiene una gordura extraordinaria, cree a pies juntillos que es el cochino de San Antón, o el marrano del Alcalde.