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lunes, 3 de febrero de 2020

En la muerte de George Steiner


–El jazz parece muy próximo a la música clásica. Yo estaba en la Universidad de Chicago en los años en que Dizzy Gillespie hacía su debut en Beehive, en los que Charlie Parker se convertía en leyenda. Pero el rock me parece estar del otro lado de la humanidad: está hecho para ensordecer, para humillar. Es totalmente sádico

 
Su profesor predilecto fue Donald McKinnon (inspiró a Tom Stoppard la figura del metafísico en “Jumpers”), un kantiano que vivía el periódico hasta la última letra. Un día leyó en “Le Monde” lo del general francés Massu haciéndose torturar en Argel con un cable en el sexo para, al cabo de tres horas, declarar: “Las quejas de las víctimas son exageradas”. McKinnon tiró el periódico, entró con toga en una sala abarrotada para hablar de Kant y la ética y explicó que, ante un suelto así, no podía seguir enseñando Kant y la ética.

    Cuando veía a un colega al otro lado de la calle, MacKinnon lo emplazaba cordialmente a asistir a una cena esa noche. “¡Pero Donald, si la cena es en mi honor!” A lo que Donald respondía: “No importa, ven de todos modos”.

Su cólera, dice Steiner, era legendaria.

    Mientras daba clases en Cambridge, MacKinnon se clavó una cuchilla de afeitar en la palma de la mano, en una especie de rito de concentración (o en alusión a la lógica de Ockham).

    Y la gran revelación steineriana:

    –En su calidad de investigador adjunto en Balliol College (Oxford), MacKinnon se metía debajo de la mesa para morderles en las espinillas a los hombres insufriblemente aburridos que tenía sentados frente a él.