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miércoles, 14 de agosto de 2019

El ismo nacional

ABC, 8 de Marzo de 2000

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

El nacionalismo enriquece el costumbrismo, pero envilece la convivencia. La gente puede suponer que el nacionalismo es un ismo que ha debido de existir siempre, pero, en realidad, ni se originó como ismo, es decir, como idea, ni existió antes del Renacimiento. Según el esquema clásico, una nacionalidad es un  grupo deseoso de hacerse con el control de la conducta de sus miembros; si la nacionalidad obtiene el poder de respaldar sus aspiraciones, se hace nación; y si la nación consigue la sobranía, es un Estado. El Estado nacional no destrozó la unidad de civilización romana con las ideas, sino con la pólvora, aunque Arzalluz dice ahora que una nación se hace con la raza y el lenguaje.

Al margen  de lo del lenguaje, que como base de la nacionalidad fue un descubrimiento nada menos  que jacobino, al hablar de nacionalismo hablamos de  creencias, no de.ideas.Y como buen «modisto de la fílosofia», como lo llamó VasconcelosOrtega distinguía dos dominios: el de las ideas y el de las creencias. Las creencias están en la raíz del alma, y cambian mucho menos que las ideas. De hecho, no cambian, y por eso ha podido decirse que lo que define a una comunidad es su creencia en  algo falso. Bien mirado, cualquiera puede creer en algo verdadero, pero hay que ser nacionalista  para creer en un mito nacional. Descifrar  el mito nacional tampoco aclara nada, ya que, como demostró Lévi-Strauss, todo desciframiento de un mito es otro mito.

El mito nacional vive de la creencia en la excelencia superior de un grupo cuyo miembros han de someter su inteligencia a  las «boutades» que pronunciaron en el pasado unos hombres mayormente  ignorantes, llámense Sabino Arana o Pompeyo Gener. La nación viene a convertirse así en un club exclusivo basado en el sentimiento, ya que la razón no puede determinar la calidad de miembro de club exclusivo. Allá ellos, si no fuera porque las falsas creencias, para asentarse, precisan del fanatismo, y el fanatismo suele ser  incompatible con la democracia.

 La palabra «democracia» tiene  hoy tantas definiciones como sentimientos favorables asociados a  ella,  pero, a la hora de la verdad, significa lo que decidimos que signifique. En una palabra, la  democracia es una declaración de principios. «Estos son  mis  principios —dijo Groucho en un rapto de posmodernidad—.  Si  no le gustan, tengo otros.» Un demócrata es, pues, un hombre que cambia  de opinión, de lo que se deduce que puede haber tantos demócratas como hombres. Pero un  nacionalista es un hombre que cree, y sólo hay dos modelos de creyente: el religioso y el nacionalista. No en vano Bernard Shaw hizo que los católicos quemaran a su santa Juana por protestante, y los ingleses, por nacionalista.

Convencionalmente, los creyentes nacionalistas suelen dividirse en moderados y radicales. Los  radicales son quienes, por su afición a perseguir a los desarraigados, menean el nogal, en tanto que  los moderados se limitan a recoger las nueces de la nacionalidad. Se dirá  que, en el  fondo, es más  el  ruido que las nueces, pero el ruido siempre da miedo.

Miedo, por ejemplo, a que algunos radicales, viéndose en minoría, abatan a tiros a un número suficiente de desarraigados para convertirse en  mayoría.Y la única manera de superar el terror es practicar el valor. A este  propósito, la tradición árabe proporciona un cuento verdaderamente  edificante. El de un rey que, al saber que la Peste se avecinaba a su pueblo, montó su  caballo y fue a  la gran puerta de la muralla para impedir que entrara a hacer estragos. Ella le dijo que Dios la  había  enviado para  llevarse cuatro mil almas. El  rey condescendió con una condición: «Está bien. Pero sólo cuatro mil. De haber más muertos, te mato.» Desde una torre el rey iba contando los cadáveres, que rebasaban por miles la cifra convenida.Y esperó a la Peste en la puerta de la ciudad, donde,  furioso, le reprochó haber matado a cuarenta mil personas. A punto de ser decapitada, la Peste aclaró: «Yo sólo me he llevado a cuatro mil de acuerdo con mi promesa; a los demás, los mató el  Miedo».



 Los católicos la quemaron por protestante,
 y los ingleses, por nacionalista


La palabra «democracia» tiene  hoy
 tantas definiciones como sentimientos favorables
 asociados a  ella,  pero, a la hora de la verdad,
 significa lo que decidimos que signifique