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lunes, 8 de julio de 2019

Vox y Paquita Salas



Hughes
Abc
  
El sábado coincidían dos discursos poderosos.

Ciudadanos representaba el centrismo. Aun sin la facción afrancesada, replegada estratégicamente en sus torres montaignianas, ocupan el rol de defensores de lo “demoliberal”. Esta corriente utiliza las categorías políticas y sociales con una alegría que asusta un poco. El resumen es Arrimadas gritándole “fascista” a todo el mundo. Es el ejemplo, la espuma de su visión del mundo. Arrimadas es como la reducción esférica de esa gran tradición de chefs ideológicos. Se apropian de la España liberal que sólo puede ser la Ciudadana, o de Europa, cuya idea fagocitan convirtiéndola en un esquema de colocaciones y burocracia. Si les dejas, se apoderan de la paz. Todo lo que no sea ser ellos es querer los años 30, y por tanto guerras y conflictos. Ellos son el consenso que sostiene la paz y son el progreso ilustrado y racional. Son el Espíritu europeo caminando. Ellos (no sólo Ciudadanos) funcionan sobre todo con la etiqueta liberal, que utilizan a veces como un salvoconducto y a veces como un instrumento adhesivo. Por ejemplo, si son progresistas lo son liberales. Progresista liberal.
Si son feministas, feministas liberales. Si son de derechas, la derecha liberal. Si yo fuera uno de ellos me definiría como “un plumilla liberal”, lo que por arte de birlibirloque me convertiría en un plumilla docto, mesurado, razonable, cosmopolita, convertible en ciencia periodística, cuantificable y mensurable, homologable y, sobre todo, bienintencionado.

Por otro lado, el sábado comparecía también, y sobre todo, la izquierda hegemónica en España. Glosar siquiera en cuántos aspectos se manifiesta esa hegemonía llevaría horas. Bastará un ejemplo. La izquierda actual española camina sobre dos silogismos: si no estás con la causa LGTBI eres homófobo y si no estás con la LIVG quieres desproteger a la mujer para que la maten a gusto.
¿Se puede ser en España una buena persona sin llevar la bandera LGTBI? Pronto oiremos que el PSOE inventó el divorcio, la seguridad social y también el amor. El centroprogresistaliberalilustrado (más que centrismo es Todismo) había estado haciendo varias cosas antes de este encuentro. Preparándolo. Una a corto, otra a media y otra a largo, por entendernos (los plumillas liberales somos muy ordenados). Una muy reciente eran los aspavientos por la bandera española en el Ayuntamiento. La bandera lgbti puede colgarse, la otra no. Hacían aspavientos de anciana escandalizada con una, como si toxificara el espacio público, pero con la otra podían forrar hasta el último edificio público como en un celofán mágico, dándole a todo lo urbano, a todo Madrid, el aspecto de un unicornio maravilloso. ¡Ah, Madrid bonito!

Otra cosa que habían estado haciendo, en el medio plazo de los últimos meses, era propiciar el momento. Ese preciso momento. Los mismos que el sábado se escandalizaban por la airada protesta de los miembros lgtbi estuvieron meses llevando a Vox a la cuestión gay. Exactamente a ésa. “¿Y de esto qué piensa Vox?” Antes lo había hecho Maroto con el PP (hasta que necesitó pactar con ellos). Esperaban con una sonrisa el momento en que Monasterio se tuviera que enfrentar (simbólicamente) a Los Javis. Diría alguna cosa intraducible, algo carca, algo que sería motivo definitivo de escándalo. Tampoco le iban a dar diez minutos para debatirlo en la tele. Harían lo contrario: difundir el cliché. Ellos, en definitiva, ponían la lupa sobre la región gay dentro del mapa vox. Conocían a José María Marco, candidato abiertamente gay, lúcidamente gay. Pero les daba igual. El chollo iba a ser enfrentar por fin a los meapilas de Vox con la cuestión arcoiris, el blanco y negro con el multicolor. ¿No sospechaban que ese cordón al que contribuían como a una gran trenza comunitaria les iba a afectar después? Nadie establece la categoría “fascista” tan burdamente para aplicarla luego con extremo cuidado. Aquí funciona el contagio, se teme el contagio. Si saludas al fascista, eres fascista. Si te ves a escondidas con él, lo eres un poco también. ¡El Colectivo LGTBI sólo estaba pidiendo más profilaxis!

En el largo plazo, nuestros demoliberalesprogrederechistas han alertado, como guardianes de lo demoliberal, del peligro de personas como Trump. Llaman a esta amenaza lo “iliberal”. Ellos sostienen el edificio cultural y político desde los griegos y lo defienden de los bárbaros machistas reaccionarios. No es caricatura. Es lo que dicen. Trump y los “deplorables” son los que libran, mientras tanto, las “guerras culturales”, en las que ellos entran y salen según conveniencia. No queremos ser Leticia Dolera, por supuesto, somos “tres chic” para eso, pero dejamos solo al incómodo juez andaluz cuando toca enfrentarse a la LIVG. Ellos son liberales pero apelan a los “colectivos” con la misma fuerza y constancia que al Estado. El sábado, bajo la canícula del nuevamente atroz verano municipal madrileño, estos dos discursos se encontraron, con el resultado que conocemos. Los LGTBI dejaron claro de quién es la bandera y que el suyo es un local ya sin cuarto oscuro, pero con derecho de admisión. ¿Se les puede culpar del todo?

Estos amigos nuestros centristas son de una voracidad tal que como les dejen les quitan hasta Stonewall. Son gentrificadores intelectuales, expertos en apropiación cultural, y no te pasas la vida sufriendo miradas, aguantando que te llamen mariconazo, sobreponiéndote a tu lugar residual o cómico en la sociedad y teorizando sobre la visibilización o la normalización de tu modo de ser para que luego venga un oportunista, le ponga la etiqueta “liberal” a lo tuyo y se lo quede. Por otro lado, ¿cómo reaccionar si todos los medios, todos los partidos (Ciudadanos incluido) y hasta tu ministro te dicen que te van a quitar los derechos? ¿No gritaríamos todos al menos un poco? Vox nunca dijo tal cosa, pero tampoco fue, a mi juicio, todo lo convincente que debía con este asunto. No fue convincente de un modo apasionado, persuasivo, definitivo. No le dio a este asunto la importancia que tiene, que trasciende lo gay. ¿Se puede avanzar mucho en España sin penetrar un poco en la cosmovisión “Javi” del mundo? Lo gayfriendly es el código de entrada, la contraseña a un entero mundo cultural y corporativo. Es el captcha que reconoce lo “humano”. ¿Pronunció Vox la contraseña con la fuerza suficiente? ¿Quiere Vox que le vote Paquita Salas? ¿Persuadió a Paquita?

Los dos discursos, centro e izquierda, aman el factcheking, así que de un lado o de otro deberían acreditar qué es eso de que un partido sea “homófobo” o de que lo sean casi tres millones de personas. ¿Qué evidencias fácticas hay de ello? ¿Puede Monasterio quitar derechos que ampara la constitución?

Algo ha cambiado en el “colectivo”, se aprecia una confirmación del activismo. En Estados Unidos los Antifa agredieron a un periodista gay por ser conservador y no hubo gran respuesta lgtbi. No parece lo mismo ser homosexual que lgtbi. Mientras, en el otro lado, se repite la imagen de miembros de Ciudadanos saliendo entre insultos de los sitios. El centroliberal ha venido advirtiendo del peligro de lo iliberal por la derecha, pero una y otra vez los problemas le llegan de otra parte. ¿No son capaces de verlo en los muchos think tank? El riesgo más evidente que tiene el liberalismo puede estar ya dentro y lo introduce el centrismo a través de su aceptación dócil de las políticas de identidad. Es por ahí por donde lo “liberal” puede dejar de serlo para ser otra cosa. Las sucesivas reformas en busca del loft soñado van desnudando las vigas maestras. La imagen de Arrimadas llamando fascista a gente que la abuchea es como un tributo que lo demoliberal paga a lo progresista.