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miércoles, 31 de julio de 2019

El baile

ABC, 26 de Enero de 2000


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

La prohibición de bailar los domingos en Gran Bretaña tiene los días contados... Por primera vez en  más de dos siglos, las salas de baile podrán cobrar legalmente la entrada a sus locales el último día  de la semana y servir alcohol hasta el mediodía del lunes. Adiós a lo que De Quincey llamaba «rigurosa y pedantesca superstición judaica respecto de los límites exactos del domingo». Lo dice el «Times»,y, si lo dice el «Times», no es que los ingleses vayan a ir a misa; es que van a ir al baile. Un tal Mike O'Brien, que tiene nombre de gerente de whiskería, pero que es portavoz del ministerio del Interior, ha declarado que a él le parece bien, si los ingleses desean un poco de «fiebre de domingo noche», pero éstas no son expresiones, por populares y liberales, de funcionario de Interior, y con ellas no ha hecho sino echarse encima a toda la gente bien. Lástima que Julio Camba, el español de inteligencia inglesa que tan bien retrató el carácter inglés del baile y el domingo ingleses, ya no esté aquí para verlo ni, lo que es peor, para contarlo.

El  domingo inglés fue un invento puritano, cuyos ideólogos, tras llegar a la extraña conclusión de que sus posibilidades en el otro mundo eran inversamente proporcionales a su disfrute de placer en la tierra, decidieron cargarse el viejo carácter inglés, inclinado a hacer de cada día de asueto una fiesta  popular. Es verdad que en tiempos de Camba ya se decía que el domingo inglés había mejorado  mucho, aunque dada la gravedad todo el mundo se conformaba con enarcar una ceja que podía interpretarse como que sí o como que no tanto. Todo el mundo, menos Camba, para  quien  lo más  inglés de Inglaterra había de ser siempre el domingo inglés. «Lo más  inglés y lo más lúgubre, y lo más estirado y lo más bíblico». Visión del domingo inglés desde una  casa de huéspedes  inglesa, con tin tan ten, ton tin tan, ten ton tin, tan ten ton de campanas que le daban la idea de un cielo inglés, un cielo muy tranquilo, muy silencioso, donde todo está muy ordenado y donde los bienaventurados se pasean llevando siempre la derecha. «La  campanas siguen tocando. Entra una muchacha con unas tazas en una bandeja. Si esta muchacha tuviese algo de imaginación, dejaría caer la  bandeja y nos  divertiríamos todos un poco.» Es lo que en tal caso hubiera hecho la mismísima Emily Dickinson, poetisa soltera y célibe, aunque lo bastante romántica como para esperar que la vida sin amor se vería recompensada en el cielo, pero que se negaba a creer en un cielo en el que «es siempre domingo». Domingo inglés, naturalmente, que es esa clase de domingo en que hasta pecar resulta aburrido.

El domingo inglés venía a representar, en fin, el más glorioso logro de nuestra civilización en  materia  de orden y de aburrimiento, un ideal, por cierto, que con el nombre de centrismo pretenden hacer suyo ahora nuestro  políticos, en  cuyos  discursos las frases hechas juegan el mismo papel que las campanas  inglesas en la casa de huéspedes. Después de todo, el nuestro es un país más de ecos que de sonidos, lo cual que sólo sabemos cultivar y alimentar un estado de ánimo con el riego de  algún motivo acústico, y como aquel personaje de Proust cuyo amor iba siempre suspendido en una  «frase» de Vinteuil, así ese español de hoy cuyo centrismo va siempre suspendido en una  «frase»  de Blair. Vamos, que aquí, cuando no se nos van las ideas, se nos van los pies.

 El propio Camba  sostenía que en el mundo hay dos razas de baile: inglesa  y española. Metódica, precisa y exacta, la primera. Sensual, desordenada y trágica, la segunda. Y anotaba: «Viendo bailar en España y en Inglaterra se comprenden perfectamente las dificultades gubernamentales del primer país y la buena marcha del segundo, y si los sociólogos no ven la parte trascendental del baile  es porque concentran  toda su actuación en las piernas de las bai-larinas.» Mas la globalización  ha  puesto las cosas del revés. Y si a los ingleses les quitan el domingo inglés con un poco de baile español y si a los españoles les quitan las dos Españas con un poco de centrismo  inglés, ¿cuántos  vicios y cuántos  whiskies van  a hacer  falta  para  salvarse?


 Y como aquel personaje de Proust
 cuyo amor iba siempre suspendido
 en una  «frase» de Vinteuil,
 así ese español de hoy cuyo centrismo
 va siempre suspendido
 en una  «frase»  de Blair