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jueves, 25 de octubre de 2018

Tercera jornada de Champions

 Parchís artesanal anterior a 1997,
 año que el Dortmund ganó la Chmapions

Riedle
Dos goles a la Juventus en la final del 97

Francisco Javier Gómez Izquierdo

        ¿Qué nos deja la tercera jornada de Champions? A uno, que todo lo ve con ojos de aficionado y no desde la altura de miras del periodismo especializado o el excluyente conocimiento de los profesionales del “furbo”, le parece que esta temporada los de siempre van a padecer más que de costumbre.
       
Los de siempre son cuatro como en un parchís; el Bayern, la Juventus y los dos nuestros a los que habría que sumar, en teoría y conforme a plantilla, el PSG, Liverpool, los manchesteres y quizás el Dortmund más nuestro Atleti. A  mi parecer, ninguno de los cuatro transmite solvencia. Ni siquiera el Barça, al que le van a sobrar la mitad de los partidos para clasificarse para octavos, pero mientras a Messi y sus amigos se les supone victorias más juego por encima del notable, en el Borussia de Dortmund, la exquisita novedad este año, basta el venenoso guirigay como de avispas asesinas picoteando al descuido y no las zarandajas de posesión, buen trato al balón y la habitual corrección balompédica hispana, para amenazar la palestra de los elegidos.
      
Me gustó el Borussia, y más allá de sus elementos intimidatorios -el Iduna Park y ese color de variedad himenóptera venida de la China- el entrenador Lucien Favre cuenta con futbolistas jóvenes y hambrientos de gloria como el castillista Aschraf; Guerreiro, otro lateral rápido y joven o el sorprendente Jadon Sancho, al que con sólo 18 años lo hemos visto mucho. Al parecer es escudero generoso de Paquito Alcácer, un delantero centro al que no se le detectan excesivas habilidades pero con el que los entrenadores pragmáticos no tienen dudas. Juega porque mete goles. Ayer, ante el Atleti, ni siquiera fue necesario.
     
La tercera jornada nos deja la feliz amenaza del Borussia, el firme caminar de Barça y Juventus, la rehabilitación de un Bayern que daba sensación de enfermizo, las preocupantes dificultades de City y United y sobre todo el emocionante grupo C, donde el PSG, con todo el glamour que se quiera por vivir en París, no sabe ponerse el frac que se estila en las grandes ocasiones. De medio cuerpo hacia arriba le sienta mejor que aceptable, podría pasar por elegante, pero ¡ay! de cintura para abajo el pantalón queda por encima de los tobillos y no parece comprender que ni zapatillas ni zapatos de lunares son apropiados para presentarse en sociedad. El Liverpool ya es más de fiar y el Nápoles se le ha subido a las barbas. Para mí, que si se hubiera tenido paciencia con Matuidi y Émery otro gallo cantaría, pero ya saben, soy un simple aficionado.
      
Queda el Madrid. Supongo que su actual estado -físico, táctico y sobre todo anímico-, será pasajero pero ante el Viktoria Pilsen al Bernabéu se le bajó la moral a los túneles del metro, donde parece anidar la del entrenador Lopetegui. ¡Con lo tranquilo que vivía este hombre de seleccionador y el espléndido futuro que le esperaba en la FEF! ¡Qué manera de complicarse la vida! A la hora de buscar responsabilidades, que no culpas, por ser estas cosas de cristianos, además de los aires solventes de casi todos los defensas, la dejadez y abulia de los medios y el poco acierto de los delanteros, ante el Viktoria el señor Lopetegui erró gravemente en su planteamiento. El desaguisado en el lateral derecho fue tan evidente que hasta los espectadores prebenjamines detectaron que allí se precisaba un remedio. El míster no corrigió la posición de Lucas Vázquez, no defendió el único portillo que le hizo el rival -mejor él mismo- y semejante desvarío estuvo a punto de ser su sepultura. Insisto en que lo normal es que la gripe sea pasajera, pero me consta que su cotización en las casa de apuestas ha bajado varios tantos por ciento. De todos modos, lo habitual todos estos años de Copas de Europa blancas.