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viernes, 22 de diciembre de 2017

Suertes



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

La voluptuosidad de la suerte no distingue entre suerte buena y mala suerte, pero la mala tiene mejor literatura.

Que, habiendo comprado número, no nos toque la lotería es una tragedia, y la tragedia, según Ruano, requiere un ambiente trágico, una ridícula lucha de los últimos y débiles elementos de la felicidad contra la desgracia que llega.

Si de un salto se coloca uno más allá de la desgracia y se echa a dormir, la desgracia no suele clavarnos el diente.
“El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas, / es ojo porque te ve”, enseña el primero de los “Proverbios y cantares” machadianos. Pero Ruano insiste en que lo de cerrar los ojos para que no nos vean no es ninguna tontería: posiblemente no nos puede ver sino aquel a quien vemos.
Un amigo suyo, Grande de España, recibió una Navidad la visita de un anciano de aspecto distinguido que le saludó y, sin dar su nombre, le soltó un discurso: “Caballero: los nobles debemos ayudarnos, estar unidos, tener un sentimiento de solidaridad. Si yo tengo un problema no debo pedirle ayuda a cualquiera, sino a uno de mi clase. Caballero: tengo una deuda de honor. Necesito dinero. Recurro a un ser que es igual que yo. Permítame, señor, que me presente: soy el duque de Tal”.
El Grande de España quedó estupefacto: el título que acababa de oír era el de su hermano. Y se lo dijo tímidamente. Entonces el distinguido visitante se cuadró, recurrió a su mejor sonrisa y, con ademán de mutis, contestó:

¡Mala suerte se llama esa figura, señor! Este año no hago nada más que equivocarme.
¿Nadie oye los esfuerzos de las bolitas para ganarse, como los diputados de lista, las simpatías del azar?

La democracia surge cuando los pobres, lograda la victoria, ejecutan a una parte de los adversarios, destierran a otra parte, pero con los demás comparten en plena igualdad la administración del Estado y de los campos y dejan que la suerte determine la autoridad de entre la parte predominante.

Palabra de Platón (“Politeia”).