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viernes, 15 de diciembre de 2017

Escritor cubano Orlando Luis Pardo aclara que su próxima novela no es anti-Trump



Luis Felipe Rojas

A partir de un error tipográfico en un twitter del presidente Donald Trump, el escritor cubano Orlando Luis Pardo Lazo (OLPL) ha hilvanado las historias de su nueva novela, Que la patria os covfefe orgullosa, que Editorial Hypermedia alista para inicios de 2018.

En conversación con Martí Noticias, Pardo Lazo, que decidió quedarse en Estados Unidos en 2013 y ahora cursa un doctorado en Literatura Comparada en la Universidad Washington en Saint Louis, Missouri, reveló que se trata de una continuación de su primer libro Del clarín escuchad el silencio.

Ácido, cínico e irreverente, ¿no está Pardo Lazo de algún modo rindiendo culto a Guillermo Cabrera Infante y Reinaldo Arenas?

Es homenaje, sí. Yo he escrito incluso criticando al Maestro (Cabrera Infante), pero que nadie  tome a mal porque para mí es un homenaje tremendo a la escritura de ese hombre que estuvo treinta años fuera de Cuba y jamás escribió un solo párrafo que no fuera cubano.

¿Es una lectura anti-Trump?

No, para nada. Desafortunadamente Estados Unidos está viviendo un momento de mucha radicalización política. Yo he sufrido agresiones en la universidad, precisamente por lo contrario: me han acusado de ser un fanático de Trump por lo que comparto en mis redes sociales, en mi Internet, en mi Facebook…

"En las universidades de Estados Unidos, hoy por hoy, la libertad de expresión está bastante comprometida, bastante en peligro y prácticamente cualquier criterio que se asuma de derecha, o en el caso de nosotros los cubanos anticastristas, pro-democráticos, pues de alguna manera nos aíslan en las universidades por el hecho de no tener un pensamiento socialista", explica OLPL.

Con sólo cuatro años aquí, ¿no estarías haciendo solo una postal turística al describir algo como el exilio?

Lo hago con mucho respeto. Mi libro y mi voz reduccionista, delirante, no es más que mi visión. Todas las otras visiones del exilio histórico, de los exilios de los ’80 y ’90, tienen la misma validez y el mismo valor. Mi visión es más deconstructiva, más caníbal; yo soy el último que llegó y lo hago pateando la lata y haciendo ruido, pero eso no niega mi conocimiento de todo, toda la memoria histórica y lo que se hizo fuera de Cuba para ayudar a la causa de la libertad y lo que se hizo incluso para ayudar a cada ola de exiliados, incluido yo mismo.

A continuación reproducimos un primer capítulo de su nueva obra,
 cedido por la editorial Hypermedia


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Les digo que en menos de un año los Estados Unidos eran otros. Lucían feos y subdesarrollados.

Los vagones de los metros eran una cochinada. Las escaleras olían a orine. Había grafitis comunistas por todas partes. Y, peor, unos murales hechos por minusválidos o algo así, casi siempre con palomas de la paz que parecían gallinas genéticamente degeneradas.

Y encima el presidente Barack Obama haciendo campaña electoral al descaro, para que la gente votara a ciegas por Hillary Clinton. Incluso chantajeando a la América negra para que no se atrevieran a simpatizar con el rubio de oro, y se casaran con la rubia platino que el mulato les proponía.

Un país es la propiedad.

Y su presidente tiene que poseer propiedades, sólo así puede contar con intereses no imaginarios que defender en ese país como tal.

Desde que aterricé en Chicago, las pantallas del aeropuerto repetían a troche y moche los debates presidenciales. Me di cuenta de que, a todos y cada uno de los casi veinte candidatos republicanos, la gente los llama “fascistas” sin ningún tipo de recato.

Trump era el tipo infiltrado del Partido Demócrata. El Agente Naranja espontáneo que garantizaría que el planeta entero se mofara de los veinte republicanos.

Trump era la patente de corso para que Hillary Clinton trampeara al cascarrabias de Bernie Sanders, y saliera electa por amplio margen como la primera mujer presidenta en la historia de los USA.

E pluribus hymen.

Así que no habría elecciones presidenciales en noviembre del 2016. Todo estaba atado y bien atado de antemano. El que se moviera no iba a salir en la foto. Y los demócratas terminarían gobernando la única democracia de las Américas por lo menos otros ocho años. Dieciséis en total.

Creo que fui la única persona de costa a costa de la Unión que se alegró con la elección contundente de Donald J. Trump. Nació el mismo día que Ernesto Ché Guevara y Antonio Maceo, por cierto, para que vayan llevando cartas de cómo será la cosa.

Ni siquiera los que votaron por él se alegraron demasiado de ganar en noviembre del 2016. Y, por supuesto, dentro de su Partido fue donde más se lamentó la victoria. Estoy convencido de que los republicanos, acorralados por la corrección política de izquierda y un complejo de culpa post-esclavista, hubieran preferido perder.

Hacía un silencio ensordecedor.

En la CNN de Atlanta se fue la luz, dicen.

En California querían de pronto independizarse.

De Primera Dama, Hillary pasó a ser oficialmente la primera desaparecida política de los Estados Unidos. Hasta el día de hoy.

Entonces, a la medianoche, quien apareció fue el hijo pequeño del presidente, bostezando y cayéndose de sueño en cámara.

La izquierda oligofrénica, por supuesto, la cogió enseguida con él. Supongo que por ser blanco.

Quedaba así inaugurado el otoño del odio.