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viernes, 23 de noviembre de 2012

Viva la Guardia Civil

 Generación Guzzi
  

José Ramón Márquez

El día primero de noviembre acudió una pareja de la Guardia Civil del destacamento de Riaño a rescatar a unos excursionistas a los que la noche se les echó encima en una caminata por el monte, en las proximidades de Santa Marina de Valdeón, en un paraje denominado Prado del Toro.
 
Los guardias, durante el rato que llevó localizar a los caminantes, dejaron su vehículo estacionado al borde de la carretera con las luces azules centelleando, posiblemente como precaución para tener ese punto de referencia en la oscuridad de la noche. En seguida dieron con los excursionistas y les ayudaron a salir a la civilización, representada por la solitaria carretera.
 
Cuando los guardias intentaron poner en marcha el auto, la batería del mismo se había extinguido. El auto no era ni mucho menos de último modelo, la batería debía tener también sus muchas fatigas. Los guardias preguntaron si alguien tenía unas pinzas y, finalmente, arrancaron el auto de tantos servicios empujándolo cuesta abajo.

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Generación Callejón

El pasado martes, cerca de las once de la mañana, en la carretera A601, en las inmediaciones de Valladolid, hay situado un despliegue de fuerzas de la agrupación de tráfico de la Guardia Civil digno de la persecución del crimen organizado, de alguna banda terrorista o de los más peligrosos narcotraficantes.

Capitaneados por la autoridad de un joven sargento se hallan desplegados en tal hora y lugar unos ocho agentes de punta en blanco, con sus chalecos reflectantes y sus lustrosas botas; en la carretera, una hilera de resplandecientes conos de color naranja que parte la calzada en dos, unas señales de quita y pon que anuncian el estrechamiento de la calzada y la obligatoriedad de la reducción de velocidad, tres vehículos de lo más nuevo con sus baterías en perfecto estado y todo el despliegue de emisoras y comunicaciones pertinente. Al inicio de la hilera de conos están situados dos números; de ellos, uno va armado con una lista y el otro con un objeto luminiscente. Entre ambos van discriminando a los autos que pasan, dirigiéndolos a un lado o al otro de la línea de conos. La línea izquierda es la multa, la derecha, la libertad. Se detiene el auto y un apuesto guardia informa de que, gracias a la oportuna medición cinemática que ha realizado un vehículo camuflado en el punto quilométrico 10.500, la velocidad a la que circulaba el auto infractor en aquella inocente recta era de 131 quilómetros por hora, estando limitada la velocidad a 120 y que tal delito inmundo se sustancia en una sanción de 100 euros que se pueden quedar en 50 por pronto pago. Sugiere el agente la posibilidad de abonar en efectivo la suma en ese momento y uno, que la última vez que dio dinero a un policía fue en Santo Domingo de Guzmán, capital de la República Dominicana, en concepto de ‘mordida caribeña’, prefiere que el dinero, que no huele, no profane las limpias manos del agente, el cual anuncia con amabilidad que también se puede hacer efectivo el importe de la sanción  por medio de tarjetas de crédito o débito, por teléfono, a través de Internet o acudiendo a una serie de entidades bancarias autorizadas.

Para llevar a cabo el trámite de la sanción, el fornido agente N441678 porta una moderna PDA en la que hace las pertinentes anotaciones y de la que obtiene valiosas informaciones sobre la vida y milagros del conductor. Luego, se conecta por bluetooth a una mini impresora que tiene situada sobre la mediana de hormigón que escupe alegre la notificación de la sanción en formato mini. Cuando el agente insta al conductor a firmar, matizando que eso no implica conformidad con la sanción, faltaría más, el conductor, halagado por el despliegue de medios materiales, humanos y tecnológicos a los que su sanción da sentido es incapaz de negarse a tener también su mínimo disfrute de toda esa tecnología y, con el palito que le facilita el multador, estampa su firma en la pantalla de cristal líquido, encantado de comprobar por una vez a qué necesario fin se dedican los impuestos que paga.

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Luego, cuando de nuevo se vuelve a la paz de la carretera, uno piensa en la penuria de medios de los de Riaño, los que vencen por sí mismos con la única ayuda de su uniforme. Cosas del pasado, que el Duque de Ahumada ni soñó que se fuese a inventar la PDA.

Generación PDA