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jueves, 22 de noviembre de 2012

Olano

Antonio D. Olano en la plaza de Chinchón

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Con el periodismo que se nos va por el escotillón de la quiebra, en el braceo por el naufragio damos con “El niño que bombardeó París”, de Antonio D. Olano, como una boya del siglo veinte en medio del desastre de Madrid, para aviso de esos jóvenes navegantes seguros de haber visto el mundo porque vieron a Messi meter un gol al Rayo.
    
Estábamos en la barra de Del Diego y apareció Barceló.
    
Esta gente no sabe que Olano viajaba un día de La Coruña a Francia con percebes de veinticinco uñas para Picasso, que los mojaba en el té, y otro día estaba con Dalí arrojando hippies por la borda en el mar de Cadaqués.

    –¡Cuidado! Este año se está muriendo gente que no se había muerto nunca –advertía Francesc Pujols, el filósofo de Dalí que veía llegar el día en que los catalanes, al ir por el mundo, lo tendrían todo pagado por el mero hecho de serlo.

    Cuando la desaparición del Calixtino pensé en Olano, pero Olano tenía la coartada de estar escribiendo, con ese idioma olanesco tan rico y desastrado, la historia de “El niño que bombardeó París”, un retablo del siglo español por su cara norte, como la sevillanísima “Flor de cananas” de Vicente Tortajada sería el retablo del siglo español por su cara sur.
    
Se pinta, se escribe, se actúa con pretensiones de posteridad. ¡Ay de nosotros cuando nos falle la vanidad!
    
Es la memoria novelada de un gallego que paseó en domingo con el Che por la Gran Vía de Madrid para que Pepín Fernández les abriera Galerías Preciados.
    
Con Galicia cantiñeando al fondo, hoja por hoja, entre “chourizo” y empanada de xoubas, desfilan Panero, Eizaguirre, Hitler, Pitito, los Rafaeles (Paula y Albaicín), Leslie Howard, todo el “Guernica” y Juan Mondeño, que fue lo único que Picasso quiso ser y no pudo: torero y místico.