Follow by Email

viernes, 24 de septiembre de 2010

La vaca socrática, 24


(A Gregorio Luri)

Por lo demás, puede perderse uno en un hotel y encontrarse con el escritor mexicano Gabriel Zaid, que regresa de La Coruña de participar en un homenaje a ese gran escritor, gallego y matemático, llamado Rafael Dieste. Hablamos de lo que aquí y allí se ve. Y acabamos por contentarnos con hablar sólo de la mirada. De la mirada de Dieste, contemplando una tarde, en Rianxo, el paso de una niña y una vaca. Porque Dieste, desde la edad de 13 años, ya era capaz de demostrar, ante los niños de su pueblo, que el infierno no existe. Todavía resuenan los gritos jubilosos de unos cuantos muchachos: "¡Que non hai inferno, que o dixo Rafael!"

Es evidente que muchos escritores, por más que crean en el infierno, se han fijado con mucho detalle en las niñas. Pero a mí me da que ha habido muy pocos con la serenidad suficiente como para verle también un algo a las vacas, un algo no forzosamente sagrado. Hombre, Gabriel y Galán las encerraba muy temprano para irse a dormir con el vaquerillo. Y Joan Maragall tuvo la ocurrencia de apiadarse de una vaca de larga cola, pero ciega a causa de una pedrada que le dio un zagal de la época. Por consiguiente (tic-tic presidencial*), mala suerte tenemos con eso tan viciado, que a la memoria me viene, o con la exigua realidad de lo escrito.

Por fortuna, Zaid me cuenta que, aun siendo él mismo también testigo del paso de la misma niña y de la misma vaca, vio a través de Rafael Dieste lo que de verdad pasaba. La niña era la inocencia. La vaca era la mansedumbre. Y la inocencia no ocultaba su particular firmeza: ese dejarse guiar por lo que viene detrás. Mientras que la mansedumbre tampoco consistía en seguir por seguir a la mocosa, en plan bestia, sino en dejarse llevar por el ritmo del corazón. Porque las vacas, pensaba Rafael Dieste, sienten veneración por las niñas. Una veneración que nace del asombro que les produce encontrarse de pronto ahí, al lado de una figura tan perfecta.

LA NIÑA Y LA VACA, 1995 / JOSÉ-MIGUEL ULLÁN

* Por consiguiente. Locución conjuntiva que Felipe González adquirió como tic culto de la traducción que Javier Pradera hiciera de la Historia de las ideas políticas de Touchard