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jueves, 12 de diciembre de 2019

Pájaros

Uccellacci e uccellini, 1966

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El cuervo marxista de Pasolini dividía la Humanidad en pajaritos y pajarracos (“uccellini” y “uccellacci”), y ahora nos ayuda a entender España.

    Los pajaritos federalistas de Madrid aún son peores que los pajarracos secesionistas de Barcelona, porque estos quieren inventar un Estado, pero aquellos llevan inventados diecisiete.

    –Its the economy, stupid! –fue la llave de la Casa Blanca que Carville, el Redondo de Clinton, se sacó del bolsillo en el 92.
    
No es el nacionalismo, como hacen creer a los pipas. ¡Es el estatalismo (no confundir con estatismo), imbécil! Los pajaritos venden que las Autonomías son Estados independientes locos todos por unirse al arrecife de coral que es España. Pero los pajarracos no piden un “foedus”; piden la soberanía, una ficción que, desde luego, no reside en el pueblo, como dice la pirotecnia filosófica, sino en el poder ejecutivo del Estado, que es con quien se las tiene tiesas el secesionismo, excelente sabueso para rastrear la trufa soberana no en el Parlamento, que sustituyen con una Mesa-camilla, sino donde está: en el Gobierno. Y no lo dice Rufián; lo dijo Cambó en el Congreso:
    
No es un problema de descentralización, sino de soberanía. ¿República? ¿Monarquía? ¡Cataluña! Por eso pedimos la soberanía absoluta.
    
¿Y qué es la soberanía? Soberano, nos decían en la escuela, es el poder que obtiene obediencia en concurrencia con otros poderes.
    
Dos clases hay de soberanía: la pretendida, que sólo es literatura (Adriana Lastra la adornaría con el verso virgiliano: cuidar de los súbditos y abatir a los rebeldes orgullosos), y la efectiva, que no es más que la porra (soberano es quien decide sobre el estado de excepción), y no miren a Marlaska, su caricato.
    
Por encima de la pretendida norma jurídica hay en el Estado de Derecho una soberanía efectiva que decide sobre la Norma y sobre el Estado.
    
Lo que se ventila en la Mesa-camilla del Conflicto es el tránsito catalán de la decisión enmascarada a la decisión descarada.