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domingo, 15 de diciembre de 2019

38 años

Una casa de Aranda


Francisco Javier Gómez Izquierdo

        He estado más de diez trienios en las cárceles tratando con todo tipo de delincuentes y he conocido distintas condenas para el mismo delito o muy parecido, dependiendo la mayoría de las veces del abogado defensor, la acusación particular y, en mucha mayor medida, del tribunal sentenciador. Cinco o seis años antes de jubilarme se hizo evidente la inclinación judicial a castigar con el máximo rigor los delitos catalogados como “de género”, llegando a su máxima gravedad si la acusación particular -no necesariamente la fiscal- la ejercía una asociación de las que los españoles llaman “de mujeres”.
     
 Por indignación propia me atrevo -¿de verdad tenemos libertad de expresión y no tememos represalias de la moral imperante?-, y creo de justicia señalar la desproporcionada condena que un tribunal de mi pueblo que es Burgos ha impuesto a tres veinteañeros chulánganos que han agredido sexualmente a una niña. Asustado por lo que les viene a nuestros hijos y nietos escucho explicaciones y justificaciones técnicas y jurídicas de los que al parecer saben de leyes, pero no creo necesario llevar más de treinta años “de talego” para entender que las abstracciones legalistas que manejan los expertos pueden ser muy espectaculares argumentadas en una película en la que un abogado o la fiscalía american quiere castigar la saña y alevosía de varios delincuentes,  pero lo que ha cabido en el caso de los futbolistillas de la Gimnástica Arandina no ha cabido nunca y puede que jamás -bueno, mejor no vaticinamos- en la historia de tribunales. En la sentencia, por lo que entresacan los intérpretes que he escuchado , todo se reduce a creer completamente las palabras de la víctima y despreciar la de los agresores.
       
En Aranda de Duero, donde todo el mundo se conoce, las impresiones incluso del género femenino sobre el caso nada tienen que ver con la sentencia y aunque no venga a cuento yo mismo conocí la entrada en prisión de un joven casado acusado de abusar de una vecina de quince años. El hombre fue detenido un sábado, lo llevaron a disposición judicial y el juez decretó prisión. En la toma de declaración de las partes a la semana siguiente se descubrió que la niña estaba obsesionada con su vecino, al que comprometía con un acoso enfermizo. El presunto violador sólo estuvo una semana en prisión, tiempo necesario para absolverlo y suficiente para ser considerado en su barrio un “guarrón” y un “sátiro”, como me dice llorando cada vez que me lo encuentro. Seguro que este caso no tiene ningún parecido con el de Aranda, pero creo que los acusados también tienen derecho, como tuvo el desgraciado de Córdoba, a que se valoren las pruebas que presentan.
       
Lo preocupante y más que alarmante, para mí, de la sentencia de mi pueblo es la falta de reacción de la sociedad en general -¿hay intelectuales en España o todos se han metido a cantantes y cineros?- ante el poder de amedrentamiento que ha alcanzado el periodismo en general y la televisión en particular. Nada hay más reprobable que los delitos contra la mujer, considerando ¡la ley, ojo! delito lo que contra un hombre sería falta. El otro día, al asesino, con violentos antecedentes, pues había dejado parapléjico a un agente de la autoridad, de un señor que llevaba unos tirantes con la bandera de España, lo condenaron a cinco años. Dicen que el abogado se lo curró hasta el punto de abrumar -yo pondría otro verbo, pero viendo cómo está el ambiente mejor lo dejamos- al jurado, pero el caso es que no hay escándalo visible por castigar más al ladrón que al asesino. Los filósofos del Derecho te dicen que no debemos comparar delitos, que cada caso y cada tribunal es un mundo y puede que tengan razón, pero es incomprensible para el común de los mortales que los “pardillos” de Aranda como dice su propia abogada carguen con treinta y ocho años y el asesino de Zaragoza con cinco. Ocho veces más grave violar -y como el tribunal no tomó en cuenta ni una sola de las pruebas exculpatorias de los acusados ribereños- que asesinar. ¿Para esto sirve la ciencia del Derecho?

   ¡Ah! Y luego llega el cumplimiento de la pena. Con las nuevas tendencias, los condenados por delitos contra la mujer deben olvidarse de los beneficios penitenciarios mucho más propensos de ser aplicados en favor de asesinos como el de Zaragoza...  o de cualquier otro sitio. Un detalle me llama la atención sobre la condena de los futbolistas, y es la coletilla de los periodistas que como para justificar, incluso para la pretensión de gran parte del gremio, la evidente desmesura de la pena impuesta -gracias a ellos, me atrevo a decir, entusiasmados con el fanatismo feminista- añaden que sólo cumplirán 20 años. Unos pocos más que De Juana Chaos, por ejemplo, corderito inocente al lado de estos galafates.