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sábado, 28 de diciembre de 2019

El misterio gozoso de María

Guido di Pietro da Mugello, Fra Angélico (1400-1455)


Martín-Miguel Rubio Esteban

Con el corazón ya totalmente apaciguado gracias a las revelaciones del Ángel, José informó a María, con el embarazo ya muy avanzado, de una noticia administrativa:

-Conviene que en breve marchemos a Belén, María, pues de acuerdo al decreto sobre el censo que han promulgado los romanos y que ha sido clavado en la puerta de nuestra sinagoga, todos debemos censarnos y declarar nuestro patrimonio en la ciudad de donde proviene la familia. Así que preparémonos en seguida para este viaje.

Tres días después ya estaban caminando hacia Belén, cuando María, un tanto nerviosa, dijo a su esposo:

-Es necesario que nos demos prisa, José, pues me parece que nuestro hijito va a nacer en breve.

Llegados a Belén comenzaron a buscar posada, pero todas ya estaban llenas de gentes que venían a empadronarse, y ya no les quedaba a ninguno de los dos familiares que aún viviesen en Belén. Apiadada la mujer de un posadero, que veía el vientre hinchado de María, les dijo:

-Me desagrada mucho no poder daros una habitación viendo su estado, jovencita, pero se me ocurre que no lejos de aquí hay un lugar que no está mal para poder guareceros, y es un lugar recogido y limpio, que emplea a veces mi suegro para el ganado. Marchad allí; se trata de una cueva agrandada un poco, y llegaréis antes del anochecer tirando por ese camino, en donde está marchando un rebaño de ovejas.

Una vez que dieron con la cueva, María, ya muy fatigada, dijo a su esposo:

-Ocupémonos esta cueva como nuestra casita, y gocemos de un descanso merecido, pues yo me encuentro muy agotada, mi dulce esposo, y la caballería también.

Acostada María, se durmió en seguida, y José, siempre diligente y responsable, empezó a acondicionar la cueva lo mejor que supo, con un solo cuchillo, un hacha y su pericia de carpintero, construyó una especie de lecho para su esposa, y una cunita para el Niño, acondicionando un pesebre para el ganado, y transcurrido sólo un día la cueva ya tenía el aspecto de una casita aseada de gente humilde y ordenada. Transcurridos dos días, María pareció mejorar tras el descanso, y lo que había parecido en el camino un parto inminente se olvidó. Esta mejoría fue aprovechada por José para salir con su esposa a empadronarse ante la Administración romana, y hacer algunas compras imprescindibles para el parto que estaba a punto de llegar. También José aprovechó la oportunidad para encontrar una experta comadrona, llamada Salomé, también con fama de bruja, a fin de que ayudase en el alumbramiento de su mujer. Una semana más tarde María llegó al tiempo establecido, empezó a tener contracciones definitivas, y el Niño vino al mundo en el segundo mes de la primavera, el mes griego de Muniquión.

Ahora bien, la teología más ortodoxa ha negado siempre el hecho de que María pudiese sufrir algún dolor o contracciones molestas ante la venida del Niño Dios, porque, efectivamente, el parto de María fue virginal; es decir, misterioso, probablemente indoloro, y absolutamente gozoso. Los teólogos más marianos, desde San Ildefonso, consideran que el maravilloso misterio de la virginidad es de hecho teológicamente incompatible con el dolor maternal y las contracciones, por lo de ilimitada apertura que tiene a Dios la propia virginidad de María. Porque María no sólo goza de una virginidad corporal, sino que sobre todo su virginidad la es espiritual; esto es, de un exclusivismo absoluto y libre en las relaciones con Dios, con El Cual nadie puede entrar en competencia. La virginidad espiritual de María, fundamento de la corporal, la convierte en prototipo de la “Congregatio fidelium” que es la Iglesia. De aquí toma la virginidad cristiana su sentido no como valor negativo de simple continencia, sino como valor positivo de confiada apertura a Dios. Esta apertura es la fe.

La tradición nos cuenta que a la comadrona Salomé se le secó su mano derecha por impía curiosidad, por querer comprobar la milagrosa virginidad con la que quedó la Virgen María después del divino parto gozoso. Es casi seguro que esta tradición responde sólo a un mito, a una fábula mítica, como las de Higino, pero su significado religioso es básico: la virginidad de María es un dogma que debe creerse como el pilar básico de la Iglesia peregrina, en cuanto que ella es guía y princesa – esto es, “primera cabeza” – de la fe.

Por otro lado, la concepción inmaculada de María, única excepción entre todo el género humano, herido por el insoslayable pecado original de acuerdo a los Concilios de Cartago y Trento, la preservan de la concupiscencia y del dolor. “En ella” el Nacimiento del Hijo de Dios fue sólo y sublimemente gozoso, sin posibilidad de dolor alguno. El misterio gozoso del Nacimiento de Jesús hay que vincularlo a la Concepción inmaculada de la bienaventurada Virgen María. La Madre de Dios no perdió los dones del Paraíso que toda la Humanidad, salvo ella, perdimos. Es así que es doblemente Virgen por responder a la Humanidad primigenia del Paraíso, en que Dios creó con sus propias manos, a su imagen y semejanza, al Hombre. La Virgen se convierte así en la única habitante humana de la llanura de Mecone, única supérstite de la caída en el pecado original.

Finalmente, la virginidad espiritual de la Virgen María debe ser verdadero dechado y ejemplo para los cristianos de la virtud de la lealtad, sobre todo hoy, en donde tal virtud es casi imposible de buscar en mundo con tanto “putas” infiel a sí mismo.