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martes, 31 de diciembre de 2019

Luces de Guadalupe

 El modesto misterio del pueblo y el reflejo de las luces modernas

 Carretera cortada ya a las 12 del mediodía

La joya del monasterio del Guadalupe

Francisco Javier Gómez Izquierdo

        Las rutinas de la Navidad, si son tranquilas y  mesuradas como las de un servidor, se convierten en aniversarios, tareas y compromisos que se disfrutan con la satisfacción de procurar a los tuyos pequeñas e importantes alegrías que se comparten asando en leña, experimentando recetas con los sobrinos, brindando por los ausentes por estar de guardia, y que no falte... y siempre un recuerdo por los que se fueron definitivamente. Lo normal y lógico entre personas normales y del común. Para mí el día grande de las Navidades era S. Esteban protomártir, patrón de mi pueblo, al que desde hace más de 30 años suelo honrar a mi manera desde lejos. En la nación -ahora cualquier pedanía puede convertirse en nación- de los Montes de Toledo, por haber convertido en rutina pasar la Nochebuena entre los pocos olivos de mi doña junto a la familia política. La Demanda la dejamos para otras fechas. Para cuando la calor aprieta en el Sur.
     
Entre las rutinas de cada fin de año está visitar junto al gran Paco a la Virgen de Guadalupe, por las promesas y votos de nuestras doñas, que como nosotros han convertido las rutinas en tradición. He dado cuenta varios años en Salmonetes..., otra rutina más, de las peripecias y curiosidades que nos encontramos en la capital de las Villuercas, y en éste queremos dejar constancia del guirigay que se ha formado con el asunto de la iluminación patrocinada por los bombones envueltos con papel de plata amarillo. Hace dos años ya estuvieron los del chocolate con un concurso raro que sacaron con el “conque” de elegir al pueblo más guapo y se ve que este año han repetido y se lo han vuelto a dar a Guadalupe, y para que luzca, conforme a su particular parecer, han llenado las calles, fuentes, balcones y ventanas de bombillitas para que la gente de la comarca se acerque a verlas por la noche. Bueno, la gente de la comarca y de cualquier sitio, que los alojamientos están completos y te tienes que poner a comer a las dos o no encuentras mesa en ningún restaurante ¡y mira que hay sitios de comer en Guadalupe! “¡Ojalá que se fundan todas!”, nos decía un guadalupano vestido de negro que es como se visten ahora los camareros y nosotros no sabemos si darle o no la razón, pero el caso es que otras veces daba gusto pasear por un pueblo tranquilo entregado mayormente a la recogida de la aceituna y nos entreteníamos mirando los todoterreno con remolque que hacían cola en la prensa al comienzo de la calle principal del pueblo, hablábamos un ratillo con los cazadores, agricultores, con el lego Paulino encargado casi siempre del camarín de la Virgen, y en fin, echábamos un día formidable hablando de todo un poco, admirando a la vuelta el camino a Obando y La Puebla de Alcócer, repleto de grullas, rapaces y avefrías...
     
El otro día todo en Guadalupe nos devolvió las prisas de ciudad. Sin aparcamiento, la carretera cortada en el pueblo por saturación de vehículos, colas para la lotería, para el pimentón, para los higos..., subida al camarín desde la iglesia, en vez desde el pasillo de entrada, de cualquier manera en una fila que quería disciplinar un franciscano malhumorado como si fuera una llegada ciclista al sprint moviendo los brazos como un guardia de circulación y venga “rápido, rápido, no se paren...” En la puerta del monasterio, lo que nunca, había dacios que con una mano te abrían la puerta y ponían la otra en espera de la voluntad ajena; en la fuente de los Tres Chorros dos mozuelos de la misma nación que los pobres de la puerta pescaban los céntimos que la costumbre del turista lanza no sé aún con qué intenciones. El caso es que a las dos nos sentamos a comer donde lo hacemos últimamente -hubo unos años que solíamos ir a Cañamero donde dan muy bien y a buen precio- y a las cuatro salimos con dirección a la dehesa que nos lleva a Obando con la sensación de que nos han estropeado algo de nuestra Navidad. Una de nuestras rutinas.
      
Al marchar no dejaba de llegar personal que aparcaba los coches abajo y subía la cuesta con esa ilusión que ahora ilumina los ojos del turista de móvil que se entusiasma enviando un selfie para que se sepa dónde hay que estar en cada momento. Esta noche, hasta una cadena nacional va a transmitir las campanadas desde la plaza de Guadalupe. El pueblo más bonito de España, dicen...
      
Feliz año a todos y sobre todo, de corazón, mucha salud. Lo de verdad importante.