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lunes, 30 de diciembre de 2019

El delantero centro

Josechu Larreina


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El Madrid de Zidane no tiene delantero centro.

    El delantero centro en el fútbol es como el chispas en la construcción: tiene mala prensa, porque suele ser el que más cobra y el que menos frío pasa. Aparece cuando la obra está hecha, pone  todo el mundo a disposición suya y se lleva la gloria de ver la luz al final del túnel.
    
Antiguamente, antes de las cámaras chivatas de TV, el delantero centro era un mozo sin piños, perdidos por los codazos de los defensas centrales en cada córner. A los jóvenes nos causaban muy mala impresión, y nadie, de niño, quería jugar de delantero centro. Al equipo local, todos los delanteros centros venían de fuera. Mi pesadilla infantil fue Josechu Larreina, alias Torito, delantero centro del Baracaldo, que siempre le hacía un gol al Burgos en “El Plantío”. Los chavales compartíamos fondo, que era un terraplén de arena, con los sorches (militares sin graduación) en un terraplén, y lo que nos daba miedo de Larreina no eran sus goles, que al fin y al cabo se quedaban en la red, sino sus remates desviados. Cuando el extremo baracaldés centraba, antes de que el balón llegara a Larreina alguien gritaba “¡cuerpo a tierra!”, y medio fondo se tiraba en montonera contra la chapa de la publicidad para guarecerse. Así daba gusto ir al fútbol.

    – Yo nací (perdonadme) / en la edad de la pérgola y el tenis
    
Mi pérgola debió de ser Josechu Larreina, delantero centro del Baracaldo, y mi tenis, Rafa Viteri, delantero centro del Burgos, con Juan Gómez Juanito de extremo suyo. Viteri era un Benzemá con dos vinos, es decir, un genio de verdad, y por él todos los chavales querían jugar de delantero centro, porque el delantero centro era ya otra cosa. No contaban tanto los goles como el modo de hacerlos, igual que ocurre con el periodismo americano, donde la noticia no vale nada si para obtenerla no ha habido que derrumbar un par de edificios y sobornar a un par de peces gordos.
    
El Madrid de Zidane, decíamos, no tiene delantero centro, pues Benzemá es un dispensador de asistencias más que de goles. ¿Cuándo se jodió el delantero centro, Zavalita?
   
 En el 89 Gary Lineker, de oficio delantero centro inglés, le ganó a Antonio D. Olano un premio literario con la novela “¿Dónde está el delantero centro?”, que era la forma linekeriana de verbalizar su relación con Johan Cruyff. Olano había presentado al concurso su visión de Príapo-Butragueño en el Bernabéu (la famosa foto de Carlos Monge), pero al jurado le interesó más la intrahistoria culé del delantero centro alineado como extremo izquierdo por el Profeta del Gol, un hombre destinado a cambiar los usos y costumbres del fútbol español. Incluso Vázquez Montalbán dejó por un momento de escribir de obreretes concienciados para acometer una intriga comercial titulada “El delantero centro asesinado al atardecer”.
    
Una década ha cumplido Benzema en el Real Madrid, y no figura entre los acontecimientos de la década seleccionados por la Agencia F (fundada con F de Falange) que llamaba “fallecido” al entrañable jefe republicano Melquíades Álvarez, la noticia de cuya muerte (“paseado” por la milicianada) arrancó lágrimas de saurio a Azaña. Tampoco aparecen las cuatro Champions del Madrid, tres de ellas consecutivas. La Agencia ha preferido hacer sitio al fallecimiento (éste sí) de Johan Cruyff y al ir y venir de Messi en la era de Ronaldo. ¿Merecía Benzemá estar ahí, después de haber estado diez años con el “9” del Madrid? Según Zidane, sí, pues lo considera por delante de Mbappé, Kanté o Ben Yedder, razón por la cual en el Bernabéu, más que de sus goles (doce, en lo que va de temporada), se habla de su renovación, que, con 32 años, podría colocarlo a la altura de Donato.
    
Doce goles lleva de delantero centro Benzemá, y el siguiente, Ramos, defensa central, tres. No son números de Liga, y, sin embargo, con ellos, el Madrid aún no se ha despedido del título, y estamos ya en enero. Con Ramos de perseguidor, Benzemá se ve de delantero centro del Bernabéu hasta los cuarenta. También Zidane lo ve, dado que no tiene plan B.
    
–Los jugadores no te lo dicen porque tienen miedo, pero no tienes plan B y eres temporal –le espetó el portero Green, del Chelsea, a su entrenador, Maurizio Sarri, luego de perder un partido por seis a cero.
    
La franqueza de Green coincidió con la decisión de retirarse. En el Madrid, donde no se retira nadie, nadie va a afearle a Zidane, con tres empates consecutivos, el hecho de carecer de plan B.


PARTIDOS ENTEROS

    En la cháchara futbolera de Valdanágoras con el hijo de Johan Cruyff ha aparecido una herradura de siete agujeros: “Pablo Aimar decía pertenecer a la última generación que verá partidos enteros. Me asustó, pero me pareció real. No sé cómo va a tener que hacer el fútbol para adaptarse”. Si, según Camus, es verdad que no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio, el suicidio, también lo es que no hay más que un problema futbolístico verdaderamente serio, el tedio, y vamos hacia una reducción temporal de los partidos a la mitad. Sin beber, sin fumar y sin goles, noventa minutos son una cadena perpetua no revisable.