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domingo, 29 de diciembre de 2019

La «kurskina»


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Está visto que las ideas son como las corbatas, porque, ¿quién lleva una corbata en este tiempo? Los que van de jefes y, por supuesto, los políticos. No me he quedado con la que llevaba Aznar al abrazar a Arafat, que es un tipo que todavía da miedo, pero estoy seguro de que estrenaba una. Estamos en la «rentrée», y en la «rentrée» a todos los políticos les gusta presumir de ideas nuevas. Es natural. Después de una temporada en pelotas, se pone uno el uniforme y tiene la sensación de ser otro. El uniforme del político es la corbata, de cuyos tonos se desprende la ideología. Por ese lado, en esta temporada parece imponerse, más o menos brillante, el azul purísima. Así se explica, por ejemplo, el ostracismo literario de Luis Aguilé, un hombre, si no de grandes ideas, de enormes corbatas subversivas, que aún puede jactarse de haber quedado dos veces finalista del Planeta. Como nadie recuerda a los ganadores, Aguilé está ahora dispuesto a hacer un libro con cincuenta canciones y la historia de sus mujeres. «Me he acostado con más de trescientas», ha declarado en un periódico. Y a lo mejor era eso lo que quería decir Felipe González, ya sin corbata, al decir que España es una «mediocracia».

La «mediocracia» es el gobierno de los medios, ocupación que ha dejado a los políticos sin agenda propia, como se queja González: «La inmediatez y los medios hacen cambiar agendas y actos a muchos políticos.» Tomemos el ejemplo de Putin, que no es un mediócrata cualquiera, aunque se le haya quemado el repetidor de TV. Para la mediocracia occidental, Putin es un político sin ideas que este verano llegó tarde a la crisis del «Kursk». Tarde y, naturalmente, sin corbata, como bien se ha encargado de resaltar la propia mediocracia occidental. Pero, ¿dónde está la contradicción? La ventaja de la mediocracia de Putin sobre la mediocracia occidental no es su falta de ideas o de corbatas —incluso hay una presentadora de noticiarios rusa que no lleva ni sostén—, sino su falta de escrúpulos. No lo digo por lo de la presentadora, que no pasa de ser un atisbo de hedonismo putinesco para poner en duda la conversión de Rusia anunciada a los pastores de Fátima. Lo digo por lo de la kurskina.

En recuerdo de Putin, podía decirse «putina», pero en una sociedad como la nuestra, que ve con peores ojos la grosería que la crueldad, es preferible, en recuerdo del síndrome del «Kursk», decir «kurskina», la famosa inyección administrada por expertas manos funcionariales a una madre rusa que disentía airadamente de la versión oficial sobre el hundimiento del submarino. Yo no sé si los mediócratas rusos habrán leído el capítulo del «Tratado de las pasiones» de Descartes titulado «Por qué quienes palidecen de cólera son más de temer que quienes enrojecen», pero el caso es que no hemos vuelto a ver imágenes de más disidentes de la versión oficial, ni tampoco de la madre rusa —viva, quiero decir—, lo cual que, puestos a disentir de las versiones oficiales, ya no sabe uno qué es mejor, si que te den un sedante, como en la mediocracia rusa, o darte contra um espejo retrovisor, como en la mediocracia española, donde la gente aparca en cualquier sitio.

Hombre, si el sedante administrado a la madre rusa era realmente un sedante con prospecto farmacéutico y no un pico de heroína cortada por un camello chechenio, la kurskina me parece ideal para tertulias y ruedas de prensa, empezando por las tertulias de Rahola y Ramoncín y terminando por las ruedas de prensa del portavoz gubernamental, que no tiene por qué estar hoy dando cuartos al pregonero sobre la avería del submarino de Gibraltar, un suponer, cuando hace dos meses que dijo, en versión oficial, que la reparación se había realizado con total normalidad. Por vía oral o por vía intravenosa, la kurskina es el hallazgo más revolucionario de las mediocracias en su avance hacia la libertad de expresión, para la cual, tal como hoy se la concibe, lo que cuenta son los tonos, no las ideas, que, como tenemos dicho, valen lo mismo que las corbatas.


Por vía oral o por vía intravenosa, la kurskina es el hallazgo más revolucionario de las mediocracias en su avance hacia la libertad de expresión, para la cual, tal como hoy se la concibe, lo que cuenta son los tonos, no las ideas, que, como tenemos dicho, valen lo mismo que las corbatas