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miércoles, 13 de noviembre de 2019

Humilde desagravio a Murcia




Hughes
Abc
 
Murcia sale del 10N como región pionera en España del moderno populismo de derechas, o nacionalpopulismo o, simplemente, nueva expresión de la derecha española. En este momento en el que las regiones dan la espalda a España, en el que hasta Teruel se singulariza y dice aquí estoy yo, Murcia reafirma su españolidad y se destaca por ella. Hace eso, ¿y qué recibe a cambio de los listos preponderantes? Comentarios despectivos y paternalistas que presagian el envío de expertos y trumancapotes a hacer sus reportajes etnográficos bajo la pregunta: Murcia, ¿por qué?

Algunos serán los mismos que se reían de su acento, aquel acento de Juncal con el que Rabal cautivó a una generación, un acento mágico que no se parecía a ningún otro y que parecía incontaminable de la moderna musitación de los anglosajones aaaah y huummmmm. ¡Ah, sudeste! Vértice definitivo para completar el triángulo con La Mancha y Valencia: ¡Quijote y Cid! Pero un Quijote de carne y hueso y un Cid pleno de conciencia, como Alfonso X El Sabio cuando conquistó la región.
 
Yo nací circunstancialmente en Albacete, aunque mi españolidad fuera forjada en Valencia (creo que debo expresarlo así), y ha tenido que pasar esto para que reflexione. ¿Por qué me gustaba Murcia a mí? ¿Por qué me gustó en cuanto la pisé? Porque de haber nacido unos años antes, yo sería murciano. ¡Soy murciano sin saberlo!

A Murcia, sin dejar de ser Murcia, le caen cosas de La Mancha y cosas de Valencia, alicantinas, con las que comparte el genio del idioma. ¿Acaso Miguel Hernández no era murciano también? ¿No lo fue un poco Miró? ¿No era algo murciano Azorín, yeclano de sangre y niñez? ¿Y qué decir de Gaya, murciano hecho luego a Valencia? Ese español levantino, que puede llegar a ser, como decía Pla de Azorín, catalán en su esqueleto, Murcia lo expresa además en una flexión flamenca de cante propio. Qué crisol de Españas romanas, moras y cristianas en esa tierra fértil de huerta e inventiva (Peral y Juan de la Cierva, nada menos, ¡y sin darnos el coñazo todo el día!). O en la insuperable Cartagena. ¿Cómo le van a enseñar el mediterráneo a Cartagena? Ella nos trae ahora lo contrario del cantonalismo como advirtiéndonos del falso federalismo en el que nos quieren embaucar. Nos está avisando Cartagena.

Si nuestro catolicismo, ya muy superficial, visual y festivo, se sostiene en la contemplación de las imágenes navideñas y de la Semana Santa, en los pasos y en los belenes, ¡lo sostiene Murcia! La Murcia de Salzillo y los imagineros. Murcia es fundamental en nuestro barroco popular, por residual que sea, para protegernos de la invasión de renos y papás noeles.

La importancia de Murcia, aljibe misterioso de lo toledano-levantino, la desconocemos. Murcia es la sin agua, la incomunicada, la que quedó de solterona en el engendro autonomista (cómo no iba a ser la primera en decir basta) y ha vivido ajena al “identitarismo” valenciano y al andalucismo protagonista de la región-PSOE. Allí, en su sitio, arrinconada, pasó Murcia por la corrupción del PP y sale escarmentada (la primera) pidiendo otra derecha. Esto gustará o no, pero algo dice de Murcia, que no quiere ser ni taifa ni cantón habiendo sido las dos cosas. ¿No puede ser la región menos transformada, menos envenenada por el autonomismo del 78?

En todos las representaciones gráficas de Cataluña que hacen los independentistas, la región parece salirse de España, salirse de la península, desgajada. Pero ¿hacia dónde? A Europa, creerán ellos en su insensata pedantería. Pero Murcia no. Si tuviéramos que dibujarla ahora, la dibujaríamos como un pedazo de tierra hacia dentro, con una flecha hacia dentro, ¡renacionalizada!
 
Cuando todos se quieren ir, Murcia pide más España.

Hombre, y encima la critican.

La Dolorosa de Salzillo