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jueves, 7 de noviembre de 2019

El hábito



Hughes
Abc

Hace unos años estuve viviendo un tiempo en un pueblo, una ciudad pequeña. Conocía poca gente allí, sólo un amigo y su familia, y muy pocas veces tocaban a la puerta. Después de trabajar, yo pasaba quizás demasiado tiempo solo. Mi mayor compañía era, en realidad, el perro de los vecinos, que, sin ser mi perro, ladraba tanto y tan cerca, y a través de unas paredes tan livianas, que lo sentía allí. Luego, acordándome, me di cuenta de que no era una mala manera de tener perro. El animal era además muy sensible a mí, y ya en el ascensor le podía oír ladrar furioso al intuirme.

En la misma semana, sin embargo, mi tranquilidad se vio alterada por dos llamadas al timbre. Una fue la de un comercial de congelados que me ofrecía la posibilidad de hacerme llegar periódicamente unos platos precocinados muy elaborados. Harto como estaba ya de las ensaladas y el pollo (en esa época aspiraba aún a la musculación), le dije con entusiasmo que adelante y con bastante convicción me apunté, o me suscribí. Esto me ilusionó mucho.

Poco después tocaron otra vez, y en esa ocasión fue una vendedora de El Círculo de Lectores, una institución que para mí era algo como del pasado y que en casa no habíamos conocido. Era una mujer de mi edad, quizás algo mayor, y a mí, con esa vida de convento que llevaba, me pareció guapa y fui incapaz de decirle que no cuando me ofreció hacerme socio. No sólo porque fuera guapa, es que me costaba y me cuesta decir que no. No sabía decir que no, y como la ausencia de no en esa época aún debía de ser sí, me endilgó la suscripción de El Círculo de Lectores.

Hoy me he acordado de aquella mujer y aquellos días al conocer que se acaba. Durante el tiempo que estuve viviendo allí fui recibiendo libros periódicamente. Libros que en realidad no quería leer y que no leí. Creo que ya era un lector desarrollado y tenía mis gustos, y el catálogo, siendo interesante, no me excitaba. Recuerdo haber comprado una edición nueva de Las Armas y las Letras, de Trapiello, una novela de las peores de Martin Amis, que creo que ni abrí, que ya era mala por fuera… Una parte de mí lamentaba gastarse el dinero en libros que me daban pereza, así que la otra se trataba de entusiasmar con el catálogo para aprovechar el hecho consumado. Lo estudiaba minuciosamente. Ya los leerás, me decía, ya los leerás.

No tengo cerca los libros, pero fueron bastantes y poco a poco llenaron esa casa en la que estaba provisionalmente cuando creía que la provisionalidad era una cosa distinta de la no provisionalidad.
Así que lo que recuerdo es el catálogo, haberme acostumbrado a la llegada del catálogo, que tenía algo de autoridad, de prescripción, y a la vez de promesa, como en la Navidad, y, aparejada, la alegría tontorrona cuando llegaba la delegada del Círculo o cuando me la encontraba por el pueblo:

-Hola, ¿qué tal?

-Hola, nada, aquí.

-A ver si te pasas, ya he leído el anterior.

-Sí, sí, claro.

-¿Todo bien?

-Sí, aquí esperando a mi marido…


Durante todo el tiempo que estuve, seguí recibiendo los libros y quizás sólo el final de la empresa me hubiera liberado hoy del compromiso de haber seguido allí. Yo no fui capaz por no quedar mal. Como diría el poeta: “Por no quedar mal, J’ai perdu ma vie”. De los congelados, no sé muy bien cómo, ni cuándo, me acabé “desapuntando”. Pero en el Círculo me mantuve, fiel al ritual. De alguna forma, hacía también “casa”, como cuando a la puerta tocaba “el del Ocaso”. Si va alguien con un recibito periódicamente parece eso más hogar.

No fue de lectura conmigo, porque el lector que yo era, malo o bueno, ya estaba formado, pero lo pienso ahora y reconozco que el Círculo sabía crear un hábito. El hábito era indudable.