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martes, 7 de julio de 2020

La tauromaquia contra sí misma

 Pamplona 2018. Miuras

Jean Juan Palette-Cazajus

[El Club Taurino de Pamplona publica anualmente una -hermosa- revista con motivo de las fiestas de San Fermín. Suelen contar con mi colaboración y me honra. Ahí va mi contribución en este «annus horribilis», también para la tauromaquia.]

La decisión del Club Taurino de Pamplona de publicar su revista anual a pesar de las excepcionales circunstancias, las de un año sin Sanfermines y sin temporada taurina, debe calificarse de sabia. Pocos son los que entienden que la supervivencia de las culturas humanas depende menos de sus contenidos que de sus vitales procesos de transmisión. Algo que había intuido perfectamente, hace pocos meses, una destacada militante animalista cuando sugería en una tribuna que en vista de la suspensión de los festejos taurinos provocada por la pandemia y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, se pusiera definitivo punto final a la nefanda tauromaquia. Nosotros aprovecharemos parte del tiempo que no podremos dedicar ni al vino ni al encierro ni a las peripecias del ruedo para tratar de reflexionar un instante sobre la situación de la tauromaquia con un mínimo de lucidez y de seriedad. Y sólo piensa de verdad quien lo hace contra sí mismo, a la manera de Nietzsche.

 
 Gente pa tó. Rafael el Gallo y Ortega y Gasset

Pues sí: esta temporada está transcurriendo como si, hechos realidad los votos piadosos de la citada animalista, la tauromaquia hubiese quedado borrada de un plumazo. ¿Qué pasaría si definitivamente se diera tan aciaga posibilidad? Lo mismo que ahora: probablemente nada. Poco más de lo que pasó en 2010 con motivo de la abolición catalana. Los aficionados no montan barricadas, no incendian edificios públicos ni agreden a los representantes del orden público, si bien, estadísticamente, como en cualquier grupo  humano de cierta entidad, tendrá que haber algún exaltado. La tauromaquia suele exorcizar y curar la tentación de las pasiones incívicas y nunca hubo en nuestro ADN nada que justifique nuestra cansina catalogación como vestigios de una España bárbara y obsoleta. Con motivo del estallido de la Gran Guerra de 1914-18, el filósofo Henri Bergson recordaba que en cuestión de segundos aceptó con absoluta resignación y normalidad el advenimiento brutal de una situación que poco antes le pareciera inimaginable. La capacidad de adaptación -o de resignación- de la especie humana es casi infinita. Aparecerán unos cuantos afectados por un síndrome emocional disfórico, con trastornos, frustración y manifiesto sufrimiento. Nada comparable con la pasada epidemia. Nada que el inexorable paso del tiempo no termine borrando definitivamente de los lóbulos temporales al cabo de una, todo lo más dos generaciones.


 Foto de Pilar Albarracín

No hace mucho sorprendieron las inesperadas soflamas leninistas, con cierta fragancia de Armani, lanzadas por un torero mediático. Movido por la loable intención de defender los intereses vitales del sector, reivindicó las corridas de toros como el segundo espectáculo «de masas» después del futbol. No seré -espero- el único en considerar que nada hay más desafortunado que la consideración de la corrida de toros como un espectáculo «de masas». «A las masas que las parta un rayo. Nos dirigimos al Hombre, que es lo único que nos interesa» escribía Antonio Machado en tiempos trágicos. La corrida de toros es el único espectáculo que confronta el asistente a su destino individual. El único que requiere del aficionado exigencia analítica, crítica y le obliga a definirse a partir de patrones éticos y estéticos que ponen en juego toda su configuración existencial. Idealmente, el público taurino es una colección de conciencias individuales y aumentadas. De ahí la diferencia, casi ontológica, entre el aficionado y el espectador. Pero tampoco vamos a negar la realidad: los actuales públicos taurinos responden a una letal paradoja: cada vez menos masivos en cantidad, cada vez más masificados en calidad.
 
Además, la información de nuestro torero era incorrecta. Nadie puede negar que el actual interés por las corridas de toros dista de ser masivo. La «Encuesta de hábitos y prácticas culturales» del Ministerio de Cultura y Deporte para 2018/19 situa la tauromaquia entre los puestos 10 y 12 de los hábitos culturales con un 8 % de asistentes al conjunto de sus diversas modalidades, mientras sólo el 5,9% acudió concretamente al menos a una corrida de toros, novillada o corrida de rejones. Este año sobra tiempo para el paseíllo y podremos demorarnos un instante sobre algunas variantes particulares de este último e inquietante porcentaje: la cifra más elevada la ofrece precisamente Navarra, con un 19,1%, en contraste espectacular con los insignificantes 0,4% de Galicia y 0,9% de Cataluña. En cuanto a las supuestamente taurinas Andalucía y Comunidad de Madrid, no pasan respectivamente del 7,8 y del 7,3%. 

 
 Blanco, negro y duro el empedrado

Las pasadas zozobras pandémicas pusieron de moda la relectura de La Peste, de Albert Camus. Merecido es el retorno al primer plano del filósofo del Absurdo. Por esto me avergüenza un poco recurrir a una cita suya excesivamente manoseada, ésa que dice que «nombrar mal un objeto acrecienta el infortunio del mundo». Lo haré porque no existe práctica social y humana tan desastrosamente empeñada en nombrar mal sus objetos como la tauromaquia. Acabamos de considerar alguna muestra de esa desafortunada tendencia. Los objetos mal nombrados se convierten en débiles coartadas cuando lo que se necesita son argumentos operativos. Las coartadas son el recurso de quienes son o se sienten culpables. Con carácter general y contra toda evidencia neurocientífica, llevamos siglos cultivando el error histórico de recurrir a un vocabulario antropomórfico para calificar la etología hormonal del toro de lidia. Y así hablamos de «casta», de «bravura», de «nobleza», sirviéndole en bandejas los argumentos al regresivo nivelamiento «antiespecista» que caracteriza el actual animalismo. Pero no hay infantil sonajero más agitado por quienes creen defender la tauromaquia que la invocación extática de su esencia «cultural». La tauromaquia es «cultura», dicen, al igual que la ópera o la filatelia, al igual que el ajedrez o el teatro, que la pintura o ... así ad lib. Hete aquí que el clan totémico del toro bravo, no duda en reconvertirse en clan del perro faldero para reivindicar el beneficio de una caseta protegida entre las innumerables que componen el cuadro general de las «prácticas culturales». O sea, la tauromaquia como hobby «cultural», tan inocente como normalito.
 
Pues no. Lo que es la tauromaquia es una excepcional anomalía. ¿Cómo podría reducirse a una práctica cultural cualquiera  este improbable aprovechamiento ético y estético de la particular etología de un animal ?, ¿esta inaudita convocación, provocación y al final advocación de la muerte?  La cultura, aquí reducida a la burocrática lista de las prácticas registradas en los catálogos del ministerio, sólo puede entenderse como la suma de todas las trampas y los espejismos que la agentividad humana inventó y sigue inventando para camuflar y entretener la perspectiva de nuestra finitud. Al contrario, la corrida de toros es ostensión de la muerte y desactiva todas las coartadas de la cultura. La corrida de toros sólo cabe en ese espacio vertiginoso, transgresor y -aceptémoslo- profundamente indigesto para la mayoría. Claro que la tauromaquia es cultura. Lo es en el sentido fundamental, antropológico, de la palabra. En tanto que verdadero revelador de las estructuras mentales que nos determinan. Reducida a una coartada vergonzante para mendigar respetabilidad, la cultura sólo podrá ser efectivamente eso, un modelo reducido, un bibelot inadaptado a la escala irreductible de tan arriesgada anomalía como la taurina.

 
 El Toro "debe" morir

Una anomalía que sólo es un corolario de la trascendental anomalía originaria, la de la excepción evolutiva significada por la emergencia humana. No por aberrante menos oída es la estúpida ocurrencia de que la Tierra y sus especies serían más «felices» sin la presencia humana. Sin nosotros nadie le habría atribuido «existencia» al mundo. El concepto de existencia es inseparable de las herramientas mentales con que el ser humano construyó su propia emergencia. «Con el Hombre la Naturaleza abre los ojos y se da cuenta de que existe». Tan lúcida formulación se debe, no estoy del todo seguro, a Schelling. Lo que no ha sido nombrado no existe y lo que existe no lo hace «para», sino «desde» el ser humano. Imagínense que descubriésemos ese soñado planeta, gemelo de la Tierra, poblado por las mismas especies exceptuando la humana. Inmediatamente, pondríamos en marcha la avalancha de la atribución de significaciones, la profusión de las referencias existenciales. En cambio, lo mismo que aquí, lo mismo que ahora, ninguna de las especies autóctonas sería capaz de decirnos nada ni sobre su mundo ni sobre sí mismas.

La variante existencial humana se hizo inconmensurable con las restantes especies cuando se le reveló el horizonte de la finitud. Y la muerte es la dimensión constitutiva de lo que llamamos conciencia. Desde el principio un fenómeno precario, incierto y angustioso. De ahí la función de Dios, patrón oro de una auxiliadora conciencia inmortal. Hoy sabemos que el muy variado conjunto de facultades que engendran la complejidad de la llamada conciencia, tiene su dimensión originaria en la biología. La condición de posibilidad de los semovientes exige que estén dotados de un embrionario «proto sí mismo» (dixit el fundamental Antonio Damasio). La gradualidad de estas básicas percepciones del «sí» varía mucho entre las especies. Lejos se queda el burdo frontal de nuestro Bos Taurus de las dotes del chimpancé. Pero la especificidad humana no se debe tanto a su aplastante ventaja cuantitativa en cuestiones neuronales y sinápticas, como a esa interminable interacción cumulativa  con el medio y con nuestros semejantes.

 
 El torero "puede" morir
Foto de Andrew Moore

La conciencia de la muerte nos es constitutiva y de ella procede nuestra creciente percepción del valor de la vida que extendemos espontáneamente al mundo. Desde el Pentateuco hasta los actuales supervivientes de los cazadores recolectores, siempre proliferaron las prohibiciones, los protocolos y los ritos destinados a conjurar el eterno malestar humano frente al sacrificio sangriento, incluso animal. Matar nunca fue, nunca puede ser, un acto inocente. Colocado en el insostenible filo de la navaja, el verdadero aficionado a los toros es aquél que, sopesado y asumido el fundamental dilema, decide que la lucidez del relato que propone la tauromaquia es hoy más esencial que nunca. El aficionado no puede ser un simple animal de costumbres. No siempre, desgraciadamente, suele estar a la altura de la excepcionalidad y de la exigencia ética de su afición.
 
«Qué duro es ser amado por gilipollas» decía Mahoma en la viñeta que provocara la salvaje matanza, en París, de los periodistas de Charlie Hebdo. La maltrecha tauromaquia tiene sobrados motivos para pensar lo mismo. El animalismo actual, es decir la equiparación antropomórfica de humanos y animales, es hoy un fenómeno de amplitud mundial. Sus metástasis en las sociedades son cada vez más profundas, y sus portavoces todo menos idiotas y siempre más activos y numerosos en las universidades, en los medios y en la literatura. Más numerosos todavía son los indiferentes. No podremos pararnos aquí a explicar por qué son todavía más letales que los animalistas, a menudo desautorizados por la propia y patológica virulencia. Pero buena parte de los aficionados a los toros sigue pensando que sólo se enfrentan a una panda de «perroflautas» majaderos. O bien, confundiendo el culo con las témporas, siguen creyendo que hay una «esencia» nacional y que la tauromaquia es su encarnación. A veces le roza a uno la tentación del razonamiento deductivo/regresivo: si la tauromaquia sólo es susceptible de alumbrar discursos casposos, tartajosos y tediosos, será que merece su azaroso destino.
 
Dediquémonos un instante al juego del dualismo contrastivo. En el fondo, exceptuando el toro, la mayoría de los aficionados mantienen con los animales una relación conforme a la ideología dominante. Es lógico imaginar que buen número de ellos se entregan a la peligrosa deriva antropológica que llamaremos cinofilia porque halla en el perro las experiencias de convivencia y alteridad más gratificantes para sus afectos. La cinofilia es aquella preocupante paradoja que ve el horizonte emocional de muchas personas condicionado por un animal artificial de cuyas incontables variantes es artesano el propio ser humano. Viaje de la fusión hacia la confusión. Claro que también «los  toros de lidia son hoy un producto de la civilización, una elaboración industrial estandardizada como los perfumes Coty», podía escribir Manuel Chaves Nogales ya en 1935. Pero su función social es la exacta antítesis de la del perro. La muerte del toro sirve para evitar la confusión y recordar incansablemente la necesidad de la diferenciación entre la anomia animal y las exigencias de la hominización. Los niños suelen derribar de un manotazo la construcción que tantas horas les costó levantar. La corrida de toros vela, a su manera, por que la infantil equiparación animalista de las especies no derribe de un manotazo la incierta edificación por los humanos de la dignidad del Ser.
Hace poco murieron muchos miles de nuestros allegados, amigos y semejantes en situación de aleatoriedad, de soledad y de indiferencia. Añadieron los demagogos: «como animales». Pero toda muerte es genéricamente animal. En cambio, la aleatoriedad, la soledad y la indiferencia definen demasiado a menudo la trágica especificidad de la muerte humana. Nunca se le ocurrió al implacable ciclo orgánico de la vida y de la muerte imaginar que algún día una especie llegaría a saberse mortal, condenándose así a un destino absurdo. La pandemia nos devolvió tan brutalmente a nuestra insignificancia de ejemplares desechables de la especie que desarboló por un tiempo el entramado de los consuelos con que la sociedad trata de aliviar la hora del trance. Todos intuimos que aquellas muertes, más epizoóticas que epidémicas, violaban la condición humana, la de quienes las padecieron y la de todos.
 
Nunca como entonces apareció tan diáfano el significado de la corrida de toros. En el ruedo, el toro «debe» morir y el torero «puede» morir. Ninguno de los dos elementos tiene el menor sentido sin la presencia del otro. Porque es la escenificación de una jerarquía fundada sobre la excepcional particularidad y dignidad de la vida humana. Como el animal, el hombre es mortal, pero nunca debe morir como un animal. Nótese que en esto, la corrida de toros es la negación de la guerra. El torero es el héroe catártico por excelencia. Celebra y encarna el carácter heroico que define, desde que nos supimos mortales, toda existencia humana realmente consciente de sí misma y sobrellevada con dignidad. La especial euforia que nos embarga tras la faena redonda a un toro que lo sea, difiere del grato sentimiento que sigue la lectura de un buen libro o la contemplación de un Caravaggio. En ese caso nos sentimos más ricos. Tras la faena ejemplar, nos sentimos más vivos.

 
Crepúsculo