domingo, 18 de noviembre de 2018

Ortega Lara, ante la abyección



Hughes
Abc

Después de ser insultado y humillado de forma organizada, Ortega Lara dijo en un mitin algo así como que la izquierda provocó una guerra que entonces perdió y ahora quiere ganar a través de instrumentos como la Ley de Memoria Histórica.

Esto es una opinión poco popular en el debate público español (bastante más en la calle) que ha convertido a Ortega Lara en un “fascista”.

Las opiniones de Ortega, acertadas o no, asumidas o no, se quieren ver como un ataque a las “víctimas del genocidio”, lógica que convertirá pronto en delito cualquier opinión no oficial sobre el siglo XX español, cualquiera, por ejemplo, que considere que los comunistas tuvieron alguna responsabilidad en la guerra.

No podía esperarse para Ortega un mayor grado de permisividad por su condición de víctima, pero con él se está viendo justo lo contrario. Una inquina que adopta una forma perversa: Ortega no puede decir más en tanto víctima, sino menos.

Ahora mismo, “fascistas” son casi todos los que opinan como Ortega opina, pero a Ortega se le considera además un fascista con agravantes. Un fascista culpable. Primero, porque habiendo sido víctima de la violencia y el horror no se ha retirado a los espacios zen del “perdón” que están normativizados en España: el etarra arrepentido y “evolizado” o la víctima de ETA no discrepante. Ortega no es Irene Villa, sino que asume una posición política más incómoda. No es visto socialmente como un ejemplo reconocido de superación personal, sino como un hombre martirizado y con ideas fuertes y un pie fuera del consenso.

Esto le supuso cierto olvido en tiempos del PP y le empieza a granjear ahora una forma virulenta de desprecio. Es lo que convierte su figura, entre tantas víctimas como hay, en algo especial. Ortega Lara habría pasado de ser un personaje olvidado por la izquierda a ser un fascista (como casi todos) que pudiendo haber cambiado siguió opinando igual. El encierro y el sufrimiento no le provocaron una catarsis de superación. No le hicieron estar del lado de “las víctimas” (pues víctimas en la guerra son sólo las de un lado, y, opinando como opina, a Ortega se le “imputan” también las de la represión franquista, como un todo-incluido del que no puede librarse). A tan naif y maniquea visión de la historia de España no es fácil sobreponerse, pero habiendo “vencedores y vencidos”, “verdugos y víctimas” dicen, ¿cómo puede Ortega seguir con los primeros? Ortega es culpable porque, habiendo sufrido el horror, justificaría el horror para los demás.

Para otros (o para los mismos en una segunda derivada), Ortega es un fascista diríamos “clínico” porque su postura estaría explicada y motivada por el dolor, el cautiverio y la revancha. Ortega no sería tanto un culpable moral, como un fascista determinado por la psicología y el trauma. Un hombre movido por el odio. No hay que insistir en lo cerca que está el odio “diagnosticado” del odio penalizado (delito de odio).

(Gran parte de la izquierda, como pasaba con cierta derecha ante el terror de ETA, se identifica constantemente con unas víctimas cuya situación es una causa con la que se revisten: las de “género” y las de la Guerra, convirtiendo toda discrepancia en un posible odio, mecanismo tan absurdo como autoritario que puede convertir la opinión en un deporte de riesgo).

Recupero aquí una conclusión anterior: Ortega Lara no puede decir más en tanto víctima, sino menos, y esto resulta asombroso en quienes basan su posición política (y en muchos casos su lucro personal) precisamente en la existencia de víctimas que es necesario defender, en una acusada sensibilidad para la víctima como fenómeno. ¿Puede una víctima del franquismo ser comunista en los grados de fanatismo que desee? Por supuesto. ¿Puede una víctima de ETA estar en desacuerdo con la Ley de la Memoria Histórica? Parece ser que no.

Estas son las dos formas de perversión a las que se enfrenta Ortega Lara, un hombre que (que sepamos) no ejerció ninguna forma de venganza personal ni pidió nunca acciones que no fueran las previstas legalmente y al que resulta asombrosamente fácil llamar fascista e incluso algo peor.

Hay otra tercera forma de abyección, superior, que ni siquiera le considera víctima por haber sido antes “carcelero” y por tanto “torturador”, visión más extendida de lo que se cree y que recibe un estímulo creciente por esa igualación institucional del terrorismo y las torturas como dos formas enfrentadas antes de la “paz vasca”.