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martes, 6 de noviembre de 2018

Alsasua



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Mi recuerdo de Alsasua es un cura en la estación (en el transbordo de Alsasua se cambiaba de tren... y de siglo, pues se pasaba del carbón que venía de Pamplona al gasóleo que iba a Burgos), dando a los niños la noticia de la muerte en carretera de Nino Bravo.
Otro cura de Alsasua sale ahora en las noticias por bandear las campanas de la parroquia para acallar a unas víctimas del terrorismo que hablaban en la plaza.

Ese cura de Alsasua sería como el algoritmo de Twitter, que ha puesto en marcha (en los lomos de James Woods un día, otro día en los de Hermann Tertsch) lo que parece una Ley de Defensa de la Socialdemocracia, inspirada en la Ley de Defensa de la República (¡la censura decretada por un Escritor sin Lectores!, como Unamuno –el rector de Salamanca, no el de los piensos de Alsasua– avisó de Azaña), ley, ay, que el gobierno que nadie ha votado desea imponer otra vez en España.
En el canto XV del “Paraíso” habla Dante de las campanas de su Florencia tocando a tercia y nona. En Alsasua las campanas tocan a callar, y al leer la noticia uno se imagina a un cura encorvado, como los de Regoyos, mitad Basilio Álvarez, el cura lerrouxista cojo, y mitad Camilo Torres, el cura colombiano que creía que Cristo era guerrillero de una “democracia armada” (no sabemos si tendría que ver con la “democracia regulada” que piden los nuevos liberales, o liberalios).
La campanada de Alsasua es una variación de la melodía separatista de Vic, donde una badajada “municipal y espesa” (adjetivos de Rubén) toca diariamente a rebato por “los presos y los exiliados” que dirigen el cotarro.
Cuando llego a una ciudad, siempre subo a la más alta torre o campanario para ver el conjunto –anota Montesquieu en su “Diario de Viaje”.
El ilustrado francés se encampanaba agrandando el paisaje mientras que el cabestro español se encampana reduciéndolo.
Os ahogaréis en la sangre de nuestros abortos –rezaba la pancarta alsasuana.
¡Qué putrefacción más perfecta!