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sábado, 21 de diciembre de 2013

Jehovás

 ¡Yo soy Jehová!

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

       Nuestra vida es como la de Brian: dices “Jehová”, y las de la barba postiza te lapidan. Vamos, que Torquemada era lord Acton, comparado con cada vecino de portal.

    –¡Yo soy Jehová! –respondió Bernard Shaw a unos testigos de Jehová que querían colocarle un ejemplar de “Atalaya”.

    El autor que más ha estudiado a Jehová es Harold Bloom, pero el Jehová que hoy nos interesa no es el bíblico, sino el totémico, que convierte en inquisidor al españolejo de tu escalera.
  
No sé de un solo político español que crea en la libertad de expresión. Otra cosa sería defenderla: los Garrigues… Y pare usted de contar.
  
Si el ego es ese pequeño argentino que todos llevamos dentro, el inquisidor sería ese pequeño español que todos llevamos (vigilando que nadie diga Jehová) a la espalda.

    Es una cultura que está en Pablos, el Buscón de Quevedo, cuando se queda con los pollos del ama, que les llamaba “pío, pío”, nombre de Papas, y podía ser denunciada a la Inquisición.
  
El franquismo destituyó a Pemán de director de la Real Academia por su presunta tibieza en una conferencia hacia José Antonio, el Jehová de entonces.

    –¡Jehová! ¡No ha dicho Jehová!

    Y caen igualmente las piedras.

    El no Jehová (el marido de Esperanza Roy inventó el no Cine) de nuestra época es Guardiola: “Convendría –tiene dicho ‘El País’– que el ejemplo de Pep Guardiola inspirase a los responsables de las leyes educativas.”

    En Cataluña un Consejo Audiovisual dice cómo mirar a los catalanes, en Andalucía un Instituto de la Mujer dice cómo mirar a las mujeres… Y así.

    A Bertrand Russell le leí que las eras creativas más grandes son aquéllas en que hay libertad de opinión, pero la conducta sigue siendo convencional. (¡Quizás aquellos 70 ucedeos!)

    –Mas, al final, el escepticismo rompe los tabúes morales, la sociedad adopta cierta anarquía, la tiranía sucede a la libertad y gradualmente se forma una nueva tradición rígida.
  
De momento, ya hemos sustituido a San Pablo por Ana Mato.