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lunes, 16 de diciembre de 2013

Guerra y paz

Cardo chinchonero


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

  Para evitar una guerra Madrid-Barcelona, el marqués de Del Bosque se pone reverendo Jackson y vota a dos futbolistas del Barcelona y a uno del Bayern para el Becerro de Oro.
  
Diógenes el Cínico no lo hubiera expresado mejor.
  
Con razón tiene dicho el gran Hughes que a este marqués se le puede acusar de todo, menos de madridista.

    Esa razón es que el poder del fútbol no está en Madrid, sino en Barcelona: de ahí el rechazo a la medalla del Madrid o el apoyo público al “Derecho a Decidir”, que sería como el derecho de Paulino Uzcudun a dotarse de un útero.
  
Y todo, diría Neville Chamberlain, para evitar una guerra que, al decir del “agit-prop”, desencadenó Mourinho, que por algo somos el país de la memoria histórica en virtud de la cual por la mar corren las liebres y por el monte las sardinas.
  
Siempre estuve harto de las prebendas del Barcelona –escribe Mendoza (Ramón, no Rodrigo, el de “La Misión”) en sus memorias–. Con el Barcelona, para que todos nos sintamos y seamos respetados por igual, hay que establecer el equilibrio del terror.
  
Pero el capitán del Madrid prefiere masajearle la oreja a Xavi, mientras el seleccionador del Combinado Autonómico, el hombre que para no gastar apagaba las luces de la Ciudad Deportiva, prefiere dar dos votos al Barcelona por ninguno al Madrid, que ése es el precio de poner paz a la guerra (?) de Mourinho.
  
Mourinho y Cruyff son los dos genios del fútbol, deporte mostrenco y sin dios, que han pasado por los banquillos españoles: Fischer y Capablanca.
  
Dice Cabrera Infante que Capablanca se hizo un maestro del “zugzwang”, que es mejor que maestro del zen (¡Cabrera ya intuyó a Pep!).
  
El “zugwang” indica en alemán la posición en que el jugador obtiene un resultado peor si le toca mover una pieza que si no le toca. Capa se sonreía observando la cara de su contrincante cuando producía lo que parecía un zigzag y era un “zugwang”.
  
Fischer, por su parte, con sus excentricidades, fue, dice Cabrera, el Howard Hughes (no hay Hughes menor) del juego ciencia más que de la ciencia del juego: no jugaba al ajedrez, sino que practicaba continuos ejercicios de anulación de la personalidad del contrincante.

    –Fischer buscó siempre demoler a su oponente, física y mentalmente.
  
Es lo que aquí, entre nosotros, los catequistas progres llaman “fascismo portugués”.

    Cuyff y Mourinho sería el caso de dos hermanos gemelos unidos por un tablero, pero, como las piezas, uno blanco y otro negro.

    A Cruyff lo aprovechó el Barcelona; el Madrid, a Mourinho, no.

    –Al juego de Bobby Fischer lo han llamado “maniobras lunáticas”. Fischer nunca estuvo loco, ni siquiera ahora en que se ha convertido en la Greta Garbo del juego.
  
El error estratégico de Bernabéu fue no fichar a Cruyff (no lo hizo “porque no me gusta su jeta”) o, al menos, no impedir que fichara por el Barcelona.
  
Capa (José Raúl, no Ángel, por Dios), concluye Cabrera, siempre sintió antipatía por los que no saben jugar al ajedrez: “Es tan melancólico –razonaba él– como un hombre que nunca haya tenido relaciones con una mujer que no sea su madre”.

    Sí, pero póngale usted al ajedrez el público y la prensa del fútbol.


Chorlito de cielo


LA TORMENTA PERFECTA
    El Mejor Madrid en Muchos Años venido al mundo en el Bernabéu ante el Valladolid (¿o fue ante la Real?) lleva dos salidas que no apuntan a la Décima: Játiva, la cuna de Raimon, y Pamplona, la casa de Puñal, donde desató contra sí mismo una tormenta perfecta. ¡Y esos capitanes! El problema de la Capitanía en el Madrid de Ancelotti es tan peligroso como el problema de la Artillería en la España de Primo. ¿Escala cerrada o abierta? ¿Trienios o méritos? La antigüedad, que es el método reaccionario elegido, pone las estrellas del Madrid en la bocamanga de Ramos (expulsado), Marcelo (debió ser expulsado por agresión) y… Pepe.


 Toma de tierra