jueves, 12 de septiembre de 2013

Jueves, 12 de septiembre

EL MOZO DE GRANERO

Desde que Manuel Granero vistió el primer traje de luces, como novillero, el cargo de mozo de estoques lo venía desempeñando el que ya era su amigo cariñoso, su compañero de juegos de la infancia. Valenciano como Granero, alto y delgado como él, simpático y bien plantado, Joaquín Sanchís (Finezas) estaba tan impresionado y confuso, que hasta pasada una hora del fallecimiento del diestro no acertaba a coordinar ideas.

Con alguno de los médicos y amigos allí presentes nos trasladamos con él a la habitación contigua a la enfermería, en el extremo  opuesto de la capilla. Allí, como si hablase a solas explayando su dolor con acento de profunda emoción, relataba Finezas:


-Yo no sé, no me explico lo que ha sido esto, pero lo cierto es que el pobre Manolo ya se figuraba algo desde ayer. Hoy debíamos estar en Valencia y torear allí Granero con Marcial Lalanda. Pero la Empresa de aquella plaza no se arregló con éste, y no encontrando tampoco toros andaluces, no se pudo organizar la corrida. Granero vino a Madrid y se hospedó, como de costumbre, en casa de sus íntimos y paisanos los señores de Domingo (D. Manuel), que residen en la calle del Buen Suceso, número 18. Pasamos el día de ayer de campo en San Fernando de Jarama y allí observé yo por vez primera en la cara de Manolo un velo de tristeza y de preocupación. Bromeando con él, y para distraerle, le serví dos o tres veces vino, al mismo tiempo que le anunciaba, como si el porvenir estuviese en mi mano, que todo saldría bien. Después de cenar fuimos a Maravillas, y al terminar el espectáculo, poco después de la una de la madrugada, emprendimos el regreso a casa caminando por los bulevares. Volvimos jugando, corriendo él y yo como dos chiquillos, cosa que hacíamos con frecuencia, porque estos ejercicios le servían a él de entrenamiento. Desde hace unos meses, su distracción favorita conmigo era el boxeo. “Tú eres Carpentier -me decía-, y yo, Dempsey.” Y en seguida me empezaba a soltar unos puñetazos que metían miedo.
Y al recordar estas intimidades, Finezas suspendía el relato para contener la emoción que le dominaba.


-Hoy -continuó- salimos por la mañana, y parecía más animado. A la una tomamos un coche para llegar a la hora de comer, y entonces se le volvió a caer la cabeza. Otra vez triste, como anoche. “Vamos, Manolo, déjate de tonterías”, le dije. Pero se lo decía y sin calor ninguno, porque se me iba pasando a mí el presentimiento trágico que, sin duda, se había apoderado de él. Durante el almuerzo estuvo natural y corriente, y sombrío otra vez, la primera en su vida, mientras yo le vestía el traje de luces. No serían todavía las tres cuando salimos de casa, más temprano que otras veces, porque teníamos convenido pasar por la fotografía de Kaulak para retratarse Manolo antes de ir a la plaza. En efecto, allí se hizo varios retratos, y lo juro por la salud de los que más quiero, que cerrando los ojos me pareció que veía un cartel muy grande, con unas letrazas muy negras, que decían: “Última fotografía del diestro”.


Y sin fuerzas para más, Joaquín Sanchís, procurando serenarse y apoyado en el brazo del Sr. García Hernandis, se acercó al cadáver de su amo y amigo, y levantando un trozo de la sábana le besó en la frente.
LAS TAURINAS DE ABC
EDICIONES LUCA DE TENA, 2006

Ignacio Ruiz Quintano