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lunes, 16 de septiembre de 2013

Carletto y la Otra


Lastres, Asturias

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Sumido en el releising de un botellón de café (¡sin leche!) ante la perspectiva de una noche en vela para ver el apocalipsis boxístico de Las Vegas, el sábado me fijé en el Madrid como se fijan las lechuzas, mucho, y lo que vi me gustó poco, comparado con el espectáculo de Floyd Mayweather Jr. (¡cómo será el sénior!), e incluso comparado con el espectáculo de Canelo.

    –Mayweather es un peleador elusivo e inteligente –explicaría Canelo–. No supimos ganarle.

Mayweather hizo con Canelo algo parecido a lo que Whitaker con Poli Díaz, sólo que a mí me gusta más Canelo, que ha tenido el detalle de no tatuarse, que en estos míseros tiempos es cuanto se requiere para la eclosión de una elegancia.

    En Villarreal debutaba Bale, en cuya mandíbula hay algo del mecano dental de Canelo, dos tíos que no podrían ingresar en West Point, donde se exige, no sé por qué, la coincidencia exacta del cascanueces.

    Como el Madrid no es (todavía) West Point, ahí está Bale, que hubiera hecho feliz a don Santiago Bernabéu, pues representa los valores verdaderos del madridismo: aseo casi nupcial y entrega sin límite.

    Este Madrid está lejos del ideal, que es Mayweather, por elusivo e inteligente: pegar y marcharse. O pegar marchándose. O marcharse pegando.

    A Mayweather este equipo sólo lo imita, defensivamente, en lo de la guardia caída, que no otra cosa fue la línea Carvajal-Pepe-Ramos-Nacho, enemigos públicos de Diego López, condenado a salvarlos de sí mismos.

    Detrás de cada parada de Diego López resonaban el chau chau de Pepe sobre la “sinjusticia” de Casillas en la suplencia y el chachachá de Sergio Ramos, ese capitán, con lo de Casillas es el mejor del mundo, mantra salmodiado por Nacho (no se puede escribir en el Madrid y firmarse Nacho), que tiene por maestro al “cortihero” de Camas, en la madrasa de la Roja.

    Con el lío López-Casillas, Ancelotti se ha puesto Carletto, y con eso de que uno juegue en España y el otro en Europa lo que hace es recuperar la vieja institución española de la Otra.

    –Yo soy la otra, la otra / y a nada tengo derecho, / porque no llevo un anillo, / con una fecha por dentro –la retrató Rafael de León en una copla escrita, al parecer, por encargo de la Piquer en amoríos con Antonio Márquez, el Belmonte rubio.

La Santa y la Otra.

Al revés que en las coplas, Carletto tira de la Santa para salir al extranjero y de la Otra para andar por casa, aunque todo el mundo sabe que aquí, como en las coplas, la buena (en estos momentos) es la Otra.

    –Del porqué de este porqué / la gente quiere enterarse. / Cuatro suspiros responden / y no los entiende nadie, / y no los entiende nadie.

Este “pasteleo” de Carletto es de honda raigambre española: viene del diecinueve, y la denominación técnica era “moderantismo”, recuperada en el veinte (¡la Santa Transición!) con el nombre de “centrismo”.

    Mas el “pasteleo” no es, como cree Carletto, tiquitaca, o sea, “regateo”. El “pasteleo” es vicio de político, y el regateo, de “botiguer”.



LA RENOVACIÓN
    Tiempo de renovaciones. En Barcelona, el árbitro Muñiz renueva ante el Sevilla la leyenda que el año pasado firmó Mateu en Sevilla, decidiendo la Liga por estas mismas fechas. Peinado por una vaca (la vaca que ríe), Muñiz despachó sin despeinarse la jugada más repugnante de la temporada 12-13: el codazo de David Navarro a Cristiano, el mejor (éste sí) jugador del mundo, que ayer,  con gafas muy Cybill Shepherd, renovó su contrato con el Real, un acto más folclórico que jurídico, pues todos sabemos que un futbolista, si se aburre, se va. Cristiano es el segundo Di Stéfano. O el primero, si trae a la Castellana media docena de Copas.