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martes, 18 de junio de 2013

Tetas


Teilhard de Chardin

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Tetas, sí, pero no las que flanean en la imaginación del pipero estival, que, además, este año no se llevan.

    –En la orilla de la playa las señoras morenean sus estrenadas caras de sorpresa –tiene tuiteado Beatriz Manjón–. El bótox es la nueva medusa.
    
Una greguería así no está al alcance del humor del profesor Alegre, cuyo perfil tuitero reza escuetamente: “Profesor de filosofía en la Complutense. Indignado. Feminista y anticapitalista. Madrid”.
    
¡Universidad española!  Esa teta nutricia… (La Asamblea Nacional de Venezuela, que contará con las simpatías del profesor Alegre, vota hoy una ley que castiga la publicidad de fórmulas lácteas y biberones y en defensa de la teta primigenia.)
    
¿Por qué no es usted del Opus Dei? –preguntó un día a Gecé la hija de Jardiel (esposa, ay, de Alfonso Paso) para un libro.
    
¿Y por qué el Opus Dei no es mío? –contestó Gecé.

    ¿Por qué la Universidad no es nuestra?
    
Y al decir “nuestra”, quiero decir española.
    
Pascual Sala, el melifluo presidente del Constitucional, ha tirado de voto de calidad para prohibir a la Iglesia la creación de Universidades.

    –La portería de “la Roja” no la decidirá la calidad –ha dicho Del Bosque, que es marqués.

    Pero la inconstitucionalidad (esa horchata jurídica) de las universidades de la Iglesia la decide la calidad de un valenciano de espíritu universal (humanitario, republicano, demófilo), entre la Pepita Samper de Benlliure y las rapsodias “in blue” de García Sanchiz.
    
España eterna.
    
Los melones de Prieto y Azaña, que predicaban la Revolución de la Educación, disolvieron la Compañía de Jesús arguyendo que el voto de obediencia al Papa debía interpretarse como servicio a “un poder extranjero”: ni siquiera sabían que Napoleón hubo de rescatar a los jesuitas en cuanto necesitó de jóvenes formados por ellos.
    
Entre la “indignación” del profesor Alegre y la “noosfera” del jesuita Teilhard de Chardin, la calidad de Sala nos condena... a la “indignación”.