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viernes, 21 de junio de 2013

La mejor entrevista a Alberto Salcedo Ramos

El oro y la oscuridad

MIENTRAS VUELVE LA LUZ

ENTREVISTA CON ALBERTO SALCEDO RAMOS

("Ésta es la mejor entrevista que me han hecho")


-Escribir El oro y la oscuridad te exigió más de dos años de trabajo. ¿Quedaste satisfecho?¿El libro le gustó a Pambelé?

-El oro y la oscuridad salió al mercado en diciembre de 2005, en un momento en que Pambelé estaba preso por haber agredido con un destornillador al pasajero de una buseta. A los pocos días recibí una llamada. Aunque la voz de Pambelé es inconfundible, dudé. Cuando pregunté con quién hablaba, me disparó un reclamo vehemente: “Eche, con Pambelé, ¿ya no me reconoces la voz?”. Le dije que me lo imaginaba preso, y entonces soltó esta perla: “Te pones a pararle bolas a lo que dicen en la televisión. ¿Cómo crees tú que voy a atacar a alguien con un destornillador, si yo no soy cachaco p’andar pegando puñalá? ¡Yo lo que pego es trompá!”. Enseguida me preguntó cuánto valía el libro. Le dije que la editorial iba a enviarle varios ejemplares. Pero él no estaba dispuesto a esperar, de modo que insistió: “¿Cuánto cuesta?”. Cuando le dije que 26.000 pesos, colgó. A las dos horas llamó de nuevo. Sonaba alegre. “Albe”, me dijo, “ya vi el libro, está bonito. Me gustaron las fotos”. Le pregunté si por casualidad había leído alguna línea de mi texto, y respondió: “No, no he leído un carajo porque me encontré con el doctor Vergara y le vendí el libro en 35.000 pesos”.

Esa anécdota responde tu pregunta: a Pambelé le tiene sin cuidado lo que uno escriba sobre él. Lo que le interesa no es lo malo o bueno que los periodistas digamos de él, sino que hablemos de él, que no lo ignoremos
.

(...)

-¿Qué te atrae tanto del boxeo?

-Mira, yo crecí en un pueblo donde la oferta de entretenimiento era escasísima. Dos tipos que se fajaban a golpes en la calle nos procuraban un poco de diversión a todos. Yo odiaba la figura del conciliador, del intruso que separaba a los contendores, porque nos dañaba la única distracción que teníamos. Quienes amamos este tipo de espectáculos podemos enviciarnos tanto como esos pelaos que espían tras la ventana la desnudez de una muchacha. El periodista John Schulian dice que los fanáticos del boxeo practicamos otra forma de voyerismo. Ese voyerismo no nos brinda simplemente la posibilidad de ver a dos hombres partiéndose la crisma, sino el regalo de conocer la condición humana a través de la puesta en escena que hacen los púgiles. En el ring uno ve al charlatán, al tosco, al cobarde. Es el hombre enfrentado al otro, pero también a sí mismo. Todo boxeador es un estriptisero, también se desnuda. Los voyeristas acudimos a ver esa desnudez. Pero además te digo otra cosa: en la costa caribe el boxeo está tan metido en la mentalidad de la gente que muchas palabras típicas de su jerga se usan en la vida cotidiana. Allá cuando un pelao se va a casar no dice que va a comprar la cama sino que va a comprar el ring. En los buses de Cartagena se le llama sparring al ayudante del chofer que recibe el dinero de los pasajeros. Entonces, con ese virus suelto en el ambiente, ¿cómo no iba yo a contagiarme?