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lunes, 20 de mayo de 2013

El once autogestionario

Autogestión en OK Corral

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El año 13 nos trajo un régimen autogestionario (¡el titismo!) al vestuario del Real Madrid, que empezó la temporada con Özil asomándose a la portería vacía del Getafe en la luna de agosto y la terminó con Özil asomándose a la portería vacía del Atlético en la Copa del Rey, cuya final cupo en dos greguerías tuiteadas por Hughes: “A Futre le falta relinchar como Imperioso” y “¿Cómo será una lágrima de Özil?”
 
La forma de peligrar de Özil ante la portería vacía es la de Narciso ante la fuente y simboliza el drama madridista del año 13, que es la incapacidad (Cristiano aparte) para hacerle un gol al arco iris, siendo el arco iris la portería del Getafe en la Liga, la portería del Dortmund en la Copa de Europa y la portería del Atlético en la Copa del Rey, con Özil en el papel de Cardeñosa vestido de Bette Davis.

 
En cuanto a los fados en el plató (o sea, platónicos) de Futre, portugués bueno y estrella heráldica de los Gil, ya suponemos que serían cosa de la autogestión en la TVE de Paloma del Río, dama de acrisoladas virtudes que como responsable de la movida deportiva en el organismo público tuvo la gentileza de aclarar su posición ante el contribuyente:

    –¿Que si me gusta el fútbol? Sí. Me gusta mucho el Barcelona. Es que da gusto verlo. ¿Culé? No. Soy… antimadridista.
 
Autogestión en la TVE de Paloma del Río, autogestión en la Federación de Villar, autogestión en el Comité de Árbitros de Arminio y, al decir de la prensa, autogestión, al fin, en el Real Madrid de Mourinho, cuyos futbolistas almorzaron (es maravillosa la fascinación que la restauración ejerce en el periodismo deportivo) para “autogestionar” la final, que tampoco era ésa la final del Madrid, pues la final del Madrid se perdió en Dortmund.


Los autogestionarios dejaron fuera del equipo a Pepe, que se ha dejado crecer el pelo a lo San Francisco de Sales, patrón de los periodistas, y a Casillas, como Del Bosque en Copa del Rey (Centenariazo) y Copa de Europa (la Novena) y como Queiroz en Copa del Rey (Montjuich, primer año triunfal de Zetapé).
 

El once autogestionario (los titistas que cortan el bacalao a lo Hierro y Raúl en el vestuario, que viene a ser como la tertulia del Café Pombo) son Diego López, que para coger los córneres tiene las uñas del hombre que se levanta muy temprano y se pone gorra y zapatillas; Essien, con sonrisa de dentista de calaveras; Albiol, entre Rasputín y Rasputón; Ramos, sólo trapío (más, eso sí, que los seis toros de su compadre Talavante); Coentrao, el del pelo incendiado con un cigarro; Alonso, tenor de los gallos más hermosos; Khedira, dueño de una “bocadilloteca” para centrocampistas necesitados; Modric, el virtuoso de café con leche; Benzemá, el ajedrecista que juega veintiocho simultáneas, y una, con los ojos tapados; Cristiano, un romántico que viene a leerles a los piperos esto, que es un drama en verso; y Özil, con su cara de inventor de aparatos para evitar los suicidas del Metro.

    Y no le den más vueltas.



CLOS, CATACLÓS
    Con Arminio y Villar en el palco, Clos, arquetipo de español, se sintió en el escenario ideal para perpetrar un crimen perfecto. Clos era el guardia que en la calle de la Audiencia multó al “Audi” de Conde cuando el banquero recibió el auto de prisión. Clos traía en la barriga las 13 quejas que Mourinho clavó a lo Lutero en la organización arbitral. Con Simeone tan campante en el papel de cuñado de “El exorcista”, Mourinho fue expulsado “por levantarse del banquillo y protestar airadamente”. Luego, por repeler la enésima agresión, vino la de Cristiano, el del ojo de David Navarro. Clos, cataclós de la Españeta.