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sábado, 23 de marzo de 2013

Las dos formas de ver la Fiesta

Pitón del miura Galguero en Valencia

José Ramón Márquez

A ver si nos aclaramos un poco, que ando aún mareado con lo de Valencia. Y conste que sólo he visto una corrida, es decir, que he estado una tarde en la Plaza, que es como se ven las corridas y no en ese cansino pelmazo de la televisión, pero como dio la casualidad de que miré la del Día del Triunfo en un bar, que el azar me llevó allí burla, burlando, pues pondré aquí mi opinión y la de otros.
El día que yo fui a los toros, corrida de Miura, hubo, por orden de aparición las siguientes cosas: hubo toros difíciles, de sentido y con peligro, hubo toreo de capa ajustado a las condiciones de los animales, hubo varias varas muy estimables, buena monta, buenos picadores y emoción, hubo pares de banderillas de exposición, hubo trasteos de muleta valerosos, tragando, y algunos muletazos estimables, especialmente atendiendo a las condiciones de los toros, y hubo también una magnífica estocada. Yo a eso lo llamo una corrida muy completa, partiendo de que en primer lugar hubo toros, y eso significa emoción e incertidumbre, y además hubo toreros de oro, de plata y montados, hubo miedo, susto y belleza, esa recia belleza que nace de ver a alguien hacer algo que tú no serías capaz, porque no hay dinero en esta tierra que te convenza de estar en el ruedo frente a uno de aquellos toros.

A esa corrida la dieron los de siempre más palos que a una estera. Siguiendo la preclara estela marcada por el comunicador Moncholi sobre la inconveniencia de la vacada miureña en los tiempos que corren, el resto de los revistosos de tierra, mar y aire se ciscó en la histórica ganadería declarando abiertamente el desagrado que les producía y calificando los toros de la manera más zafia como ‘infumables’, ‘antiguallas’, ‘de mal estilo’ y otras lindezas de ese jaez. Asimismo no olvidaron señalar como otro gran fracaso el hecho de que el festejo -tres toreros que sólo son toreros, un miércoles y con un frío de mil demonios- no hiciese que las masas reventasen la taquilla.
El día que me encontré con V. y nos metimos a un bar en cuya TV ponían la corrida de juampedro, es mucho más fácil decir lo que no hubo, que así acabamos antes, porque ni hubo un lleno, ni hubo toros, ni peligro, ni hubo tercio de varas, ni hubo banderillas, ni hubo toreros de plata ni montados. Hubo unas fruslerías de capote y un impresionante pase de pecho de José Antonio Morante, hubo unas buenas verónicas de Luque -cuyo padre en cierta ocasión me invitó a un café-, hubo monerías a unos bichejos y unas faenas que los que denostaban a Miura han calificado con los adjetivos más encomiásticos. Al parecer y según lo oído en el momento de la retransmisión y lo leído en las crónicas de los de siempre, la cosa de esta segunda tarde debió ser para ellos de lo bueno, lo mejor, ya que se habla de ‘inspiración’, ‘magia’, ‘cumbre’, ‘obra de arte’ e incluso el ganadero  -ganaduros- califica tres de sus toros como de ‘aptos para el sentimiento’, digo yo que para ‘le acompaño en el sentimiento’ de criar esas babosas tontas.

Véase como ahí está la fractura planteada, me temo que de manera irreconciliable entre dos formas de ver la Fiesta: o el espectáculo completo basado en la temible presencia del Toro o la supeditación de toda la corrida a la decadente ‘obra de arte’. Que cada cual escoja.