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martes, 26 de marzo de 2013

Fábulas de las abejas



José Ramón Márquez

Me viene a la cabeza Margarita Salas, no a cuenta del piñazo que se metió el otro día cuando la lección conmemorativa de Eladio Viñuela, que hubo hasta quien sugirió que JAL* se pusiese en contacto con Íker Jinénez por si ahí había asunto para la Nave del Misterio, sino a cuenta de su fecunda empresa, que está convirtiendo, según se dice, al simpatiquísimo bacteriófago Jeremiah en el becerro de oro de la ciencia española.

Margarita, con una fortaleza casi más propia de Esparta que de Asturias, no ceja en su empeño de no abandonar su puesto como gran timonelesa de su laboratorio. Margarita, pese a hallarse en una provecta edad en la que muchos ya prácticamente ni saldrían de casa, relegados por absurdas normas administrativas a la condición de jubilados, no se resigna con que su destino esté regido por el inexorable paso del tiempo y, con sus más de catorce lustros a cuestas, se rebela con juvenil ardor ante esa injusta situación. Por ello sigue pidiendo Proyectos del Plan Nacional con el mismo ímpetu que si acabase de leer su tesis hace un par de meses, continúa dirigiendo con mano de hierro en guante de seda la fructífera Fundación Severo Ochoa y, además,  mantiene incólume el ansia de que la concedan el Premio Príncipe de Asturias a-lo-que-sea.

Me viene a la cabeza Margarita, como decíamos antes, al leer un informe del Tribunal de Cuentas sobre la ciencia española en el que se da una visión muy certera de lo que es la gestión de la ciencia en España, y al que lo único que le faltaría para ser perfecto es que la frialdad de los datos, de las pistas de auditoría, pudiera quedar ilustrada con nombres y apellidos, centros, laboratorios y demás.

Y claro, frente a las inapelables conclusiones del informe, Margarita y Jeremiah oponen la luz y la dicha de su éxito empresarial junto a Cristina Garmendia y Luis Blanco en sus empresas, X-Pol Biotech o Sygnis Pharma, que me lío con las fusiones,  y Genetrix, para demostrar que, al contrario de lo que dicen los agoreros, la investigación científica pública en España está orientada a la generación de innovaciones y no a la producción de estériles «papers» y que Margarita, Cristina y Luis junto con el elegante Jeremiah están dando una soberana lección a la totalidad de la comunidad científica hispana no sólo de lo que es la manera en que se produce el intercambio de conocimiento, sino también el ejemplo de un espléndido caso de éxito en el que se origina una fructífera relación entre el mundo empresarial y la ciencia pública.

Me queda la duda de en qué beneficia al sistema español de I+D+i el que, como a veces ocurre, la investigación que se ha hecho estrictamente a base de fondos públicos acabe transformándose en fecundas empresas, que ese birlibirloque jamás lo entendí. Hay viejos cuentos en el CSIC como el de que la patente de la Gula del Norte, del Instituto del Frío, se vendió por 1.000.000 de pesetas (6.000 €), o el de unos investigadores que creaban start-up’s para venderse a ellos mismos las cosas que ellos producían en sus propios laboratorios y que se sufragaban con los fondos del Plan Nacional. Estas cosas que se cuentan por ahí serán verdad o serán como la historia de la Chica de la Curva, pero me da que en todo este tinglado hay algo importante que se nos escapa a los que no estamos en el ajo.
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*JAL  es Profesor Titular de Microbiología, divulgador científico
 y ha colaborado en Cuarto Milenio.

Becerro de Oro