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miércoles, 18 de julio de 2012

Sopa



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    En Madrid ya no se puede andar sin dar en cada esquina con un salto de funcionarios protestando porque se les enfría la sopa.

    –Quien sabe lo que se guisa toma siempre sopa Prisa –decía la radio cuando la otra posguerra.
    
Como los jueces de la democracia, que amenazan con perder su independencia, si Gallardón les quita la escudilla de las dietas.

    Falta ese autónomo que le diga al funcionario lo que Mazzantini al actor Emilio Mario (especializado en “agonías de tercer acto”), que le daba la brasa desde el tendido con lo de “arrímate” y “más cerca”:

    –Baje usted, don Emilio, que aquí se muere de veras.
    
Y no digo que el funcionario no ahorre. Después de lo de Dívar, yo he visto a la portavoz del Tercer Poder cenar mejillones con otros progresistas en una terraza de la Castellana donde de lunes a viernes ofertan un descuento del 50 por 100 en la factura final, aunque los números no sean el precio del bivalvo; los números son el aparato de seguridad que se gastaban y que llevaba a los transeúntes a buscar entre los comensales a Obama.

    Un autónomo prescindiría de la escolta y cenaría, en lugar de un barreño de mejillones, un balde de carabineros, con el consiguiente ahorro para el Presupuesto.

    El funcionario, en cambio, se debe a la “auctoritas”, que en un país arruinado la da la policía. O, si uno es más de ciencias, las libranzas, como los sabios de esa “Bola de fuego” (Howard Hawks) que es el CSIC, donde se obsequiaban con un mes de cola a los veinticinco años de servicio.

    –¡A mí que no me toquen el cocido! –dijo Fernández Flórez que es el ideal del demócrata hispano.

    Nuestra democracia (bermuda, chancla, cocido y sufragio universal) era el bolsillo y el bolsillo era el Estado, que ya no puede más.