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sábado, 24 de diciembre de 2011

Nochebuena

San Juan de Duero

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Abiel, protestante y boxeador “hasta que dejó de verlo claro”, le contaba a José-Miguel Ullán en Zihuatanejo que de todos los animales sale una luz rojiza; de todos, menos del venado: iluminas, apuntas y, ¡zas!, brota una luz muy blanca de los ojos absortos del venado, una luz tan blanca que casi te hipnotiza, te hace dudar, ponerte de su parte. Para Abiel, no había nada tan hermoso como la luz blanquísima del venado. Y suspiraba:

Es una lástima que el hombre sea el único animal sin luz propia, ni rojiza, ni blanca, ni nada. ¿Se dio usted cuenta antes?

Ya quisiera uno ver hoy en los ojos de los demás luces de venado, pero sólo ve luces de pavo.

¡Si parecen pavitos los señores académicos! –se burlaba el indio Alberto Guillén.

Pedantes y llorones académicos de la vida sin alegría, porque el secreto de Europa es que ya no se ama la vida, dijo Camus tres décadas antes de que Mitterrand desencadenara “las fuerzas de la alegría”, sin que, como dice Fumaroli, nadie se acordara del “Kraft durch Freude” de Goebbels en 1933.

Bibliotecas enteras de filosofía moral no han ejercido sobre el progreso humano influencia mayor para hacer que se respete a todo hombre, por humilde que sea; a toda mujer, a todo niño, por humilde que sea el pesebre en que haya nacido, que esta sencilla escena (la del pesebre) representada de nuevo cada año en toda la Cristiandad.

Eso decía Madariaga por radio, desde Londres, a la Alemania nazi que perseguía los belenes.

Los alemanes, que llevan dentro la tristeza irremediable de la raza y de la selva, nos han jodido también la Nochebuena.

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