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sábado, 24 de diciembre de 2011

Bonifacio


Ignacio Ruiz Quintano
Abc Cultural

Murió Bonifacio, el más puro artista que uno haya conocido.

Artista español y español sin medida: vecino de la calle del Trabuco en Cuenca, frente al Corazón de Jesús, y de la calle de la Cabeza en Madrid, frente a la viuda de Daja Tarto, el faquir.
Barroco de guerra civil: torero y pintor, pícaro y cabal, payo y gitano, vasco de San Sebastián y andaluz de El Puerto.

Era feliz contando cómo pobló de bálanos embravecidos las vidrieras de la catedral de Cuenca, mientras Torner pintaba pompas de jabón.

A Bonifació llegué por José-Miguel Ullán, que me lo presentó para una biografía que Bonifacio, con un orgullo español que te encendía el pelo, se pagó de su bolsillo para contar lo que se le pusiera en los c… (nadie mejor que Bonifacio ha empleado esa expresión) sin tener que dar cuentas al Banco, que ofrecía el patrocinio.

Rodeado de insectos disecados y monstruos mexicanos que parecían la dieta de un ogro, Bonifacio tenía cara de Cachorro huido de la cruz, protectora de una ternura que se manifestaba en su devoción por las mujeres: su madre y sus hijas primero, y después sus amores, tempestuosos como los nublos que descargan en su pintura.

Gran cocinero, Bonifacio. Su manjar de tierra adentro era la cabecita de cordero asada (algunas nos comimos en Cuenca), pero lo que a él le tiraba era el mar del Norte y la merluza de pincho, que tan bien cortaba (sin rebarbas).

Un día Matta apareció por su casa de Madrid y le puso la cabeza como un bombo: era un tipo de ideas contadas que, siempre escatimando, se ponía malo ante el derroche que de ellas hacía en cada cuadro alguien tan bizarro como Bonifacio.

Y Bonifacio se fue quedando solo.

Soy el último de Cuenca –me dijo un día, insomne de presagios, en el “Viña P” de su compadre el Porras.

Rechazó, por mal bajío, el dinero de una crucifixión para una abadía de señorito, rompió con su galerista, se encerró en su estudio… y hasta hoy.