jueves, 9 de abril de 2020

VACANZE ROMANE (Sé de qué huyo pero ignoro lo que busco) Episodio 15

 Pajarera de la Villa Borghese


Jean Juan Palette-Cazajus

Me da por pensar en la total ausencia de indígenas en las iglesias que hemos visitado. ¿Desmoronamiento de la práctica religiosa, en la Roma papal como en todas partes? O más bien esté ya muy adelantada la inexorable desaparición de los autóctonos,  ya habitual en los barrios históricos de las viejas ciudades europeas. Sin duda ambas cosas. Por no hablar de las letales metástasis del cáncer Airbnb. Ciertamente había mucha gente el otro día en Sant’Agnese, pero aquello era sobre todo un espectáculo. Las guías son tan convencionales y unánimes en hablar de las 900 iglesias de Roma que cabe dudar de la cifra. Por lo visto la diócesis «solo» habla de 421. El número seguiría siendo enorme para una urbe que en sus mejores tiempos no pasaba de 120 000 habitantes. Con pretexto de victorias militares, concilios y otros acontecimientos especiales, cualquier prelado o prócer decidía estirarse y levantaba una iglesia. Las iglesias, también los palacios, de Roma son los testimonios de las más terribles batallas de egos y ambiciones que conocieran los siglos. Podríamos pensar que los promotores no actuaban tanto movidos por un sentimiento local como por la perspectiva del engrandecimiento ecuménico de la capital del Catolicismo. Desgraciadamente existen suficientes testimonios históricos que permiten hablar de un verdadero «aldeanismo» romano a lo largo de la historia.

 Eneas y Anquises

Metido en harina, por qué no ponerme a evocar también las minuciosas definiciones postridentinas de los dogmas más enrevesados, basados en conceptos fuera del alcance de la mayoría de los fieles. Piénsese en el debate «crucial» entre «consubstanciación» y «transubstanciación» en la Eucaristía ¿Cómo se hacía para conciliar aquellos rigores con tan absoluta teatralización mundana del catolicismo? ¿Acaso tenían fe todavía los cardenales del siglo XVII? ¿Fue a partir de entonces el catolicismo otra cosa que una ideología políticocultural? Drama inherente al catolicismo fue el tiempo gastado en reprimir las dudas que su propia naturaleza suscitaba. Aquella época fue la del «desencantamiento del mundo» como decía Max Weber. Marcel Gauchet usó la expresión para titular el libro donde definía el catolicismo como la religión que permitíó salir de la religión. Al fin y al cabo dudar es una actividad típicamente católica. Compárese si no con los rudimentarios neoevangelismos actuales entre cuyos seguidores ha desaparecido toda tentación de la duda, que pensábamos tan necesaria para la mente humana como la penicilina para los toreros. Tras enviarle algunas fotos, una amiga me preguntó si yo estaba redescubriendo la espiritualidad. Me quedé pasmado al darme cuenta de que la palabra espiritualidad era de las pocas que jamás se me habían ocurrido, estos días, a la salida de una iglesia romana. Lo cual tampoco es preocupante si se piensa en esas personas que dicen estar «descubriendo» o «redescubriendo» la espiritualidad, o las «espiritualidades» como prefiere decirse hoy. Suele significar que están en busca de una medicación que las libre precisamente de la vida del espíritu y sus congojas. En todo caso, a título provisional y circunstancial, uno puede quedar conforme con el punto de vista de Stendhal : «Los jesuitas de manga ancha, las indulgencias, la religión tal como era en Italia hacia 1650 dan mucho mejor resultado para las artes y la felicidad que el protestantismo más razonable. Cuanto más razonable este, mejor acaba con las artes y la alegría».

 Plutón, Proserpina y... la tormenta

Reemprendida la marcha por el parque, cruzamos un puente que salva una trinchera por donde discurre el tráfico. Reconozco el muro de la izquierda, sombrío. Es el famoso «Muro torto» , o sea el muro infausto, un resto de muralla de la época republicana luego integrado a la muralla aureliana. Espantó durante siglos a los romanos que temían las almas errantes de los ajusticiados, suicidas o prostitutas, tradicionalmente sepultados en sus inmediaciones. Hoy sirve de contención al parque, para mí excesivamente asfaltado. Ni siquiera la contribución ubicua y generosa de los pinos logra compensar los excesos viales. A punto de llegar a la Villa Borghese, sorprende la «uccelliera», la pajarera mandada construir por el cardenal Scipione Borghese en 1617 para exhibir sus numerosos volátiles. Es un fascinante capricho arquitectónico, de atrevidos quiebros, rematado con grandes jaulas de rejilla metálica a modo de cupulillas. Brinda un acceso privilegiado a las mentalidades y a la manera de solazarse en aquellos años. La villa Borghese, es una versión reducida y modesta de la cercana y fastuosa Villa Medici. Faltan unos minutos para la visita.

Todo menos una falta de tacto

Nada más entrar en la primera sala, queda uno impresionado por la magnificencia del marco: mármol, pilastras, cornisas, techos pintados al fresco, estucados.  Abruma darse de narices con los varios Caravaggio, el precoz «Muchacho con un cesto de frutos», un San Juan Bautista, el Retrato del papa Paulo V,  etc. Me fascina la belleza casi contemporánea de la «Madonna de los palafreneros», la fisicalidad del pie de la virgen que ayuda al hijo a aplastar la serpiente del pecado. Todo aquello rebosa vida, la hembritud de la virgen, el niño Jesús sanote con la pilila al aire y ...la propia serpiente. Comparto la sala con una profesora alemana y un grupito de alumnos. En la planta baja están preferentemente la estatuaria antigua, renacentista, barroca y ... Bernini. Ya me iba quedando atrás cuando, de la sala siguiente, llegaron voces destempladas. La causante, objeto y víctima de la bronca era mi hermana, transgresora de  la prohibición de fotografiar. Podía entenderse la espontánea tentación de «apoderarse» de la serie de extraordinarios Bernini, el «David con la honda», «Apolo y Dafné» o el virtuosismo ascensional de los cuerpos superpuestos en el grupo de «Eneas y Anquises» que parece desafiar los límites de la técnica. Pero aquello queda tal vez superado por el impulso giratorio y las complejidades formales del «Rapto de Proserpina», a manos de un Plutón poco sensible al «no es no» y que deja los dedos marcados en la tersura perfecta del muslo de la diosa (¿Me acusarán de incitar a la violación si digo que nada hay más tórrido que el erotismo del cuerpo de Proserpina?).

La Verdad desvelada

En Bernini, más allá de la forma, el mármol transmite el tacto, más allá de apresar el movimiento, perpetua hasta ampliarlo el sentimiento de su continuidad. Y como apartada en un rincón, tal vez por demasiado exhibicionista y turbadora, tropiezo con «La verdad desvelada», con la que el artista, aquí casi irreconocible, se adelanta siglo y medio a cierta carnalidad naturalista y parece presentir a Rodin. A su lado, el sensualismo pulcro y lánguido de Canova en la recostada «Venus victrix» nos resultaría almibarado si no fuera por el tufillo morboso de saber que estamos contemplando la poliamorosa Paulina Bonaparte, esposa volátil de Camilo Borghese y hermana predilecta de Napoleón. Entre la muy rica colección de lienzos de arriba está la «Dama del unicornio» de Rafael, también el particular esfumado de la «Danae» de Correggio, también  el «Amor sagrado y Amor profano» de Tiziano, con su enunciación de la paradoja neoplatónica (el amor sagrado es la señora desnuda, como la idealidad; el amor profano, la señora que cruje bajo las sedas mundanas), también... Mejor dejar de enumerar. Por la puerta abierta del taller de restauración entrevemos la excepcional «Deposición de Cristo» de Rafael. Ya nos van echando. Las dos horas han pasado volando, frustrantes e insuficientes, entre suntuoso palacio y suntuosa colección. Y eso que, en 1807, el marido de Paulina había quedado poco menos que despojado por su cuñado imperial de una parte considerable de la colección.

Paulina Bonaparte-Borghese, por Canova

Salimos andando hacia la Porta Pinciana. Terminaremos bajando por la Vía Veneto. El otrora mítico Harry’s Bar parece animado. Hace muchos años que el resto de la avenida ha sustituido los fantasmas fellinianos por cafeterías asépticas y hoteles de lujoso diseño mundializado. El ambiente es despoblado y mortecino.  Menos mal que una vez abajo, solitario en medio de la desangelada plaza Barberini, nos espera el torso enérgico del «Tritone» de Bernini soplando a todo pulmón en su concha. Casi llega a imponer su protagonismo al carrusel circulatorio. La fuente es demasiado valiosa para tan inhóspito marco. Así parece ratificarlo, detrás de ella, en la última planta del hotel epónimo, el gran fluorescente que proclama escuetamente : «Bernini». Pero la zona es ruidosa y poco acogedora y terminamos abandonando cobardemente «Il Tritone»  a las manadas motorizadas.

 Rafael en la UCI

Ponemos rumbo pedestre hacia una trattoría de la que tenemos excelentes referencias. Está situada casi enfrente de la imponente fachada gris del «Palazzo della Cancellería», armónicamente regulada por la pureza de su decoración renacentista. Fue el primer edificio del nuevo estilo en Roma y pregona su filiación florentina. Ya accedimos estos pasados días al impresionante patio interior, con su triple altura de arquerías que exhiben claramente la firma de Bramante. A pesar de las grandiosas dimensiones, preserva todavía la juvenil frescura de la nueva arquitectura. El travertino que da su color a la fachada, lo mismo que las columnas del patio, proceden de la generosa despensa antigua. El palacio sigue siendo sede de importantes instituciones vaticanas. Lo fue del Parlamento de la efímera República Romana, en 1849.  Sorprendentemente, por otra puerta del edificio se accede a la hermosa basílica de «San Lorenzo in Damaso» totalmente integrada al palacio. También preserva el espíritu de Bramante. Es un templo humanista, libre de lastre ornamental. Sus volúmenes emanan armonía y dicen todavía la confiada ordenanza renacentista del mundo. Esta  noche, tomaremos un Félsina Berardengo, 2016. Es un Chianti Classico 100% uva Sangiovese. Salió muy correcto, sin duda todavía un poco joven pero más renacentista que barroco como cabía esperar.

  Bernini, off course

Jueves Santo

 VÍA CRUCIS DE GERARDO DIEGO

Primera Estación: JESÚS ES CONDENADO A MUERTE
"El Consejo en pleno se levantó y llevaron a Jesús ante Pilato. Allí empezaron con sus acusaciones: «Hemos comprobado que este hombre es un agitador. Se opone a que se paguen los impuestos al César y pretende ser el rey enviado por Dios.»" (Lc 23, 1-2)


Jesús sentenciado a muerte.
No bastan sudor, desvelo,
cáliz, corona, flagelo,
todo un pueblo a escarnecerte.
Condenan tu cuerpo inerte,
manso Jesús de mi olvido,
a que, abierto y exprimido,
derrame toda su esencia.
Y a tan cobarde sentencia
prestas en silencio oído.

Y soy yo mismo quien dicto
esa sentencia villana.
De mis propios labios mana
ese negro veredicto.
Yo me declaro convicto.
Yo te negué con Simón.
Te vendí y te hice traición
con Pilatos y con Judas.
Y aún mis culpas desanudas
y me brindas el perdón.



Segunda Estación: JESÚS CARGA CON LA CRUZ
"Así fue como se llevaron a Jesús. Cargando con su propia cruz, salió de la ciudad hacia el lugar llamado Calvario (o de la Calavera), que en hebreo se dice Gólgota." (Jn 19, 17)


Jerusalén arde en fiestas.
Qué tremenda diversión
ver al justo de Sión
cargar con la cruz a cuestas.
Sus espaldas curva, prestas
a tan sobrehumano exceso,
y, olvidándose del peso
que sobre su hombro gravita,
con caridad infinita
imprime en la cruz un beso.

Tú el suplicio y yo el regalo.
Yo la gloria y Tú la afrenta
abrazado a la violenta
carga de una cruz de palo.
Y así, sin un intervalo,
sin una pausa siquiera,
tal vivo mi vida entera
que por mí te has alistado
voluntario abanderado
de esa maciza bandera.



Tercera Estación: JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ
 "Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga. Pues el que quiera asegurar su vida la perderá, y el que sacrifique su vida (por mí y) por el Evangelio, la salvará." (Mt 16, 24-25)


A tan bárbara congoja
y pesadumbre declinas,
y tus rodillas divinas
se hincan en la tierra roja.
Y no hay nadie que te acoja.
En vano un auxilio imploras.
Vibra en ráfagas sonoras
el látigo del blasfemo.
Y en un esfuerzo supremo
lentamente te incorporas.

Como el Cordero que viera
Juan, el dulce evangelista,
así estás ante mi vista
tendido con tu bandera.
Tu mansedumbre a una fiera
venciera y humillaría.
Ya el Cordero se ofrecía
por el mundo y sus pecados.
Con mis pies atropellados
como a un estorbo le hería.


Cuarta Estación: JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE
"También estaban allí, observándolo todo, algunas mujeres que desde Galilea habían seguido a Jesús para servirlo." (Mt 27, 55)


Se ha abierto paso en las filas
una doliente Mujer.
Tu Madre te quiere ver
retratado en sus pupilas.
Lento, tu mirar destilas
y le hablas y la consuelas.
Cómo se rasgan las telas
de ese doble corazón.
Quién medirá la pasión
de esas dos almas gemelas.

¿Cuándo en el mundo se ha visto
tal escena de agonía?
Cristo llora por María.
María llora por Cristo.
¿Y yo, firme, lo resisto?
¿Mi alma ha de quedar ajena?
Nazareno, Nazarena,
dadme siquiera una poca
de esa doble pena loca,
que quiero penar mi pena.

Gerardo Diego

miércoles, 8 de abril de 2020

Via Crucis de Gerardo Diego



Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas.
Clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí en mi torpe mejilla
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.



Déjame que te restañe
ese llanto cristalino,
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.

Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos de Belén:
- No, mi Niño. No, no hay quien
de mis brazos te desuna.
Y rayos tibios de luna
entre las pajas de miel
le acariciaban la piel
sin despertarle. Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Emmanuel.

¿Dónde está ya el mediodía
luminoso en que Gabriel
desde el marco del dintel
te saludó: -Ave, María?
Virgen ya de la agonía,
tu Hijo es el que cruza ahí.
Déjame hacer junto a ti
ese augusto itinerario.
Para ir al monte Calvario,
cítame en Getsemaní.

A ti, doncella graciosa,
hoy maestra de dolores,
playa de los pecadores,
nido en que el alma reposa.
A ti, ofrezco, pulcra rosa,
las jornadas de esta vía.

A ti, Madre, a quien quería
cumplir mi humilde promesa.
A ti, celestial princesa,
Virgen sagrada María.

Gerardo Diego

Miércoles Santo

La Paz. En reciente exposición

 Palco y manto de La Paz

Salidadel Calvario en San Lorenzo

 
Francisco Javier Gómez Izquierdo

  Hay días que uno se recoge a casa sin ver algún paso de los que salen porque se ha hecho tarde y hay que dar mucho rodeo para encontrarlo en lugar aparente, porque está de vuelta y no nos va a dar tiempo a llegar ó simplemente porque se está cansado y mañana hay que trabajar. Hoy, Miércoles Santo, se va a ver a la Paz y luego las demás. Las cordobesas, guapas de natural, se visten y arreglan para presentarse como Dios manda ante la Madre de todas. Lo hacen las señoras ya mayores que gustan de verla salir en Capuchinos, las madres jóvenes con carrito que esperan en Cruz Conde por la amplitud de la calle, las mocitas con y sin novio que los últimos años se plantaban en los jardines de Colón sin el respeto debido y las niñas de diez y doce años que de la mano del padre abren los ojos admiradas en las callejas de San Miguel. La Paz, obra de Martínez Cerrillo, cordobés de Bujalance un tanto autodidacta pero que supo plasmar como nadie “la serena melancolía” en esta Virgen, emocionó hace años a mi madre y muchas tardes de camino a misa, allá en Gamonal -qué lejos parece todo en estos días de confinamiento- se lo recuerda a sus amigas de quinta del 29 y a las poco más jóvenes con un movimiento de manos y un “¡qué manto, chicas!”.

     Hoy, suelo acercarme primero a la salida del Calvario en San Lorenzo por palpar la precisión de los costaleros ante la dificultad en la portada de salida por su peldaño y angostura. Antes de fijarse la carrera oficial en el entorno de la mezquita buscaba primero la Paz y luego el Perdón,( “La Bofetá”), que fue imagen que se hizo a principios de los 90,  viviendo yo ya en Córdoba. No me pierdo al Cristo de la Piedad, Hermandad también muy joven, por ser el que desde mas lejos llega. De Las Palmeras, barrio problemático en el que viven muchos infelices aficionados a las drogas. Hacían una bajada muy airosa por delante del Círculo de la Amistad. Ahora ya es otro el recorrido y suelo esperar a los de las Palmeras, a la Misericordia de San Pedro y la Pasión en el patio de los Naranjos para de vuelta a casa ya entrada la noche, reencontrar a la Paz en Colón, donde los costaleros bailan el trono en un exhibicionismo al que les obliga la muchedumbre allí congregada.

Sumisión

 George Santayana


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El Chernóbil de Sánchez (carente de la fibra moral del suicida Scherbitski) no hubiera sido posible sin la línea de “agradaores” mediáticos que apacienta el Consenso, de lo liberalio a lo prograjo. Lo demás lo ha hecho el gen de la sumisión, del que es portador el español.

    Para desentrañar la sumisión no hay que ir a la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo, de la que arrancaría la historia humana. Ni siquiera al “problema de Hobbes”, o problema de justificar la obligación política de los gobernados. Nuestro Santayana, uno de los cuatro grandes de Harvard (y nunca, ay, citado por Ortega), tiene en “La vida de la razón” la fábula del carnero castrado que resumimos:
    
Un salvaje con hambre y frío va donde pasta un rebaño de ovejas y mata a un cordero y se viste con su piel. El salvaje ataca por segunda vez al rebaño, y así hasta acostumbrarse. Pero una manada de lobos ataca un día a las infelices ovejas. ¿No las defiende entonces su primitivo enemigo? ¿No se identifica con sus intereses al punto que su total extinción o su padecimiento lo alarman también a él? Y en la medida en que procura su bienestar, ¿no se ha convertido en un buen pastor? Y si un carnero castrado razona sobre el cambio de su condición, se estremece al recordar aquellos primeros episodios, y la contribución de ovejas y vellones que exige el nuevo gobierno. Pero le parece poco comparado con lo exigido por lobos, enfermedades, heladas y asaltantes casuales. Y brota en él la admiración por la sabiduría y belleza del pastor, y hasta recuerda con agrado alguna caricia ocasional que le prodiga.
    
Para el carnero castrado, una caricia es todo. He ahí el Estado de bienestar y el vínculo moral de agradecimiento que establece en los subvencionados, que aceptan con agrado el despotismo de un jefecillo de partido. Un economista de verdad, Schumpeter, atribuyó la sumisión a nuestra imbecilidad ante el poder: “Nuestro pensamiento se hace asociativo y afectivo”. Y aplaudimos en los balcones.

Cuídate, España, de tu propia España


Finis Gloriae Mundi
Valdés Leal

¡Cuídate, España, de tu propia España!
¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
cuídate del martillo sin la hoz!
¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,
del verdugo a pesar suyo
y del indiferente a pesar suyo!
¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,
negárate tres veces,
y del que te negó, después, tres veces!
¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,
y de las tibias sin las calaberas!
¡Cuídate de los nuevos poderosos!
¡Cuídate del que come tus cadáveres,
del que devora muertos a tus vivos!
¡Cuídate del leal ciento por ciento!
¡Cuídate del cielo más acá del aire
y cuídate del aire más allá del cielo!
¡Cuídate de los que te aman!
¡Cuídate de tus héroes!
¡Cuídate de tus muertos!
¡Cuídate de la República!
¡Cuídate del futuro!...

CÉSAR VALLEJO

El Capitán Cola: los componentes de Casado




Hughes
Abc

Pues, como se suele decir, ya estaría. Con esta foto ya estaría. Ignoro quién es el fotógrafo, pero ha captado al líder de la leal oposición.
En esta foto de El País de hoy está Casado. Las partes de Casado, las fases de Casado, el mecano y el mecanismo de Casado.

Le vemos en actitud pensierosa, leyendo un libro tan a gusto, y sin saberlo, o quizás sabiéndolo muy bien, nos revela sus componentes, los componentes de Casado.

Primero, la barba. Esa barba que se puso a raíz del auge de Vox, que aspiró a neutralizar la de Abascal, una barba que responde a los de VOX y que, a su vez, le separa en rango de todos los lampiños del PP. Barba de líder que puede medirse en igualdad pilosa con la amenaza de Vox (la naturaleza fisionómica de esa barba se intentó explicar en este modesto blog en pieza perpetrada el 29 de septiembre de 2019, “La barba de Casado”).

Luego, las zapatillas. Son las New Balance de Rivera. Lo que nos dejó Rivera (también se intentó explicar en este humilde blog el 4 de noviembre de 2019, en “Las zapas de Rivera” -no sé poner links-). Uno de sus capitales políticos, un secreto de su transversalidad intra y extramoqueta. Ahí las dejó al marcharse y ha ido Casado y se las ha puesto.

La barba de Vox, las zapas de Rivera y… ¿qué más? Fíjense bien. Observen… El libro, ese libro, no cualquier libro.


Casado no es como Rivera, que era un nadador y un hombre de acción; tampoco lee las cosas carcundiosas y cimarronas que lee Abascal, los Maeztu y cosas así. Casado es lector, no es Rajoy, quiere que se sepa, pero lector fino filipino y encajable en el marco progre, globalista y bienqueda de cualquier cena madrileña civilizada. Si amplían la imagen verán que está leyendo (¡en inglés!) “21 lecciones para el siglo XXI”, de Yuval Noah Harari, autor celebrado por Obama, más bien admirado por el mundo progresista y admisible en el canon globalista. Por poner un ejemplo, su último artículo fue recomendado por Iglesias.

Ahí están los tres componentes de Casado, bien visibles: aliño de Vox (aunque la barba se le suaviza, se le riza suaviter, se le hace patricia), las zapas de Rivera (el sport, la jovialidad liberalia, el paso anfibio) y la lectura ordenadita, el fondo, el marco mental progresista, perfectamente encajable o complementable con el socialista. En una foto vemos al socioliberalconservador en escena doméstica. Casado es como un helado de tres gustos. Me recuerda (la edad ya) al polo aquel de Frigo que tenía tres sabores bien diferenciados, rojo, amarillo y cola: ¡el Capitán Cola!

VACANZE ROMANE (Sé de qué huyo pero ignoro lo que busco) Episodio 14

 Embajada de España


Jean Juan Palette-Cazajus

Para estar seguros de no ser víctimas del numerus clausus, hace días que hemos reservado billetes para visitar la Galleria Borghese con el último turno, entre las cinco y las siete de la tarde. Alguna visita «cultural» había que hacer y la Galería Borghese parecía la opción que mejor conciliaba los parámetros de tiempo, cantidad y calidad. De modo que encaminaremos nuestros pasos rumbo hacia aquel norte histórico de la ciudad. No lo habíamos planificado así, pero resulta que la jornada transcurrirá desde el principio bajo el signo Borghese. Cuando nos apeamos del mágico 628, nos damos casi de narices con la bandera de España que flota en un imponente balcón corrido puesto sobre todavía más imponentes ménsulas barrocas. Es la fachada trasera del descomunal Palazzo Borghese, el apodado «clavicémbalo» por su forma curva. Esa parte da al Tíber y acoge la Embajada de España. Debajo del balcón de las banderas hay una logia de madera sobre columnas dóricas resultando el conjunto pintoresco y con mucho carácter.

 El Tridente

Parece que el gobierno español paga 26 000 euros mensuales por el alquiler de sus oficinas. Parece también que existe un urgente proyecto de mudanza, ya sea a un palacio de la Piazza Navona ya sea al Palacio de España, en la Plaza homónima, sede de la embajada ante la Santa Sede, fusionando así la residencia de ambas embajadas. He cotilleado un poco y suena que en uno y otro caso se está tropezando con la llamada «Obra Pía de los Establecimientos Españoles en Roma», propietaria de ambos posibles lugares de traslado y aparentemente tan poderosa como opaca. Hete aquí cómo detrás del cromo plano de los turistas, asoma de repente, en «3 D», el espesor novelesco de las intrigas romanas. El último Borghese que dio que hablar en la familia, Junio Valerio Borghese, participó en la Guerra Civil española al mando de un submarino. Mussoliniano pata negra, fascista puro y duro, era conocido como «il principe nero». Posteriormente le daría por tramar un golpe de estado en Roma, en 1970, tras lo cual se refugió en Cádiz donde murió en 1974. No nos dejan entrar al monumental patio del palacio, sin duda el más espectacular de Roma, de modo que nos encaminamos despechados a la Vía del Corso para ir caminando hasta la Piazza del Popolo.

 Terraza del Pincio

«La Vía del Corso con la cual he sido injusto durante dos años por culpa del olor a repollo podrido y los harapos que se advierten en las estancias, es quizá la más bella del universo» opinaba Stendhal. Fue efectivamente hasta entrado el siglo XIX el eje norte/sur de la ciudad, a un tiempo escenario del lucimiento social y de las celebraciones populares como el Carnaval y las caóticas carreras de caballos. Sigue bordeada en la casi totalidad de su más de kilómetro y medio por accidentes monumentales notables, palacios, iglesias, plazoletas. Recorrerla en su totalidad es ejercicio algo cansino. Es hoy más bien agobiante y comercial en su primer tramo, cerca de la plaza de Venezia y un poco aburrida al llegar a la Piazza del Popolo. Esta le debe su aspecto actual a Giuseppe Valadier (1762-1839) un arquitecto y urbanista neoclásico venerado en Italia. La diseñó para magnificar su vocación de entrada y salida de la ciudad, dimensión hoy desahuciada por la evolución urbana. Parece que todavía hacia 1910 la plaza mantuviera cierto hervor popular.

 Porta del Pópolo

Escribía Baroja: «Llegó Cesar a la plaza del Pueblo […] Un chiquillo desharrapado escribía con carbón en una pared: “Viva Musolino”». Ante todo, don Pío, «Popolo», aquí, no viene de «Populus/pueblo» sino de «Populus/chopo. En cuanto al tal Musolino, de nombre Giuseppe, fue, hacia 1900,  un bandolero «generoso», un justiciero calabrés producto sintomático del viejo y eterno problema italiano, la llamada «questione meridionale». Sentado en el margen de la fuente que rodea el obelisco central, pienso que Valadier hizo un trabajo formalmente impecable pero lo que la plaza me inspira hoy es sobre todo un sentimiento de incertidumbre existencial. Sin duda es notable la elegancia monumental de los accesos a la terraza del Pincio y permanece perenne, hacia la ciudad, la teatral escenificación del «Tridente», el inicio de los tres ejes fundamentales de la vida romana durante casi cuatro siglos: la vía del Corso, entre sus dos mini iglesias gemelas, y las dos vías divergentes, la de Ripetta, a la derecha, que llevaba a lo que fuera el puerto fluvial hasta el siglo XIX, y a la izquierda la del Babuino que lleva a la Plaza de España.
 
 Suele estar peor

Santa María del Popolo, allí, al lado de la Puerta, encierra detrás de su modestísimo aspecto tesoros excepcionales un poco perdidos en mi memoria. Está cerrada por obras. Nos perderemos pues la «Conversión de San Pablo» y la «Crucifixión de San Pedro» de Caravaggio, pero también sus Bernini,  Sansovino, Salviati, Carracci, etc. El desastre es irreparable. La frustración suscita en mí el estúpido antojo de sacar una foto desde el exterior de la Puerta, por donde entraron a Roma tantos millones de romeros y visitantes ilustres. Goethe cuenta que, al franquear la histórica puerta, guardó un silencio religioso, persuadido de que penetraba en el reino de la antigua belleza ideal. De modo que salgo de la plaza y tropiezo con el tráfico endiablado. Espero a que el semáforo se ponga en rojo para cruzar hasta el espacio intermedio entre las dos calzadas y desde allí sacar mi foto. Pero para enfocar correctamente debo hacerlo en medio del espacio por donde cruzan los peatones que me atropellan e increpan al turista pazguato que les complica la vida. Todo turista es, por definición una anomalía y un excedente de cupo. Por la puerta desfilan sin cesar, no precisamente romeros polvorientos, exhaustos y maravillados, sino manadas de turistas que huelen a gel de ducha, procedentes de la vecina concentración hotelera al otro lado de la muralla aureliana. Resulta difícil imaginarse la sonada entrada, por este arco, de la reina Cristina de Suecia, recién convertida al catolicismo y probable militante LGBTI, el 23 de diciembre de 1655.

 Borromini. Palazzo Propaganda Fide

Iremos camino de la Plaza de España para luego hacer un alto en la Villa Medici. La Vía del Babuino es un poco aburrida si uno no está particularmente interesado en los escaparates de Gucci, Versace o Fendi de modo que propongo desviarnos a la paralela Vía Margutta donde vivieron Fellini y Anna Magnani. Como cabía esperar, la calle un tiempo preferida por la flor y nata de la «boboítud» adinerada e internacional luce renovadamente antigua, pintoresca y preservada. Cuesta pensar que fuera en su origen la vía de servicio de las cuadras traseras de los «palazzi» de la Vía del Babuino. Por allí también pelearon por abrirse camino, en tiempos menos políticamente correctos, pintores como Rubens, Poussin o Ribera. Muy concurrida está la Plaza de España, esta mañana, y la hermosa escalinata luce más acorde con su prosaico destino actual: las gradas están bastante pobladas y ruidosas si bien parece respetarse a rajatabla la prohibición de sentarse. Abajo, a los pies de la escalinata, la Fontana della Barcaccia  está cercada por un tropel adolescente, sentado en los márgenes o en el suelo. Me sigue pareciendo la más bonita de Roma, incluso ahora en medio de la bulla. Me doy cuenta, también, hasta qué punto la moda de las restauraciones urbanas o monumentales subvencionadas por grandes marcas comerciales - caso de Bulgari con la escalinata de la Trinità - rubrica la definitiva fosilización de los centros históricos. Convertidos en fetiches, en simples soportes publicitarios.

 Fachada Villa Medici. Claudio de Lorena

De pronto me asalta un recuerdo: allí mismo, en la esquina sur de la plaza, hay una estampa de historia del arte todavía más sorprendente que la contigüidad de la Chiesa Nuova y el oratorio de Filippo Neri. Es el «Palazzo di Propaganda Fide», un tiempo crucial engranaje vaticano, cuya fachada a la plaza, muy clásica, es de Bernini, mientras la que da a la calle, sinuosa y sugestiva, es de Borromini. La de Borromini sigue respirando. Fue milagrosa nuestra ascensión, casi solitaria, de la escalinata el otro día. Hoy sería imposible repetirla. Accederemos a la Villa Medici por la apacible Vía di San Sebastianello, de noche apreciada por los «camellos» del barrio.  «Académie Nationale de France» reza el dintel sobre las columnas dóricas de la entrada a la Villa. En nada anuncian sus austeros muros traseros el supremo lirismo de la fachada, usada por Claudio de Lorena para protagonizar una de sus  ideales utopías pictóricas. Desanima la pespectiva encorsetada de la visita guiada, única posible, incluso la de los espléndidos jardines, para luego ir de prisa y corriendo hasta la Galleria Borghese. De modo que decidimos seguir hasta la terraza del Pincio y disfrutamos un instante de la preceptiva contemplación de la Piazza del Pópolo, a nuestros pies, ciertamente más legible y armónica desde aquí, y por supuesto de la cúpula de San Pedro un poco esfumada en la neblina. Ameniza ruidosamente el panorama el intrusivo teclado de un músico rumano. Vamos cruzando perezosos por el arbolado de Villa Borghese hasta recalar en la «Casina del Orologio» un kiosko metálico Belle Epoque. Estamos casi a solas con los camareros bangladesíes, numerosos, obsequiosos y pelín pegajosos. Pero el ambiente es recoleto y tranquilo en medio del parque Borghese. De modo que mientras tomo mi chocolate me dejo ir a divagar un poco sobre los días pasados.

Jardines del Pincio

Miércoles, 8 de Abril


Por la salud del pueblo

martes, 7 de abril de 2020

La campana extractora

El afilador en cuarentena
@Elafilador17
·
Cuando se calla María Jesús Montero es como cuando se apaga la campana extractora

En la muerte de Radomir Antic

 Irazusta, ¿Güerri?, Camus, India, Oñaederra y ANTIC
Pichi Alonso, ¿Insfran? Amorrortu, Arrúa y Juanjo



Francisco Javier Gómez Izquierdo

        No sé hasta dónde vamos a llegar, pero los días acobardan una barbaridad con el repaso de nuestra particular historia del fútbol. La historia que cada uno hemos vivido. Ayer, Radomir Antic en la lista y otro “joééé” espontáneo por un tipo al que hemos seguido durante más de 40 años.
     
Antic llegó al Zaragoza cuando el Burgos languidecía con Arsenio en Primera y como nosotros éramos expertos en la calidad y rendimiento de los jugadores yugoslavos -Adzic, Katic y sobre todo Kresic nos habían hecho felices- ya de entrada nos caía bien cualquier futbolista balcánico. Lo trajo otro yugoslavo, Boskov, el míster que hablaba y planteaba los partidos sin conjugar los verbos. Buen equipo aquel del Zaragoza en el que acababan el Nino Arrúa y nuestro Juanjo y empezaban futbolistas que luego se hicieron entrenadores: Víctor Muñoz, Amorrortu, Pichi Alonso e incluso Valdano en  alineaciones donde los titulares  jugaban siempre. Antic hacía pareja con Camus, central brusco y de pegajosidad asfixiante. El área de La Romareda era una comisaría con poli bueno y poli malo. Camus era el  malo, joven, extralimitado y tosco;  Antic, el bueno, con su toque, su vista larga y su extraordinaria llegada resolutiva. Vino ya con edad pero no impidió que durara aún cuatro años jugando en Inglaterra.
     
La huella de Antic en el fútbol español queda marcada a hierro en los banquillos y sobre todos en el del Atlético de Madrid con ese doblete histórico de la era Gil que enloqueció de tal manera a la parroquia colchonera que lo han convertido en mito de una historia forjada a golpe de sentimiento. Curioso fue su insólito despido del Real Madrid por Ramón Mendoza en un ambiente envenenado por las rabietas de José María García contra un presidente al que intimidó acusando a los jugadores de la Quinta del Buitre -“las trillizas”, ¿recuerdan?- y tachando con crueldad los méritos de Antic por tener al equipo líder. Con la bendición del Butano llegó Benhakker para perder la liga en Tenerife.
     
Antic empezó la dirección técnica  en el Zaragoza, su equipo, y tras el extraño caso de Madrid entrenó al Oviedo, donde es también admirado y querido. Después de alcanzar la gloria en el Atleti y sucumbir a la inquietud y las prisas de Jesús Gil lo llamó el Barça, donde cumplió con creces, pero salió elegido de presidente Laporta y dijo no al serbio y ahí empezó quizás cierta decadencia con un intento de salvar al Celta y el de reflotar una selección serbia problemática. Al final, dos o tres años en la China.

Durante toda su trayectoria en España dió muestras de un conocimiento del fútbol y los futbolistas fabuloso hasta el punto de sorprender con la contratación de un desconocido Pantic que ya es leyenda o la variante táctica de subir a Hierro al centro del campo que tantos goles diera al Real Madrid. Era tan enamorado como estudioso del fútbol y nos regalaba análisis que sólo estaban al alcance de su vista de lince.
      
He puesto que Antic me cayó bien nada más venir a España por mi inclinación a los futbolistas yugoslavos mediatizada por la experiencia en Burgos, pero en el gran año del Atlético de Madrid hubo un desplante muy feo en el Calderón que a mí me dolió casi como propio. Antic se negó a saludar a Kresic, quizás el jugador al que yo más he admirado y querido, entonces entrenador del Mérida y.. ¡qué quieren que les diga! ...no me gustó y empecé a mirarle con ese prejuicio que nos asalta irracionalmente sobre las personas tanto para bien como para mal. Me sentí solo porque entonces en Europa aún eran los buenos, los serbios.
     
Hoy, en su temprana muerte le pido que perdone si alguna vez tuve alguna palabra mala para con él y que tenga la seguridad que no me cabe más que admiración por sus formidables conocimientos futbolísticos técnicos y tácticos. Sólo queda despedirle con ese “brastszos” impronunciable que de broma hubo un tiempo se escuchaba por la radio.

Martes Santo

 Cristo sindónico de los Estudiantes. Córdoba

Cristo de las Almas. Los Javieres. Sevilla

 
Francisco Javier Gómez Izquierdo

   No creo equivocarme si apunto que el Martes es el día de Semana Santa de mayor holgura para ver los pasos cordobeses. Delante de la iglesia del Juramento de San Rafael hay una pequeña plaza en la que los que vamos a ver salir el impresionante Cristo sindónico no padecemos apreturas y podemos apreciar con detalle los esfuerzos para sacar sobre todo a la Virgen con los varales rozando el arco de entrada. Es la más joven Hermandad y se la conoce por la Universitaria. Hace trece años se incorporó por primera vez a la carrera oficial y desde entonces, cuando paso cerca de la iglesia y la veo abierta, entro a admirar de cerca imagen tan conmovedora que aún no sé el motivo, no ha calado en el ánimo cordobés como pensé que iba a calar.
    
El personal prefiere ver la salida del Buen Suceso en San Andrés, la Sangre en Capuchinos o el Prendimiento en María Auxiliadora y no acaba de incorporarse al momento de la salida de los Estudiantes. El Prendimiento tiene un púbico fiel en el cruce con Arroyo de San Lorenzo, a escasos metros de la iglesia del Juramento y me llama la atención que prefiera esperar el paso de los salesianos y no se asome antes a la placita de San Rafael.
    
En día como hoy se suele salir a media tarde y esperar en la parte de carrera oficial que pega al río o pasar directamente al patio de los Naranjos que yo creo es donde mejor se ven los pasos por ser también carrera oficial.
      
De todos modos , este Martes Santo lo tenía señalado con idea de acercarme a Sevilla por ver al menos una vez en la vida la salida de los Javieres, que es Hermandad de la que me han hablado muchísimas veces por ser Javier un servidor y Javier el chico. A mediados del último febrero pasé a su iglesia de la calle Feria y me hice propósitos, si no surgía novedad de asistir sin falta este año. Mire usted por dónde, novedades ha habido y muy desagradables.

La Moncloa


De aquellos repartos, esta ruina



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El 78 fue, socialmente, el salto posmoderno de la corrupción coyuntural a la corrupción estructural.
    
Un año antes, los amos de la cosa se habían reunido en La Moncloa para el reparto (a Ortega debemos la visión de concordia como reparto de botín) con el pretexto de la crisis del petróleo y la inflación. Allí, los que daban los carnés de democracia eran… los comunistas (partido y sindicato).

Con la mano de distraer, despenalizaron el adulterio y liberalizaron la venta de condones, mientras con la mano de ejecutar iban apañando la economía, lo único que importaba de la herencia, a las órdenes científicas de Fuentes Quintana, que había estado (con Sardá, republicano de la Esquerra) en el Plan de Estabilización del 59 de López Rodó, Ullastres y Navarro Rubio, que hiciera crecer a España en quince años lo que en los cien anteriores. Eran los Pactos de la Moncloa, cuyas reuniones la propaganda equiparó a las de los Founding Fathers en Filadelfia, y de ahí viene la fuerza mitomotriz que invocan los pelanas de Sánchez para apuntalar su dictadura con “otros Pactos de La Moncloa”.
    
Donde se decía crisis del petróleo árabe, se dice pandemia del virus chino; donde inflación, paro; y donde despenalización del adulterio, ley de libertad sexual, aunque no para todos, claro. Ábalos, que se ha comprado España, excluye a los de Vox, y Aznar (Fraga, fundador de su partido, en el 77 sólo firmó la mitad) no quiere a Podemos.

El Sistema es el Sistema, pero agoniza. Para salvarlo, los capos convierten por decreto a los españoles en amas de casa, y van al casinillo a repartirse restos. “Estabilidad” (a Franco no se le caía de la boca) es la palabra mágica de toda dictadura, y van a intentar salvarla con el birlibirloque mussoliniano por el cual al partido más votado, no importa el porcentaje, el Estado le regala los diputados necesarios para la mayoría absoluta, pastelazo que ya propuso Casado en las últimas votaciones. Y con el rebaño encerrado en la tinada, lo harán.

San Roque

ABC

Les molesta el canto disidente de un gorrioncillo. Ferreras, al que le quitas el sonido y parce qu está conducindo un Iveco



Nadie se acuerda de San Roque, el santo que siempre se invocó en las epidemias. Él se dedicó a cuidar sin mascarilla de los pestilentes y cuando enfermó, llagado, se alejó para no contagiar


Nadie se acuerda de San Roque, y lo más parecido quizás sea, por la barbita franciscana, Pablo Casado, que en Ana Rosa dio hace unos días el inadvertido primer tolón leal del toque de pactos: "Yo he votado a favor decretos que no conocíamos ni el contenido"

Insomnio

Finis Gloriae Mundi
Valdés Leal

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).

A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.

Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.

Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.

Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?

¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?

DÁMASO ALONSO

Martes, 7 de Abril


A Ethan Edwards

lunes, 6 de abril de 2020

En el décimo aniversario de Guillermo Luca de Tena



EL ÚLTIMO GATOPARDO

Los recién llegados al oficio han de saber que con Guillermo Luca de Tena desaparece el último Gatopardo del periodismo.

–Nosotros hemos sido los Gatopardos, los Leones... –dice el Príncipe de Lampedusa, cuya obra maestra arranca con el Nunc et in hora mortis nostrae. Amen del rezo cotidiano del Rosario.

Hijo de un León, Juan Ignacio, marqués de Luca de Tena –cuyo nombre ha recibido los aruñazos de unos mininos municipales en la placa del callejero sevillano–, Guillermo Luca de Tena imponía como un Burt Lancaster en la película de Visconti.

Dos años llevaba yo de estudiante de periodismo en Madrid cuando me dio por ofrecer mi plumilla/escudilla a los periódicos de la capital. Lo hice con una carta breve, pero efectista. Me respondieron Emilio Romero, que dirigía Informaciones, y Guillermo Luca de Tena, que dirigía el ABC.

–Si te gusta escribir –me dijo Romero–, lo suyo (que era lo mío) es el ABC.

Y gracias al ABC –gracias a Guillermo Luca de Tena, que lo dirigía con la idea de que un periódico comienza por la escritura– me libré de regresar a Burgos, donde hoy sería uno otra cosa.

–Vivimos en una realidad cambiante a la que intentamos adaptarnos como se mecen las algas ante el empuje del mar –le dice en la mesa Don Fabricio al padre Pirrone mientras dibuja puntiagudas lises borbónicas con el lápiz puntiagudo que en su ira el jesuita había dejado caer–. A la Santa Iglesia le ha sido prometida la eternidad; a nosotros, como clase social, no. Para nosotros un paliativo que prometa durar cien años equivale a la eternidad.

Y una eternidad bien ganada es lo que hoy lleva a cuestas ABC, cuya existencia resultaría incomprensible sin la obra de audacia y coraje de Guillermo Luca de Tena, siempre monárquico y siempre liberal.

–Liberales, el partido más exiguo de España –tenía dicho Juan Ignacio–. No me refiero al liberalismo doctrinal, que muchos confunden con la democracia, ni a los sistemas de gobierno llamados liberales, sino a lo que yo estimo fundamental para considerar liberal a un hombre: su profundo respeto a las ideas ajenas. En España es, por desgracia, muy corriente el menosprecio, el desdén y hasta el odio hacia los que no piensan lo mismo que el sujeto, y ésa es la causa primera de la falta de convivencia que echamos de menos entre los españoles.

Un día, aunque de ello me enteré más tarde, Guillermo Luca de Tena tuvo el capricho de presentar un artículo mío al Cavia que, por supuesto, no me llevé, pero desde entonces me sentí tan laureado que ya nunca supe expresar mi agradecimiento.

En esta hora definitiva, Guillermo Luca de Tena, caballero antiguo en un mundo viejo de truhanes nuevos –traiciones tristes, solitarias y finales no alteraron su prestancia lampedusiana–, se merecía un Ruano que le dijera quizás aquello de que puede que un periódico sea la vida, pero la vida, querido Guillermo, no es un periódico: “Es mucho más dura que un periódico y termina siempre igual, por muchas ediciones que se hagan.”

–Nosotros hemos sido los Gatopardos, los Leones...

Lo recuerdo reinando en su campo de Chinchón con Bartolo, el tremendo mastín, a los pies, y recuerdo cómo Ruano no quiso volver al cigarral de Marañón –“no he querido que nunca nadie más me posara su mano en el hombro”– para no convencerse de que el hombre al que admiraba ya no estaba entre nosotros. Un Ruano que supiera hacer el recuento de la butaca vacía a casi ninguna distancia de donde él (Ramón Gómez de la Serna, sobre el suelo de su biblioteca) estaba todavía; sus lápices y ceniceros... “porque todo esto sí que es la muerte: la muerte que no es un muerto, sino unos cuantos detalles de la vida”.

–Todavía no son las diez. Tengo mucho plomo en el corazón para correr hacia su casa. No llegaría nunca. Además, no quiero. No quiero saber nada.

Ni que se ha muerto.

Ignacio Ruiz QuintanoAbc, 2010

Redacción de Abc en la calle de Serrano

Lunes Santo

 Virgen de la Merced

Cristo de Ánimas
 

Francisco Javier Gómez Izquierdo

         El 24 de septiembre los presos de todas las cárceles de España tienen menú especial y los funcionarios de prisiones celebran un acto institucional en el que se reparten méritos y reconocimientos con su placa y su saludo de autoridades locales y judiciales. Es “la Merced”, el día de la patrona y el mundo penitenciario lo celebramos con la solemnidad y respeto debidos. En Córdoba, hay otro día grande de la Merced para los presos y es hoy, Lunes Santo, fecha en la que sale la patrona detrás del Hijo en la Humillación de la Coronación de Espinas.
      
La Virgen de la Merced no está en la iglesia de la Merced. La Virgen de la Merced tiene su casa en la parroquia de San Antonio de Padua en el Zumbacón, barrio que fue chabolista y pobre de solemnidad, y que pilla muy cerca de la cárcel antigua, donde entraba la procesión por el patio de talleres a finales de los 80 y casi todo los 90 ante el respeto imponente de la población reclusa que enjugaba lágrimas emocionada tras las saetas de cantaores gitanos de mucho fuste. Tengo leído que el difunto Mario Onaindía, yo no llegué a coincidir, que cumplió condena en este talego, se aficionó al flamenco con las manos y los oídos pegados a sus barrotes. Por aquel entonces, además del capellán, en la procesión iba también un mando de la cárcel, director o alguno de los subdirectores, haciendo el recorrido más largo de todas las cofradías. Salía al principio de la tarde y se cerraba bien entrado el día siguiente. Ni que decir tiene que compañeros míos son nazarenos y no hay año que falten, éste será el primero, familiares de reclusos tras “Su Señora”, “la más guapa”, pidiendo con fe por ellos.  La Merced sale poco antes de las cuatro y como es mi patrona no tendría perdón si faltara y menos aún si les confieso que del portal de mi casa a la puerta de la iglesia no tardo ni un minuto a paso normal.
     
No puedo explicar por qué pero me gusta ir a ver salir los pasos y sacar alguna foto. Suelo ir solo  y luego recojo a  mi doña y tal que hoy lunes vamos a Fleming a encontrarnos con la Sentencia. Como ahora todas las procesiones entran en la mezquita, nos colamos al patio de los naranjos y allí vemos la Vera Cruz y el Vía Cruces. Al Cristo de Ánimas con su sobrecogedora presencia lo vemos fuera, si es posible por S. Andrés. El Cristo de Ánimas, sin música y sin costaleros es como una procesión de Castilla. Silenciosa, rezadora y un tanto tenebrosa. Amigos míos salen con el Cristo de Ánimas y a él se encomiendan los mas austeros de entre los nazarenos. Frente a su  altar quisieron despedir los compañeros hace dos meses al “Trigui” uno de los funcionarios de prisiones más queridos por todos nosotros. No se lo llevó la peste. Se fue dormido en el sofá  y puestos a elegir, quizás tuvo mejor muerte que esta traidora que ahora nos acosa a todos, pero ni tenía edad de morir ni estábamos preparados para que nos faltara.
    
En fin... estas pequeñas relaciones son las que sin darte cuenta han hecho necesaria la Semana Santa.

No cash

 No cash

No pub

VACANZE ROMANE (Sé de qué huyo pero ignoro lo que busco) Episodio 13

 El concepto de columna


Jean Juan Palette-Cazajus

A la salida de San Pedro, me aquerencio un instante al pie de una de las columnas de Bernini. No he «visto» la columnata al llegar. Quiero decir que se inscribe como una absoluta necesidad en la percepción general de la Basílica. Estimula la aprensión de su grandeza. La imagen de la basílica quedaría muy deslucida sin ella. Para comprobarlo, basta con echar un vistazo a las representaciones gráficas anteriores a su construcción. La propia amplitud de la plaza de San Pedro, paradójicamente, no es la que mejor permite apreciar el acierto y la perfección aritmética del diseño que nos abarca. Desde donde me encuentro ahora, desde la inmediata cercanía, solo veo, y me fascina, la línea de fuga de unos cuantos fustes colosales. Los percibo como si fuesen una ilustración del «hilemorfismo» filosófico de los antiguos hecho arte de vanguardia: una pura construcción abstracta que jugase con la materia pétrea y la forma geomérica del cilindro. Es decir que aquí, a sus pies, las grandiosas columnas se imponen a nosotros en tanto que su propio concepto. Contemplamos su esencia, pero se nos escapa la perspectiva general de la columnata. Y es que el protagonismo de la columna a lo largo de toda la historia de la arquitectura occidental es el mejor equivalente del protagonismo del concepto a lo largo de nuestra cultura intelectual.

 Puente Sant'Angelo

Sorprendo a mis familiares cuando les pregunto si saben que los particulares y omnipresentes adoquines romanos son conocidos como «sanpietrini» desde que sirvieron para pavimentar, a partir de 1725, la plaza donde nos encontramos, antes de usarse ya en toda Roma. Mi elemental erudición sobre el tema se lo debe todo a la Wikipedia italiana. El caso es que aquello provocó un nuevo crescendo de mi admiración por el afanoso papa Sixto Quinto ya que fue quien primero habría mandado usar este tipo de adoquines en carreteras. Ignoro a qué escala. Tras pensativa consideración del pavimento de la plaza, ponemos rumbo al Castel Sant’Angelo, nuevamente por la  desangelada Vía della Conciliazione, iniciada en 1936 por Mussolini pero solo inaugurada en 1950. Se salvan los obeliscos/farolas, casi art déco, y algún que otro palacete preservado. El tamaño no hace grandeza.

Mausoleo de Adriano y fortaleza

Una vez dentro y al poco rato de empezar a recorrer galerías, patios, escaleras y caminos de ronda, uno no tiene más remedio que percatarse hasta qué punto el Castel Sant’Angelo es una fortaleza formidable en el sentido etimológico de la palabra. Se percibe, como si de un ejercicio didáctico se tratara, la extrema bipolaridad, por no decir la incompatibilidad, de los papeles interpretados por San Pedro y por la fortaleza, tan fácilmente reunidos por la mirada: allí está el mensaje religioso, convertido en la platónica forma ideal, en abstracta belleza sensible. Aquí todo nos  impulsa a recordar la crudeza y la incertidumbre de la vicisitud histórica. Al cabo de un rato, la particular circularidad del lugar inducirá incluso en mí cierto sentimiento obsidional. Este es un lugar donde se intuye la realidad brutal de la historia de los papas, entre invasiones, guerrras civiles, revueltas populares y saqueos diversos. El temporal siempre terminaba batiendo estas murallas. Si abajo está todavía el fundamento del edificio, el tronco inicial del mausoleo de Adriano, luego se le fueron superponiendo, cárceles, depósitos de víveres, de artillería, de municiones pero también apartamentos papales. Ni siquiera el convencional y rutinario recorrido impuesto para la visita consigue ocultar la densidad de las capas históricas que impregnan la ruda piedra y se imponen a la conciencia. El castillo es un palimpsesto histórico particularmente convincente y revelador. Benvenuto Cellini, Giordano Bruno, Cagliostro solo fueron los más conocidos entre los innumerables desgraciados anónimos que padecieron el rigor papal. Aquí los apartamentos de los pontífices son sombríos y casi angustiosos pero con artesonados dorados y frescos de Perín del Vaga y otros artistas. Algunos techos con grutescos son admirables y sin duda muy fieles a los que se descubrieron en la Domus Áurea neroniana. Aquí uno percibe a ratos el peso del dominio implacable de los papas sobre Roma y en otros momentos intuye cuán precario, angustioso y arriesgado para ellos tuvo que ser en ocasiones el oficio. Aquí coinciden el todo y la nada, el miedo infligido y el miedo padecido.

 Rampa del Mausoleo de Adriano

Cuando uno accede por fin a la terraza superior, al pie del ángel vengador que envaina su espada, el sol está a punto de desaparecer en el horizonte, detrás de San Pedro  y la vista de Roma es absolutamente suntuosa y perimetral. El atrezo de colores no escatima el material cromático y la postal es total. Además, la dulzura del atardecer de enero es excepcional y el rumor de la ciudad soportable. Los puentes acompasan el verde mate de la curva del río. El ejercicio de ir identificando las cúpulas sobre la película urbana se vuelve casi obligatorio. La del Panteón oculta y afianza su grandiosidad esencial en la masa del muro. Todos mandaremos esta noche la foto del halo dorado que, más allá de la cúpula de San Pedro, va desapareciendo detrás de las colinas y los pinos que recaman el horizonte. Todavía hay momentos en que la emoción del turista lambda consigue superar los lindes de la caverna de Platón.

 Sant' Angelo. Grutescos

Hoy es el cumpleaños de mi hermana y decidimos hacer un alto para tomar un aperitivo y planear la cena. Descubrimos una enoteca que nos parece acogedora cerca de Sant’Andrea della Valle. Pedimos un «Amarone della Valpolicella», un vino de la zona de Verona que parece estar de moda y resulta cálido y aterciopelado, elección muy positiva acompañada de una tabla de quesos exquisitos. Charlamos con el dueño, simpático y competente, que nos recomienda un restaurante en el Trastévere.  Es casi imposible ir en vía recta. La geografía del barrio refleja lo que fuese la peculiar geología histórica de la sociedad romana. El nombre de la mayoría de las calles revela, o bien la estructura urbana corporativa, o bien la naturaleza clánica del poder. En realidad ambas realidades sociales eran complementarias sobre la base de los clientelismos familiares. De la ambición y el boato de unas cuantas familias, dependía la subsistencia de la mayoría, lacayos, menestrales o grandes artistas. Al ritmo de las «papabilizaciones» y de los cardenalatos, la cotización en bolsa de los clanes familiares subía o bajaba. Por lo menos, cuando tocaba subir, en lugar de comprar el último SUV de Audi para impresionar al vecino, uno encargaba un palacio o una iglesia, a Borromini, a Bernini, a Martino Longhi o a Carlo Rainaldi. De camino, nos seduce el expresivo ritmo partido y las columnas de una fachada barroca. Es la Santísima Trinità dei Pellegrini. Por dentro, la iglesia es rutinariamente bella. «En Roma – decía Stendhal – una simple cuadra resulta a menudo monumental». Encima del altar mayor hay una estupenda «Santa Trinità» de Guido Reni. Por fin entramos en la única vía recta hacia el río, la «dei Pettinari», de los fabricantes de peines. La calle desemboca directamente sobre el viejo y estrecho Ponte Sisto que lleva cruzando el río desde 1479.

 Atardecer

A la salida del puente, la plaza de Trilussa, con inquietante propensión al botellón internacional, es sorprendentemente tranquila. El barrio, boboízado y erasmusizado, sigue cuidando las apariencias casi pueblerinas. Lo que se agradece. No sé en qué medida el detalle tan romano de las numerosas parras que trepan por las fachadas resulta de un cuidado espontáneo o es incentivado mediante subvenciones y protección municipal. En tiempos de Stendhal los trasteverinos eran considerados gentes de armas tomar y virtuosos de la «coltellata». Hoy pocos son ya los romanos entre los residentes. Camino de nuestra trattoría, desembocamos en la plaza de Santa María in Trastevere. La iglesia que le da nombre siempre ha sido una de mis debilidades romanas. Es el prototipo y la reina de las plantas basilicales originariamente paleocristianas. Está abierta. Rotundas y hieráticas, las imponentes columnas de la nave mayor, con sus elegantísimos capiteles jónicos son posiblemente las más perfectas de Roma. Parece que proceden de las termas de Caracalla. Digno de las columnas se muestra el majestuoso entablamento que las recorre. El ábside lo ocupa enteramente un excepcional mosaico de Pietro Cavallini (1291). Imparte una lección teológica pero con unos coloridos que le confieren una dimensión ingenua y juvenil, la expresión de una religión todavía confiada y optimista. En el barroco, en cambio,  hallamos algo fundamentalmente pesimista y desesperado. La Iglesia enfrenta una derrota histórica. Debe resignarse a convivir definitivamente con el cisma protestante y con la presencia cada vez más perceptible del gusano intelectual del libre examen en la manzana de las sociedades. La saturación barroca es así un ejercicio contradictorio, a la vez evasivo, de autoconfianza y de supervivencia institucional. La cuestión de la fe se ha vuelto segundaria. Sentados en un banco de la iglesia, disfrutamos un rato del sentimiento de armonía serena que transmiten los antiguos volúmenes basilicales. La hora de cenar se está haciendo casi española.

 Panorama

En el restaurante - estilo rústico moderno - no hay mucha gente. Esta noche tocará un «Nobile di Montepulciano» acerezado, redondo, equilibrado y correctamente largo en boca. Se va una mesa de alemanes y uno de ellos nos comenta algo sobre nuestra «religión del vino». Yo, señor alemán, antes que de religión, me acordaría de su paisano Hegel: el vino y quien lo bebe están en una relación dialéctica de respeto y exigencia mutuas. De ahí que la gestual del catador pueda ser inconscientemente litúrgica.

Sta Maria in Trastévere

Ministra & Mascarilla

Ministra

Mascarilla

Lunes, 6 de Abril


La fiebre de los tres días

domingo, 5 de abril de 2020

Domingo de Ramos

 Balcones en la plaza del Alpargate

 El Rescatao por la Magdalena
La Borriquita saliendo de S. Lorenzo


Francisco Javier Gómez Izquierdo

Lo que peor llevo del enclaustramiento es no poder salir a andar por Córdoba mis dos horitas reglamentarias. Intento corregir la carencia con los treinta y dos pasos del pasillo del piso como durante las dos horas de los tiempos de libertad, pero no es lo mismo. Para mí, que ya nada va a ser lo mismo. Particularmente no veo fin a esta peste porque aunque bajemos mucho esa curva de la que se nos habla hay países que la suben y las gentes van y vienen y traen y llevan cosas por lo que la vida se nos irá en pésames por los abuelos y cuidados por que no nos coja el bicho. Todo se nos hará raro cuando nos digan que esto está controlado pero que tenemos que saber que la malura nos acecha en cualquier botón de ascensor o cualquier banco del parque y que se recomienda salir de casa enmascarado. Así es imposible vivir a gusto.
         
Hoy, por ejemplo, Domingo de Ramos, es un día extrañísimo para todos nosotros. Esta mañana, para rematar mi caminata me habría acercado a S. Lorenzo a ver salir la Borriquita, y sobre la una, tras una ducha y una puesta de calzoncillo nuevo, esperaría a Paco y Mari Carmen que desde los Montes de Toledo, como cada año, llegarían a ver el Rescatao de los Trinitarios. Esto ha sido así desde hace no sé cuántos años y dar vueltas en el pasillo y no ver a nadie desde la ventana no digo que me deprima, pero sí entristece lo suyo.
        
Son los días de las bullas andaluzas y la primera de Córdoba se tendría que haber formado en S. Lorenzo hace un rato con una chiquillería entusiasmada de la mano de  padres jóvenes y  abuelos que luego invitarán a los nietos a un flamenquín con cocacola. Nosotros comemos pronto en lo de Antonio o prepara mi doña un rabo de toro que le sale de muerte y ellas y los chicos, chicos de 20 años, van a coger sitio, cual capillitas, para ver salir al Rescatao. Lo llevamos contando tanto tiempo que en verdad se hace rarísimo que en día tan extraordinario como ha salido hoy no salga el Cristo de los cautivos que más penitentes, no nazarenos, arrastra tras de sí en Córdoba. Tras las emociones de la plaza del Alpargate buscamos las Penas, que sale de Santiago, iglesia alzada en la mezquita más antigua de la ciudad; luego al Ayuntamiento a esperar a la Esperanza con “el color más agradable a la vista”, según Gracián, al que uno vuelve como buscando lo que perdió...
     
No sé... Es Domingo de Ramos y creo que no está de más que recordemos los pasos de esta Semana Santa que creo distingue a los españoles del resto de las naciones. Voy a procurar ir poniendo cada día los de Córdoba a los que uno ya ha hecho un poco suyos...  y sobre todos, este Rescatao.