Ignacio Ruiz Quintano
Abc Cultural
Con Neil Diamond le ocurría a uno lo que con todos los trovadores: sólo se los aguanta si se está enamorado. Fuera de ese estado de estupidez generalizado, en cuanto uno oye al trovador, echa agua por el balcón y el trovador se va a hacer gárgaras. ¿Qué quieren ustedes, si no, que haga un trovador?
Hace tanto tiempo que Neil Diamond se fue de mi balcón que, en el fondo, ya lo daba por muerto, pero muerto de la muerte que decía Ruano, es decir, de la muerte que no es un muerto, sino unos cuantos detalles de la vida. Hasta que el otro día Neil Diamond salió en los periódicos revelando nada menos que la identidad de su dulce Carolina, Carolina Kennedy, la hermana del pobre John John, e hija, por cierto, del peor presidente de los Estados Unidos de América, aunque a palos por el título con Carter y Clinton, pues la bondad de un presidente de los Estados Unidos es, como se sabe, directamente proporcional a la animadversión que su nombre suscite entre los enemigos de América.
Carolina Kennedy ha cumplido cincuenta años.
–Tener presencias de más de medio siglo es como medio vivir entre sombras.
¿Cuántos medios siglos habrá cumplido la Carolina de Fórmula V? ¿Y la Eloise de Barry Ryan? ¿Y la Cinderella de Paul Anka? ¿Y la María Isabel de Los Payos? ¿Y la Cecilia de Simon y Garfunkel? ¿Y la Rata de Dos Patas de Paquita la del Barrio? Por no hablar, ay, del Manuel de Adamo.
–La escribí en tiempos de Franco –ha sido la última justificación de Adamo–: conocí a un periodista que había estado en la cárcel por sus escritos, y eso me impresionó. Y no se llamaba Manuel.
¿Un periodista que no se llamaba Manuel y que estuvo en la cárcel por sus escritos, lo cual, luego, impresionó a Adamo?
Neil Diamond, desde luego, es otra cosa. Lo más alto que alcanzó su protesta fue Jonathan Livingston Seagull, que en España bien podría ser el himno del nuevo Partido Popular. Y consuela que su dulce Carolina no sea Chelsea Clinton. Pero Neil Diamond, que siempre lo llevó como lo lleva ahora Aznar, ha perdido el pelo. (Se dice que el otro día, en un mitin, Aznar, el de la melena de león, y su señora, que, para la ocasión, tiene algo de Barbra Streisand, hicieron un “remake” en plan bodas de oro del “You Don't Bring Me Flowers” con que tantos matrimonios han amenizado sus largas –o “luengas”, como prefieren decir los trovadores, ellos sabrán por qué– noches de sábado.) Y, sin pelo, no hay trovador que valga.