miércoles, 2 de abril de 2025

Muñoz



Ignacio Ruiz Quintano

Abc Cultural


Fruto seguramente de su dirección del Cervantes de Nueva York, Muñoz Molina deja caer en sus artículos explicaciones en inglés, aunque confunda frases del Oso Yogui con ocurrencias del beisbolista Yogi Berra, cuya esposa, Carmen, le dijo un día: “Yogi, tú eres de St. Louis, vivimos en Nueva Jersey y juegas al béisbol en Nueva York. Si te fueras antes que yo, ¿dónde te gustaría que te enterraran?”


¡Sorpréndeme! –respondió Yogi.


Muñoz Molina, el novelista que escribió “cenamos opíparamente”, para guasa de Umbral, vive en plena manía adolescente de sorprender con descubrimientos. Primero descubrió que Ruano era un “escritor fascista” –de ese fascismo pequeño burgués que consiste en no estar en casa cuando los milicianos vienen a buscarte para rebanarte el pescuezo–, y ahora, que Fitzgerald la tenía pequeña:


Es embarazoso asistir a tanta novelería narcisista y masculina, la autenticidad del gran machote cazador y bebedor que deja en ridícula evidencia a los que no le llegan a su altura, especialmente al pobre Scott Fitzgerald, que no sólo estaba fascinado por los ricos, como un papanatas, sino que además la tenía muy pequeña.


Habla de Hemingway, y su alusión a los ricos convierte a Muñoz Molina en epígono de aquel Martínez Sierra que declaraba a Alberto Guillén: “Yo me renuevo constantemente. Soy bolchevique, en efecto. Y estoy al tanto de todas las novedades, tanto sociales como literarias...” En cambio, su alusión al tamaño nos lo reduce a la cotilla señalada por Javier Krahe en los ripios de “Un burdo rumor”, que arranca: “No sé tus escalas, por lo tanto eres muy dueña / de ir por ahí diciendo que la tengo muy pequeña...”


Al hilo de esa envidia de pene que lleva a Fitzgerald a admirar a los ricos, Alfredo Valenzuela remitió una carta –que, por supuesto no se publicó– al periódico global en español para aclarar que, si Fitzgerald “la tenía muy pequeña”, era porque de ello lo acusaba su esposa Zelda (cuando las mujeres podían ser malas, no como ahora, que lo impide Bibiana, esa Hipatia de Gades) y no Hemingway, quien, por el contrario, lo convenció de que “la tenía perfectamente normal”.


La anotomía es el destino, podríamos decir glosando una frase de Napoleón –escribe Freud en “La disolución del complejo de Edipo”, donde expone su conjetura fascinante (fascinar: atraer y repeler a la vez) sobre la diferencia entre los sexos.