jueves, 26 de marzo de 2020

Rafael, "el que sana"

 Triunfo de S. Rafael en la plaza del Potro

Triunfo en la puerta del puente


Francisco Javier Gómez Izquierdo

   A usted, que vino a Córdoba, es muy posible que le llamaran la atención las solitarias y altísimas columnas sobre las que un ángel airoso y señorial parecía vigilar el andar del paseante. Si al preguntar por aquella especie de elevadas cámaras de piedra tuvo suerte y se lo explicaron bien, recordará que los monumentos eran triunfos que los cordobeses dedicaron a partir del siglo XVII a su arcángel Custodio. Si su memoria es de nota, en estos días aciagos le vendrá a las mientes que la devoción en Córdoba por San Rafael se debe a una peste que como la presente allá a finales del XVI diezmó la ciudad con la misma falta de piedad que en éste año 20.

       Rafael significa “el que sana” y en el catolicismo, islam y judaísmo, “medicina de Dios”. Cuando llegué a Córdoba creí que celebrar S. Rafael el 24 de octubre se debía a capricho local, pues en mis tiempos de la San Miguel, finales de los 70, cobrábamos una paga a finales de septiembre en honor de un santo que no podía serlo por no haber sido humano. En tal fecha los arcángeles eran tres y se celebraban el 29 de septiembre. Los custodios o de la guarda, tres días después; el 2 de octubre. Con el tiempo descubrí que la Iglesia concedió a  los cordobeses el privilegio de mantener la festividad el 24 de octubre “como tó la vía de Dios” y que no fue hasta 1970 cuando aquélla agrupó a los arcángeles en un solo día para no dispersar, supongo, la atención de la feligresía.
    
Dice la tradición que al padre Andrés de las Roelas, enfermo pero no de la peste que azotaba Córdoba sobre el 1570, sino de hidropesía, salía a pasear a las afueras en lo que hoy sería el comienzo de Fátima, mi barrio, y en cuatro ocasiones  se le aparecieron cinco caballeros. El más apuesto y bien vestido de los cinco le manifestó que él sanaría a la ciudad y al preguntarle en una quinta aparición que quién era, ésta fue la respuesta literal: “Yo te juro, por Jesucristo crucificado, que soy Rafael, ángel a quien Dios tiene puesto por guarda de esta ciudad”. Frase que figura al pie de varios de los triunfos y que cuando usted vuelva a Córdoba puede leerla en el de la puerta del puente. Ni qué decir tiene que al poco cesó la mortandad y como nos pasará a nosotros cuando llegue la vacuna del coronavirus, todo el pueblo de Córdoba se encomendó, incluso que fanáticamente, a la “medicina de Dios”.

     De aquella fe primera en S. Rafael permanecen los votos, el nombre y su declinación, pues no hay familia en la que falte al menos un Rafael y para distinguirse entre las “parentelas cordobesas de tó la vía” está el Rafael, el Rafa, el Fael, el Fali, el Falete, el Falín, el Rafalín, el Rafalito... y claro está,  la Rafaela, la Rafi, la Rafalita...  Los Guillermo o los Gregorio también se llaman Rafael de primero o segundo, “por el abuelo”, nos sueltan cuando a los profanos nos sorprende nombre tan de Castilla. Yo, que soy un tanto friqui con lo de los nombres, fui tomado por extravagante por mi carnicero cuando le recriminé que hubiera puesto al niño Rafael Javier: “El Javier sólo admite Francisco, como tú, Paco”. “Para éso le “fuera puesto” Rafael sólo, como su abuelo y su padrino”. Si alguien llama a Rafael en el Falete de El Arcángel, donde van a comer las cuadrillas y familias cordobesas barato y abundante, es seguro que mas del 80% volverá la cabeza sintiendo que le reclaman.
      
No quiero alargar mas el asunto, pero quiero dejar constancia que S. Rafael está de continuo presente en Córdoba. No sólo en los nueve triunfos censados, sino también en miles de balcones donde luce un azulejo representativo, una hornacina, una estatuilla en el patio. Hay representaciones graciosas como la de la casa de las campanas, majestuosas como la iglesia del Juramento, lugar donde donde se apareció al padre Roelas; incluso camufladas como en la Peña Escrita.
     
En la calle Cinco Caballeros, de los que como sabemos el más elegante era S. Rafael, a escasos metros de mi casa hay una farmacia que abre los 365 días del año. Como me consta que mientras esperamos a la ciencia tenemos personal que se encomienda a sus abogados particulares, S. Roque sobre todo en las Castillas, traemos aquí al S. Rafael cordobés que seguro no sobra a nadie.

Solos

 Jean-Paul Ritcher


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    El confinamiento gubernativo saca a colación la indignidad de la obediencia.
    
El que obedece, se nos dice, casi nunca es mejor que el que manda, aunque el que manda tampoco sea igual en Inglaterra que en España.

    El inglés es hijo de Milton, para quien reinar en el infierno vale más que servir en el cielo. El español es hijo de la “vividura”, que decía el cursi de Castro (Américo, no Fidel). Confinado, el inglés agota la cerveza, y el español, el papel higiénico. Por eso el “policeman” es tan distinto del guindilla.

    –¡Muy bien, policía! ¡Por desobedecer! ¡Por desobedecer! –grita un “chota de balcón” en el video de un policía que abofetea (¡con guante, of course!), porque sí (no hay resistencia), a un joven transeúnte multado por excusarse con que ha salido a la calle… “a tomar una cerveza”.
    
Por dos causas generales, según el único pensador político de España, se produce y reproduce solamente la obediencia política: por engaño ideológico, sin libertades o con libertades civiles, o por adhesión o respeto a lo ordenado en un procedimiento de libertad política en el que se ha participado o podido participar sin indignidad; es decir, la obediencia democrática.
    
Si el gobierno es designado por los diputados se cometen dos causas de indignidad en la obediencia política. Los ciudadanos no eligen a quien deben obedecer. Y los diputados eligen a quien menos puede mandarlos. Es decir, a quien teniendo sus mismos intereses políticos menos interés tienen en controlarlo.
    
En el debate para prorrogar ese horror que es la alarma me vino el “Sueño” de Jean-Paul Ritcher, que es el de la muerte de Dios: “Discurso de Cristo muerto en lo alto del edificio del mundo: no hay Dios”. El lugar del anuncio es la iglesia de un cementerio inmenso. Los muertos avanzan hacia la resurrección. Aparece en el cielo un Cristo muerto. Los niños muertos se acercan y le preguntan: “Jesús, ¿ya no tenemos Padre?” Y Él responde:

    –Todos somos huérfanos. Vosotros y yo. ¡Todos estamos sin Padre!

Illa & Illo (tomando medidas a la curva)

 Illa

Illo

Jueves, 26 de Marzo

Valle de Esteban

La varilla de ébano
alcanza de inmediato el fiel

miércoles, 25 de marzo de 2020

Lucía Bosé



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Por el escotillón de la Peste se nos ha ido Lucía Bosé, que no es manera de irse para nadie.
  
Morir es algo horrible –concede Santayana, igual que haber nacido es algo ridículo, con lo cual, aunque entrar y salir de este mundo no incluyera ningún dolor, podríamos aún decir lo que sobre ello dice la Francesca de Dante: “Il modo ancor m’offende”.

    La manera es lo que estremece.

    A Lucía, que vivió para los ángeles, la conocí por Olano, que fue un espíritu burlón y su ángel gordo y que la frecuentó en la Costa Azul con Picasso, a quien abastecía de percebes coruñeses de veinticinco uñas, lo cual no quitó para que luego le prohibiera su libro “Picasso íntimo”:

    –Fue porque incluí una foto en la que cogía del talle a Lucía Bosé, y Jacqueline se puso celosa –explicó Olano en una entrevista que le hizo Valenzuela–. Le dije a Picasso que si tenía que elegir entre Lucía Bosé y él, prefería a Lucía.

    A Lucía la sedujo Luis Miguel porque el torero se pasó una noche sujetando con sus índices la mesilla de noche del hotel Wellington, que percutía al paso de los coches en la calle de Velázquez. Ella se durmió con ese silencio enamorado, y al despertar, el amante seguía allí.

    Era fascinante el retintín de Lucía al llamar “el torero” a Luis Miguel, de quien en Madrid queda el recuerdo de un estrafalario bronce en la explanada de Las Ventas como de hombre del saco (arrastra un capote) parando un taxi para los japoneses del selfie. Y detestaba, dijo hace nada al “Vanity Fair”, el besuqueo español: en varano por el calor y en invierno por la gripe.

    –Nosotros nunca nos besábamos. Yo era una mujer fría, pero él lo era todavía más. Los hombres son poco cariñosos, y los toreros aún menos.
  
Qué gran mujer, Lucía. Y el caso es que los muertos, ahora sí, no se terminan nunca. A las rachas de alivio, que decía Ruano, en las que casi parece no morirse nadie, sigue esta racha terrible en que llega a producirnos asombro que nos conteste alguien cuando le llamamos por teléfono.

Mientras tanto, en Paraíso-Emundía...

Mientras tanto, en Paraíso-Emundía los días pasaban mansamente. Una mañana, andando por Sagardúa-Kale, Adán y Eva se encontraron con la Serpiente

Illa & Illo (con cartera)

Illa

Illo

VACANZE ROMANE (Sé de qué huyo pero ignoro lo que busco) Episodio 8

 Teatro Marcello


Jean Juan Palette-Cazajus

La entrada monumental a lo que fuese el llamado «Pórtico de Octavia» edificado, hacia 27 a.C, por la hermana de Augusto, mantiene todavía cierta gallardía pese a que las dos columnas que le faltan hayan sido sustituidas por un rudimentario arco medieval de ladrillo. Aquél había sido el primer recinto arquitectónico de la historia romana comanditado por una mujer, afirma la historiadora feminista Margaret Woodhull. A la derecha se abre el espacio del Teatro Marcello. Sobre lo que era toda la zona hacia 1910, el parco Baroja se explaya: «En todas aquellas barriadas pobres se veían callejuelas cruzadas por cuerdas llenas de harapos; tenduchos negros de donde salía olor a grasa; callejones estrechos con montones de basura en medio. En los mismos palacios ya exonerados de su grandeza aparecía esta decoración de pingajos flotantes. En el Teatro Marcelo se hundía la vista en los arcos convertidos en fraguas. Parecía infernal ver en el fondo de aquellas cuevas negras los herreros destacándose entre las llamas».

 Sta Ma deAracoeli

Entre los arcos ya no martillean los herreros de la época de Baroja. Está todo -¿perfectamente?- restaurado y encuentro muchos cambios desde la última vez que me acercara a verlo. Curiosamente, me produce un sentimiento casi de mayor autenticidad y grandiosidad que el Coliseo. Tal vez por la ausencia casi total en ese momento del tumulto turístico. También por su natural inserción en el tejido del viejo barrio. Y, qué duda cabe, por los bemoles de la familia Savelli que le encargó a Baldassare Peruzzi, en 1532, construirles un palacio encima del teatro y así superponer su propia historia a la antigua. Cosa que solo pudo ocurrir porque el edificio había quedado casi sepultado por la tierra y los aluviones traídos por el Tíber.


 Cordonata del Capitolio


Casi tanto como por el edificio, quedamos largo tiempo interesados por una rica galería fotográfica que mostraba las labores de excavación que poco menos que desenterraron el Teatro, desde finales del siglo XIX hasta los años treinta del siguiente. De hecho, me parece que Stendhal nunca llega a mencionar su existencia. Cuando desembocamos en la plaza de Aracoeli reunimos nuestro valor frente a la dura prueba que nos espera: cruzar por el paso de peatones en ausencia de semáforos. Nos encomendamos a la Madonna y – mayúscula sorpresa - comprobamos que los automobilistas se paran. Mutación antropológica que se confirmó en los  días siguientes. Esto ya no es lo que fuera. Frente a la sofisticación cortesana de la escalinata de la Trinità dei Monti, la escalinata de Santa María de Aracoeli, 124 gradas en lugar de 136, tiene una energía física, casi brutal. La primera es barroca, esta es medieval ya que se construyó para conmemorar el fin de la peste de 1348, bajo el caudillaje de Cola di Rienzo. Hay en ella algo casi geológico, es una cabalgata de gradas rústicas e impetuosas que suben al asalto de algo tan minimalista y surrealista como el paredón de ladrillo que sirve de fachada a la iglesia, con diferencia la construcción más sobria, escueta y desnuda de Roma.  Parece que no tanto por sobriedad franciscana, a cuya orden pertenece, como por la desaparición de los mosaicos y frescos iniciales.
 
 Palazzo Senatorio

Nosotros ascenderemos por las rampas, casi paralelas a las de Aracoeli, de la «cordonata capitolina». Me parece observar una injusta indiferencia de los visitantes hacia las estatuas de Cástor y Polux que flanquean y solemnizan el acceso a la plaza del Capitolio, pese a su espectacular tamaño. Copias romanas del siglo IV sobre originales griegos, hablan todavía la grandiosa lengua clásica y conservan el aura del culto que rodeaba a los dos gemelos, mortales e inmortales a la vez. Lo mismo que la perfecta copia de la estatua ecuestre de Marco Aurelio -el original se preserva en el vecino museo-  lo dice todo del «imperium», interior y exterior, del emperador filósofo. «El Henri IV del Pont-Neuf -dice Stendhal- sólo parece preocupado de no caerse del caballo. A Marco Aurelio se le ve tranquilo y sencillo. Dirigiéndose a sus soldados. Se ve su carácter y casi lo que dice». También pensaba el escritor que, en lugar tan emblemático como el Capitolio, Paulo III Farnesio tenía que haberle encargado a Miguel Ángel grandiosas fachadas de templos paganos. Lo cual tal vez era mucho pedirle a un papa. A mí me satisface la pureza renacentista de lo que se edificó. El orden gigante de las pilastras que ritman las fachadas, las monumentales cornisas, la alternancia de frontones rectos y curvos de las ventanas, todo delata la fidelidad de Giacomo della Porta al proyecto inicial del maestro. Cuando Carlos Quinto hace su visita oficial a Roma el 5 de abril de 1536 para reconciliarse con el papa y hacerse perdonar el saqueo cometido por sus tropas nueve años antes, la ciudad todavía no se ha repuesto de los estragos de la tedesca soldadesca. El gran escritor Rabelais que se encontraba en Roma en aquellos días observa que «es una pena ver las ruinas de iglesias, palacios y casas que el papa ha mandado demoler para abrirle y aplanarle un camino (al emperador)». El Capitolio era todavía un campo yermo y Miguel Ángel solo pondría manos a la obra al año siguiente. Los Palacios Capitolinos no son grandiosos pero señalan la pauta hacia la nueva grandeza de Roma. Giacomo della Porta será aquí el digno albacea de Miguel Ángel como lo será a la hora de terminar la cúpula de San Pedro.

 Arco deSéptimo Severo y perspectiva

La verdad es que el Capitolio, caput urbis, centro religioso de la antigua Roma y centro municipal de la actual, vegeta a la sombra aplastante del «Vittoriano» y cercado por el intenso tráfico. Aquello pide a gritos una peatonalización y una reforma urbana que se antojan complicadas. Al menos desde el centro de la plaza se puede olvidar unos instantes el agobio circundante. Los balcones sobre los Foros, a un lado y otro del Palacio Senatorio, parecen pensados desde una perspectiva premonitoriamente turística. Evidentemente el panorama es pura literatura clásica. A la derecha, los pinos y los cipreses del Palatino y del Celio. Delante de nosotros, el escalonado muestrario de las ruinas. Están reunidos dos de los tres ingredientes usados, durante siglos, por los pintores llamados «vedutisti»: árboles y ruinas. Falta el tercer ingrediente que solía ser una escena de género. Poco se puede esperar de nuestra grisalla humana y turística para engendrar una escena pintoresca. Pero la «veduta» en sí merece la pena. Allí en el fondo está, considerable, el Coliseo. Nada que hacer: seguimos distanciados. Más cerca, el campanario medieval de Santa Francesca Romana. Todavía más próximos, el pórtico y los frontones partidos de San Lorenzo in Miranda, mi magdalena de Proust. Casi a los pies, a la derecha, el pórtico del templo de Saturno. A la izquierda el solemne Arco de Séptimo Severo. Bajamos por las escaleras laterales que nos acercan casi a la altura de los tebeos en bajorrelieve que lo decoran. La inmediata fachada de la iglesia dei Santi Luca e Martina es un biombo decorativo de Pietro da Cortona, labrado en perfecto equilibrio entre Renacimiento y suave curva barroquizante.

 Estratos

Vueltos al balaustre sobre el foro nos vimos literalmente arrollados y anegados por una horda de adolescentes asiáticos. Aquello era la escenificación del verbo «ningunear». De su mala educación inferí, admito que de forma políticamente incorrecta, que tenían que ser chinos. Pero aquello sonaba japonés. Ni uno solo siquiera, en ningún momento, le dedicó unos segundos a la contemplación del panorama. En medio de una constante algarabía, todos hacían cola para subirse al pretil que domina los Foros y hacerse, mecánica y recíprocamente, la misma foto, supongo que destinada a Instagram. Supe reprimir los negros deseos que asomaban en mi alma al verlos peligrosamente encaramados. Cual bandada de estorninos, a una señal misteriosa, como habían venido se fueron. La calma recobrada me permitió acordarme de que aquellos tres arcos misteriosos, abiertos allí abajo, sosteniendo la prosaica parte trasera del Palacio Senatorial, indicaban lo que queda del «tabularium», el archivo de Roma, donde se conservaban las tablillas oficiales, las «tabulae publicae».

 Veduta romana

Al bajar, le dedicamos un vistazo a la retórica decimonónica del bronce de Cola di Rienzo (1313-1354). Bajo una capucha, se muestra la cara huraña y vehemente del que fuera, a su manera medieval, unos de los primeros líderes populistas de la historia. Se las tuvo tiesas con la «casta » de entonces, aquellos clanes nobiliarios que cortaban el bacalao en una Roma sin papas, ya que estos estaban en Aviñon. Cola di Rienzo deseaba oscuramente demasiadas cosas a la vez: restaurar la romanidad, el retorno de los papas y una Italia unificada. Pero era además un caudillo errático y brutal. Terminó masacrado allí mismo en la escalinata de Aracoeli, que él había mandado construir, y colgado por los pies igual que le pasaría a Mussolini. La necesidad de reponer fuerzas nos lleva a traspasar la puerta del autoproclamado «Antico caffè di Teatro Marcello». Tres  de cada cuatro establecimientos romanos anteponen la palabra «antico/a» a la hora de denominarse. En este caso quedó claro que lo más «antico» del local eran los ingredientes de sus ensaladas. Cuesta creer que unos sencillos vegetales pudiesen resultar tan brutalmente insípidos.

Belleza, grandezza

Miércoles, 25 de Marzo

Valle deEsteban

Tú querías que yo te dijera
el secreto de la primavera

martes, 24 de marzo de 2020

Luke & Sánchez



Lucky Luke

Pedro Sánchez

En Córdoba, cinco

m

 
Francisco Javier Gómez Izquierdo

  No soy muy de móvil ni de cacharrear por internet -en mayo hace el año que me regalaron uno con acceso al guasap y al google para convencerme de mi catetismo-, pero tengo amigos y conocidos que como les pasará a todos ustedes no paran de mandar por lo general “tontás”, como dice mi madre, y de ciento en viento alguna noticia interesante. Hace un rato, a punto de cumplir mi primera hora a paso ligero en el pasillo me llega la noticia del quinto muerto en Córdoba, que es el primero de la capital.

       No miro las cifras. Al principio sí, en busca de alguna esperanza, pero ya estoy acobardado y me limito a ver el “parte” de los telediarios. En estos días me acuerdo de nuestros abuelos que a las horas en punto prendían la radio para escuchar el “parte”. A mí, la palabra me llamó más la atención a los catorce o quince años y mi abuelo andaba muy entrado en los setenta y miraba su reloj de bolsillo cada minuto para no olvidarse de poner el parte, que cuando siendo chicuelo lo veía entrar “deprisita” en el portal de la casa en el pueblo y encendía una radio que cuando movíamos el dial para buscar música sonaba como tienen que sonar las radios. Yo creo que mi abuelo, veterano de las guerras de África, recibía las noticias como una orden, como si el turuta convocara a asamblea y cantara la orden del día y que sobre todo quería estar al tanto por si se anunciaba otra guerra. Un año que el desfile de las Fuerzas Armadas lo hicieron en la calle Vitoria de Burgos, mi abuelo me preguntaba inquieto asomado a la terraza que cuándo venían los pontoneros, porque sin los pontoneros la guerra estaba perdida.

     Como mi abuelo, ahora en el móvil y antes en el ordenador, me gusta mirar  todos los días  el Diario de Burgos por saber de la tierra y veo que hoy 24 de marzo ya son dieciocho las víctimas mortales, diferencia llamativa con respecto a Córdoba que con muchos más habitantes andamos en los cinco. Además una de las cinco víctimas estaba de visita en el pueblo de Almedinilla. No tengo conocimientos para explicar datos tan significativos, pero dicen, hasta en la BBC, que Córdoba es un ejemplo de cómo cumplir el confinamiento y hay por ahí un vídeo que la televisión inglesa emitió didácticamente, de una ciudad vacía, fantasmal y sobrecogedora.
      
Estamos de acuerdo en que el escandaloso número de bajas tiene causas colaterales que la Historia determinará, pero para contener esta peste todo el país debe tomar ejemplo de los cordobeses y hacer caso a cuando dicen en el  “parte” que lo primordial es quedarse en casa.

Felicidades a Hughes


Scherbitski

 Scherbitski


Sánchez


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Lo rescató un tuitero (@nodsvq) del baúl de La 2: una muestra del documental “La batalla de Chernóbil”, 2006, de Thomas Johnson, un fogonazo de magnesio sobre la lucha contra la radioactividad. Habla el narrador:

    –La situación se trataba como si no pasara nada. Se siguió adelante con las celebraciones del primero de mayo como si el país se negara a reconocer la situación… Seis días después del accidente, y pese a que los niveles de radiación estaban varios miles de veces por encima de lo normal, las autoridades animaron a la población a participar en las celebraciones del primero de mayo.

    Habla un testigo:

    –Fui testigo de aquel desfile de la muerte, porque tras él se sucedieron unas muertes terribles. Luego, todas las imágenes de las celebraciones desaparecieron de los archivos de Ucrania.

    Y habla Gorbachov:

    –Aquello nos parecía importante para evitar que cundiera el pánico.

    Del pánico como argumento central de la política escribió Sloterdijk en sus “Temblores del aire”, urdido entre el derribo de las torres de Nueva York y la toma chechena del teatro de Moscú. Pero sólo los schmittianos poseen la finura intelectual para distinguir “lo político”, que sería la materia prima de lo público, de “la política”, que sería la manera de tratarla. Schmitt es el creador de la ciencia constitucional y el pensador que más ahondó en la entraña del poder, cuya única explicación, para él, es la relación entre protección y obediencia:

    –Quien no tiene poder para proteger a alguien tampoco tiene el derecho de exigirle obediencia.
    
Con el 1 de Mayo en Chernóbil perdió la obediencia Scherbitski. El 8 de Marzo, en cambio, mantiene intacta la de Sánchez, y habrá que pensar en la pasión de obedecer (la dulce irresponsabilidad que garantiza) característica del español.

    Scherbitski, secretario del partido comunista ucraniano, animador de las manifestaciones del 1 de mayo de 1986, se suicidó. Lo que pasó, nos recuerda Quevedo, lo tiene la muerte; lo que pasa, lo va llevando.

La Prensa afecta

1 de Mayo de 1986

Reivindicación del miedo

ABC


En las semanas anteriores, políticos, periodistas y pedantes en general trataban el miedo como si fuera cuñado. El miedo "cuñao"

Martes, 24 de Marzo

Valle deEsteban

Aquestos vientos ásperos y claros,
De espesas nubes y tinieblas llenos

lunes, 23 de marzo de 2020

Complicado y difícil



Hughes
Abc


Como la Séptima no hubo ninguna. Porque la Séptima Copa de Europa fue más importante que el Mundial. Si escandaliza esto es porque, sencillamente, no lo pueden entender. La primera obligación es la de ser sincero.

Y la Séptima la ganó Lorenzo Sanz con algo más que estar ahí. Quizás todo estuvo en la campaña de fichajes del 96. Empleó rápido el dinero de las televisiones en fichar a Suker, Mijatovic, Seedorf, Roberto Carlos y Karembeu. Puede que fuera la mejor campaña de fichajes de la historia del club. Además, puso a Capello, cumpliendo por fin el anhelo táctico que se arrastraba desde aquel traumatizante 5-0 de Milán.

Parecido sentido del riesgo tuvo después, cuando fichó a Anelka. “Una locura maravillosa”, lo definió. Salió regular, pero aún colaboró. Quiso fichar a Henry, pero se puso imposible (cuenta la leyenda que el Barça, Gaspart, hizo todo por boicotearlo). En esa ambición ya había algo florentiniano, algo de lo que vendría después. Sacar al Madrid de la medianía en la que languidecía. Soñar a lo grande.

Pero era necesario el dinero para eso. Y el Madrid andaba tieso. Su época, el sanzismo, fue la transición hasta la opulencia de Florentino (entrevista en el parné de las televisiones) desde la degeneración del proyecto de Mendoza y el largo final de la Quinta. Sólo quedaba Sanchís, vestigio generacional, y el recuerdo en el cuerpo de las terribles humillaciones de Tenerife.

Sanz era uno de los delfines de Mendoza, que dividía la sucesión un poco a lo Rajoy, y ya había sido importante como encargado de la remodelación del estadio. Mendoza tenía algo de la fascinación de la jet ochentera, y una chulería que podía ser fina. Podía recitar a Verdaguer en TV3 y luego botar con los ultrasur. Sanz era otra cosa. Era popular, a pie de obra y de ciudad deportiva, muy castizo, con sus profundas ojeras de nosferatu de café con leche y sus grandes abrigos como sopranescos. Cuando entregó la presidencia, Sanz aún pronunció el ritual “Hala Madrid”. Me lo ha recordado hoy el homenaje sentido de Toñín el Torero cantándole el himno antiguo. Ese madridismo clásico y chuleta, de gestos y efusiones, de laurel y parpusa ya no lo veríamos más. Se fue con él. En esa época nos quejábamos algunos del sanzismo, que se vivía como algo provisional y precario (¿No le llamaba “okupa” Mendoza sintiéndose traicionado?). Eran los años de la venta a cachitos de la Ciudad Deportiva, de ir con lo justo, de aquellas partidas de parchís o mus con Gil. De alguna forma, el Madrid se acercaba ahí a las mamachicho, a una esencia de los años 90.

Queríamos una gestión empresarial y moderna para el Madrid, científica y tecnócrata, y la tendríamos, vaya si la tendríamos, pero cuánto íbamos a echar de menos esos tiempos. El viejo himno, el hala Madrid, el chándal de Kelme, esa cierta arrogancia y lo pura y estrictamente futbolero. El Madrid no tenía mucho dinero, pero Sanz supo estirarlo para alcanzar su gloria. Cuando nadie lo esperaba, el Madrid volvió. Y lo hizo con unas virtudes que entonces no sabíamos que tenía, o no sabíamos reconocer, y que estaban en Lorenzo Sanz. En parte, su audacia -una listeza como de mus- consiguió la Copa.

Mendoza decía mucho “la sociedad” y Lorenzo Sanz repetía lo de “complicado y difícil”. Era su muletilla. Las cosas estaban complicadas y difíciles, todo era complicado y difícil, color de hormiga, color de abrigo presidencial, y luego se pondrían muy bien, pero cómo se echa de menos aquel Madrid de los últimos puros, contagioso, imperfecto, vivo.

A Lorenzo Sanz, que ha muerto como no merecía, como están muriendo tantos estos días, nadie le quitará nunca haberle dado al Madrid la Copa más importante de todas. La que reabría la puerta de su eternidad. Descanse en Paz.

Paulismo





Ignacio Ruiz Quintano
Abc

El paulismo es un ismo de sangre caliente. Pablo, fariseo apasionado, lo era: «En efecto, habéis oído mi conducta de otro tiempo en el judaismo, cómo con exceso perseguía a la iglesia de Dios y la devastaba...»

La explicación más aceptada fue la de la reverberación del sol sobre la arena. Para el psicoanálisis, sin embargo, el sentimiento de culpa sigue siendo un misterio —el más problemático de nuestra evolución cultural—, y se expresa por una necesidad inconsciente de castigo. Los judíos trataban de satisfacerla imponiéndose privaciones y penitencias, pero a Freud lo admiraba más la actitud del hombre primitivo, que, con mejor sentido, si le sucedía una desgracia, no se echaba la culpa, sino que culpaba al fetiche, que, obviamente, no había cumplido con su cometido, y lo molía a golpes, en vez de castigarse a sí mismo.

El reconocimiento de este inteligente proceder debe de ser lo que ha animado a los gestores de la Unesco a inscribir, al fin, el yacimiento de Atapuerca en el registro inmobiliario del Patrimonio de la Humanidad. La Humanidad, según todos, vive de la inteligencia, y lo que quiere la inteligencia, según Paul Valéry, es no trabajar. Por eso el mundo moderno vive igual de obsesionado que el mundo antiguo con la esclavitud, es decir, con la fúnebre perspectiva de morirse de hambre. Un revés de la fortuna y, «¡voila!», la esclavitud. Puesto que normalmente todos venimos al mundo con dos manos y una cabeza, lo normal es ser esclavizado por la cabeza o por las manos. Como intelectual, a las órdenes de políticos filisteos que obligan a escribir cosas sin sentido, o como obrero, a las órdenes de rústicos capataces que obligan a varear la aceituna.

A Camba le resultaba un poco extraño que la gente suponga que el intelectual, por el hecho de ser llamado intelectual, tenga más inteligencia que los demás, y no suponga, en cambio, que el obrero manual tenga más manos, pero así es la gente, y no la vamos a cambiar. El intelectual, en fin, tiene la importancia que la gente esté dispuesta a concederle. Los americanos lo llaman «egghead» y «highbrow», lo que significa que no le conceden mucha. Pero los europeos lo cuidan como las hormigas al pulgón, deleitándose con sus secreciones azucaradas.

«¡El intelectual europeo! ¡Qué maravillosa figura! —exclamaba Tom Wolfe en los setenta, mirando de reojo a Revel—. Un cínico brillante, deslumbrador en verdad, firme como una de aquellas esculturas Art Déco de bronce y oro que esculpía Gustave Miklos entre los escombros humeantes de Europa después de la Gran Guerra.» Después de todo, ¿no era la violencia «la partera de la historia»? Con esa idea, al menos, habían clavado en la plaza del lugar común la estaca destinada a influir en los destinos de la tribu, y luego corrían a «presentar la cuenta» de lo escrito. ¿Cómo atreverse a pasar ante el tótem con las manos en los bolsillos sin que los salvajes creyeran que se había agraviado a la divinidad? Nadie sabe cómo, pero el caso es que un día el poste totémico apareció hecho astillas, y los intelectuales, descolocados, cambiaron el cuento de la buena pipa por una fumada de la pipa de la paz.

Teniendo en cuenta la necesidad inconsciente de castigo, podían haberse impuesto una penitencia, pero se conoce que el inconsciente del hombre intelectual, como el inconsciente del hombre primitivo, no es tan inconsciente como parece a primera vista, y prefirieron que cobrara el fetiche. La teoría del hombre primitivo que sacude al fetiche cuando sobrevienen desgracias encaja como un guante en nuestra idiosincrasia de la responsabilidad política. ¿Qué vamos a hacer, si tenemos la sangre caliente y el sol reverbera sobre la arena? La vida nacional está permanentemente alterada por este paulismo intelectual. El paulismo es el ismo de los que se suben a un caballo, se caen del caballo y descubren, al levantarse, lo seguro que se va a pie. «No hay nada como ir a pie.» «Ya lo creo, señor.» «Es que no basta con creerlo. Hay que manifestarse.» «Mire, señor, yo soy jeffersoniano de toda la vida. Jefferson caminaba seis millas al día y lamentaba la existencia de los caballos.» «¡Sería un tibio, ese Jefferson!» «Era un americano.» «No me diga más. ¡Un fascista liberal!» «No. Un demócrata de a pie.» «¿Acudía a las manifestaciones?»

 San Pablo,Velázquez

La teoría del hombre primitivo que sacude al fetiche cuando sobrevienen desgracias encaja como un guante en nuestra idiosincrasia de la responsabilidad política.

Lunes, 23 de Marzo

Valle de Esteban

discípulo de pájaros y nubes

domingo, 22 de marzo de 2020

Manuel y Yilin




La ayuda de Manuel y Yilin


Francisco Javier Martínez Izquierdo

         Del sobrino en China del presidente de mi peña he hecho referencia en alguna jornada cordobesista, y a cuenta del año nuevo, último 25 de enero, creo que dijimos tenía prohibido salir de casa desde fecha tan señalada para los chinos. Manuel, el sobrino de mi presi está totalmente integrado en aquella. Casado con Yilin You, tienen una hija de tres años que se llama Aurora y que habla con el padre en español y con la madre y los abuelos chinos en inglés. Manuel y Yilin viven en Harbin, una ciudad muy al nordeste de China que he visto en un atlas, pega relativamente cerca del este de Mongolia y el sur de Rusia. Dice mi presi que las familias chinas, por tradición milenaria, se juntan para celebrar la entrada del año nuevo y en tales días se producen millones de desplazamientos -el más grande movimiento humano del mundo- normalmente a la casa de los padres. Manuel, Yilin y Aurora bajaron a Tsingtao, que es ciudad costera en el Golfo de Corea en el Mar Amarillo...y allí siguen  desde enero.

       El gobierno chino confinó a los ciudadanos, cerró estaciones y hasta gasolineras y sólo permite salir de cada vivienda a un autorizado para comprar que en el caso que nos ocupa resulta ser el suegro de Manuel.

       “Cuando los primeros casos en España, nuestro sobrino, que habla casi todos los días con los padres en Córdoba, nos avisó a la familia para que nos hiciéramos con mascarillas y artículos para desinfectar porque la cosa era muy seria”. La familia de mi presi se lamentó hace un mes de no hacer el caso debido a los consejos de Manuel y ahora se pregunta cómo es posible que de lo que vivió y vive Manuel y toda la China entera desde enero no tuvieran conocimiento cónsules y embajadores.
      
Todos hemos leído y oído hablar del sentido del deber y sobre todo de la disciplina oriental, pero los chinos nos están dando a los españoles ejemplos estos días de una generosidad muy alejada del “tendrían que..” , “a ver cuando van a hacer...” y nos salen con un “aquí está un servidor para lo que haya menester” que puede parecer antiguo, pero que suena a música celestial. Manuel y Yilin, conocedores de los problemas de material en España de SU MODESTO peculio han costeado una partida de 10.000 mascarillas que ayer enviaron a España. “Vamos a decir como favor que manden alguna a Córdoba” dice el sobrino al tío “...pero lo importante es que lleguen”.
       
Nuestro sobrino espera volver a Harbin a mediados de abril, pero apunta con preocupación que, como él, muchos millones de chinos se moverán a sus ciudades y las autoridades temen un repunte de este virus criminal con tanto trajín, por lo que no las tiene todas consigo.
      
Por la mañana me había llegado un vídeo de una entrega de material sanitario en el Virgen del Rocío donado por la comunidad china en España. “Nuestra segunda patria es España” dice una hermosa muchacha. La segunda patria de Manuel es China y desde allí nos manda lo que está en sus manos.

      ¿Y cómo te lo agradecemos Manuel?

Macarrones con salsa boloñesa


El francés-trampa



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

La canciller alemán dice que ya es hora de ponerse a pensar en una Constitución europea, pero los ingleses no quieren ni oír hablar de un asunto con el que no van a ganar nada, por muy interesante que resulte la propuesta para alemanes, españoles y franceses.

Los ingleses carecen, en efecto, de Constitución, pero esta circunstancia nunca les ha impedido expandir el fútbol, circular por la izquierda o conservar Gibraltar. Esperar de un ciudadano inglés que lleve anotados en un papel los derechos y los deberes que su natural sentido constitucional le dicta es lo mismo que esperar de un delantero centro manchesteriano que salte a rematar un córner con el reglamento comentado de don Pedro Escartín bajo el brazo.

Las Constituciones están para quienes, careciendo del sentido constitucional, necesitan imponer algún sentido. En ese sentido, la Constitución americana, que es la abuela de las Constituciones, fue el fruto de una transacción entre la realidad y los ideales. En cambio, una Constitución europea sólo puede ser hoy el fruto de una transacción entre el orden alemán, el enredo español y el chovinismo francés, es decir, una Constitución redactada en francés por políticos españoles para guardias alemanes. Los españoles nos hemos pasado la vida redactando Constituciones, así que, si vamos de veras hacia una Constitución europea, tampoco hay que ser un gran aprensivo para figurársela escrita. Quienes tenemos acreditada la solvencia que supone meter diecisiete autonomías en un solo título constitucional, ¿vamos a retroceder ante la dificultad de encerrar a quince países en un huevo de boa? Lo demás es transacción, transacción y transacción.

La izquierda, por ejemplo, podría hacer suya la famosa enmienda republicana del socialista Araquistáin, y proclamar que «Europa es un continente de trabajadores», concepto, por cierto, que siempre dejaría abierta a la derecha la posibilidad de desmontar constitucionalmente, a fin de no restarle a ningún pensionista un átomo de nacionalidad —es decir, de «droit de cité»—, el andamio de eso que en lenguaje periodístico se conoce como «Estado de bienestar». A cambio, todos los políticos deberían intentar persuadimos de que los «particularismos» forman la nueva riqueza espiritual de Europa. En francés, naturalmente, porque, si apostamos por la transacción, qué menos que los franceses pusieran la lengua, una vez que los españoles hubieran puesto las ideas. Incluso Madariaga, qué hablaba cinco lenguas, reconoció que el francés había sido siempre nuestro puente con el exterior, que de ahí venía, precisamente, lo de llamar Charlot a Chaplin, en vez de Charlie o Carlitos.

Todos nuestros aislamientos han tenido la misma causa: la imposibilidad endémica de aprender francés en España. «¿Cómo hacen en esos países, donde los chicos que cursan idiomas terminan por poder expresarse en ellos?», se preguntaba hace siete décadas Femández-Flórez, que culpaba de la situación a una enseñanza que, como tantos otros progresos nuestros, está más en el papel, en las leyes, en los reglamentos, que en la realidad. La realidad era que los profesores españoles, obligados a inventar el francés que enseñaban, cuando tenían que revelar el subjuntivo del verbo comer, escribían en la pizarra: «Que je comise, que tu comises, qu’il comise». Los alumnos, que no suelen acordarse bien de lo que estudian, deformaban a su vez las deformaciones lingüísticas del profesor, y así acababa por nacer una jerga extraña: el francés-trampa. «Y un día, por culpa de la enseñanza irregular del francés, en cualquier Instituto provinciano, surgirá en tal o cual parte un dialecto incognoscible, que establecerá un “hecho diferencial”. En seguida, la bandera, el himno, el “nosofros solos” y el derecho a gastar alegremente los cuartos de la comuni-dad.» Total, diecisiete Autonomías. Un señor que ignora el francés explica una lengua a sus alumnos. ¿Qué lengua? El francés no, desde luego. Pero así era en el Instituto de La Coruña con la Regencia, en el San Isidro de Madrid con la República y en el Oríes de la Dehesa de la Villa con la Dictadura.

Y si ya no es así, es gracias a la nueva Ley de Calidad de la Enseñanza, que ante la imposibilidad de que los españoles terminen hablando, aunque sea mal, alguna lengua, propia o ajena, viva o muerta, apuesta a la integración de los inmigrantes en la escuela.


La Constitución americana, que es la abuela de las Constituciones, fue el fruto de una transacción entre la realidad y los ideales. En cambio, una Constitución europea sólo puede ser hoy el fruto de una transacción entre el orden alemán, el enredo español y el chovinismo francés, es decir, una Constitución redactada en francés por políticos españoles para guardias alemanes

VACANZE ROMANE (Sé de qué huyo pero ignoro lo que busco) Episodio 7

 Pinos y TermasdeCaracalla

Jean Juan Palette-Cazajus

Tenemos el autobús 628 en la puerta de casa y va a mostrarse un medio inmejorable para acceder prácticamente a todos los destinos de nuestro programa mínimo. Pronto me doy cuenta de que delante de nosotros se acerca la Muralla Aureliana. En el momento de franquearla me da tiempo a darme cuenta de que se prolonga a la izquierda hasta donde alcanza mi vista. Es que de los 19 km iniciales subsisten todavía 12,7, cifra bastante asombrosa sobre todo si consideramos que siguió cumpliendo su cometido defensivo hasta el tercer tercio del siglo XIX. Las tropas italianas que entraron en Roma el 20 de septiembre de 1870, arrollando la resistencia más bien simbólica de las tropas pontificales, lo hicieron tras abrir una brecha en la antigua muralla (hay fotos en Wikipedia), a 150 metros (queremos creer que para preservarla) de la Porta Pía decorada en su momento por Miguel Ángel. El arco bajo el cual el autobús ha traspasado la muralla aureliana es la antigua Porta Metronia. Cuenta Baroja: «Hemos [...] bajado por un sitio en donde se levanta una muralla con arcos, bajo los cuales algunos mendigos han hecho chozas con latas de petróleo. Por allí hay un merendero que se llama “Ostería di Porta Metronia”». Era difícil hallar nombre más adecuado ya que actualmente sus accesos quedan bastante deslucidos por las vallas y las casetas que indican las obras del Metro, la interminable prolongación de la línea C. Al otro lado de Porta Metronia se abren los espacios abiertos y arbolados que van de las Termas de Caracalla hasta el Circo Máximo.»

 Sta Ma in Cosmedin

Paisaje abierto, animado a trechos mediante el teatral decorado de las ruinas pero constantemente inspirado y puntuado por la inefable presencia de los pinos romanos, tan justamente llamados «pinos sombrilla» en francés. Aquellos expresionistas acentos, agudos, graves y circunflejos, parecen colocados por un paisajista. Los pinos romanos invocan siempre la quimera soleada, pictórica y ática que suscitó el ensueño de los viajeros durante siglos. Heme aquí sentado entre jubilados, «casalinghe» que van a hacer la compra y peruanas cuidadoras de ancianos, duramente sacudido por el traqueteo del 628 sobre el imposible adoquinado romano. Los pinos de Roma siguen despertando en mí el ansia pura e infantil de traspasar el más allá de un amanecer dorado, marmóreo y civilizado. Algo parecido a un cuadro de Claudio de Lorena.

 Sta Ma in Cosmedin
Columnas romnas

Bajamos en la parada «Bocca della verità». Durante siglos nada separó la bucólica Santa María in Cosmedin de las fiebres, las crecidas y el bullicio del Tibre. Hoy se interponen los malecones y más aún el tráfico, denso, ruidoso e incesante. Claudio de Lorena pintaba mármoles y amaneceres áureos. No habría sabido pintar ni el barro ni las fiebres traídas por el río. Tampoco la interminable manada motorizada actual. El extraño nombre, «Cosmedin», vendría de la época en que la pequeña basílica pertenecía a una orden monástica griega. Hoy la Santa Sede la ha atribuido al culto griego-católico melkita al que pertenece, ahora que me acuerdo, una vieja amiga libanesa.  Todavía no he tenido tiempo de quedar abrumado por el peso de los porfirios barrocos y sin embargo el alma se me aligera cada vez que entro en una de estas basílicas paleocristianas, como San Clemente o la presente, con el sugestivo mensaje antiguo de sus hileras de columnas. En Santa María in Cosmedín también todas las columnas son romanas antiguas, diferentes pero perfectas. Austeridad paleocristiana y suprema elegancia arquitectónica. En cuanto al hermoso pavimento «cosmatesco» parece que fue traído de la primitiva basílica de San Pedro, derruida para levantar el nuevo proyecto de Bramante y Miguel Ángel. La amena y sencilla fachada con peristilo parece original. Por supuesto que la habían «barroquizado» en su momento. Se volvió a «primitivizar» a finales del siglo XIX.

 Templo de Hércules olivarero

El espectáculo que se desarrolla en el peristilo merece la atención. Allí está el disco pétreo de la famosísima «Bocca de la verità», expresiva talla del siglo I, no se sabe bien si fuente o tapa de cloaca en origen. Quedó definitivamente secuestrada por el fetichismo turístico a partir de una conocida secuencia de las ineludibles «Vacanze romane». Hay triple cola para meter la mano. Cola densa y tan seria como en la ventanilla de Hacienda. La mayoría son asiáticos con cara de quien se dispone a cumplir un deber religioso, pero hay también alguna familia italiana al completo y el desfile es ininterrumpido. Cruzar la calle en medio del denso tráfico no resulta sencillo para ir a saludar los dos templos miniatura que ocupan el espacio ajardinado casi enfrente de la iglesia.  El primero es períptero, o sea circular con altas y esbeltas columnas corintias acanaladas, el otro jónico y rectangular con columnas también acanaladas. Yo diría que el primero es femenino y el segundo masculino. Sé que las oscuras raíces semánticas de semejante opinión serían cuestionadas por las feministas radicales. Con el primero, el circular, también tengo mi vieja «querencia». Ni recuerdo cuando y cómo entró a formar parte de los hitos memoriales que me conectan a Roma. Si los dos nos han llegado en tan excelente estado es porque, impepinablemente, habían sido convertidos en miniiglesias como lo muestran cuadros y grabados, particularmente dos de Piranesio. Otro mérito es su pertenencia a los pocos vestigios del último período republicano. Uno intuye aquí, a bote pronto, entre el arte del período republicano y el imperial, la misma diferencia que entre el Renacimiento y el Barroco. En ambos casos el aura del período anterior quedó apagada bajo la saturación formal y material engendrada por la incertidumbre histórica e intelectual. Los dos templos formaban parte del amplio espacio portuario, difícil de imaginar hoy en medio del tráfico rodado, desbordante de actividad desde la antigüedad romana hasta casi finales del siglo XIX. El rectangular estaba dedicado a Portunus, la divinidad portuaria. El circular se considera hoy dedicado por los mercaderes de aceite a su patrono, Hércules Olivarius. Antes se creía que era un templo de Vesta y así lo cita Baroja en algún  momento de «César o nada».

 Isola Tiberina

Por detrás del templito períptero se accede al «Lungotevere», a las orillas del Tíber. La leve subida muestra bien los cambios urbanos que han vuelto la zona ireconocible. Había tres o cuatro inundaciones catastróficas por siglo. En tiempo normal las aguas traían habituales pestes y fiebres como lo observa Stendhal durante su última estancia en 1827. El escritor alude en más de una ocasión a la tez amarillenta y a la cara enfermiza de labradores y menestrales. Son tan numerosos los cuadros y grabados que reproducen o idealizan aquellas orillas naturales que debe considerarse que la domesticación del río cerró definitivamente, tras la antigua, la segunda fase de la historia de la ciudad. Por alguna observación que hace Baroja parece que los malecones que hoy lo encauzan no estaban del todo terminados hacia 1910. En todo caso, desde aquí, la «Isola Tiberina» tiene hoy un aspecto bucólico, recoleto y otoñal. El ambiente es sorprendentemente tranquilo y provinciano y todo incita a relajarse en la dulzura de aquella mañana de enero. Cuesta pensar que la mole impertinente del Vittoriano o la Plaza del Capitolio están a solo 600 metros andando. Tras cruzar el Lungotevere nos metemos por lo  que fuera el antiguo ghetto.

 El Ghetto

Cuando uno piensa en las desgracias acaecidas a los hebreos durante los siglos, Roma no es precisamente la primera ciudad que nos viene en mente. Pero las historia de los judíos romanos es bastante siniestra a poco que uno se asome a ella. Creado por el papa Paulo IV Carafa en 1555, el ghetto recluyó a los judíos y los obligaba a llevar, ellos un sombrero cónico amarillo, ellas un velo también amarillo. La lista de sus humillaciones y sufrimientos es bastante espeluznante. Perduró hasta 1847 la «graciosa» ceremonia anual durante la cual el rabino de Roma rendía homenaje a los ediles romanos, antes de recibir una patada en el culo por parte del primero de ellos, el llamado «caporione». Solo desapareció el ghetto tras la toma de Roma en 1870. Se dice que era judío el oficial que mandaba la batería que abriera la ya citada brecha en Porta Pía. Delante de la Gran Sinagoga, levantada en 1911, y el museo hebraico hay en permanencia – nueva tradición europea – un coche de policía. La sinagoga da a la «Vía catalana». Me intrigó el nombre. Descubrí una web en catalán que me dio la explicación. El nombre vendría de la próspera comunidad romana de los «jueus catalans» que había emigrado a Roma a partir de la segunda mitad del siglo XIV, acusados, entre otras cosas, de ser causantes de la Peste negra antes de huir también de los terribles pogromos del año 1391 en los reinos de Castilla y Aragón. Estábamos comprobando una vez más que lo que solemos calificar como pintoresco es el estado actual de los asentamientos humanos que padecieron en la historia, en los casos en que no llegaron a desaparecer del todo. Pero a los barrios como a las personas, todavía se les nota cuando en algún momento de su vida las pasaron canutas.

Ghetto y estratos de la historia

Domingo, 22 de Marzo

Valle de Esteban

Va con dos nubes en su nube

"Ve a lavarte a la piscina de Siloé"

DOMINGO, 22 DE MARZO

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:

-Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?» Unos decían: «El mismo.» Otros decían: «No es él, pero se le parece.» Él respondía:

-Soy yo.

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.» Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?» Él contestó: «Que es un profeta.» Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?» Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo:

-Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.

 Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

Juan 9,1.6-9.13-17.34-38

sábado, 21 de marzo de 2020

En la muerte de Lorenzo Sanz

No se merecía este final y de esta manera

 @lsanz19